Diego Montaño y José Cruz y Celis consiguieron la más reciente repetición de 10 de Mayo, ruta clásica de escalada alpina en el Iztaccihuatl que originalmente implicaba ascender por una enorme cascada de hielo de la que hoy solo quedan fragmentos en días fríos. Este ascenso es un ejemplo de la renovada tradición que el alpinismo mexicano encuentra en los escaladores de nuevas generaciones.
Hielo Mx. Reseña por Diego Montaño Premisa a la “10 de Mayo”
Este proyecto nace de una inquietud; de una ansiedad que llevo desde pequeño. Crecí leyendo a Carlos Carsolio, trekeando los cerros de Tlayacapan y escalando en roca. Pero la montaña, la que Carsolio imprimió en mi con su libro Himalaya, eso era para súper humanos.Cuando por fin a los 15 años hice la transición de la roca a la alta montaña y tuve este enfrentamiento personal que los factores ajenos al escalador causan en uno, solo por el simple hecho de existir allá arriba, quede impresionado. Enamorado de la magnitud, de los colores, las dimensiones y lo complejo del juego. Es como una caja llena cartas y debes acomodarlas para que jueguen a tu favor, aquí ya no solo se trata de tu fuerza física, sino de tu correcta interpretación del ambiente en el que caminas.
Pero algunos años después me cansé de caminar y, viendo constantemente inmensas paredes, decidí probar y hacer lo que sabia hacer: escalar. Extrañamente un ambiente de despecho se posaba sobre esta idea en México. ¿Escalada alpina? Eso ya no se hace aquí. Ya no existe el hielo, la roca se rompe, en los pueblos te asaltan. Los montañista que conocía no sabían escalar, los escaladores que conozco no les gusta caminar y no soportan el frío.
Soy necio de carácter. La idea arraigada en los montañistas de que el alpinismo de oro que existía en el país se desvaneció con la creciente violencia y el cambio climático me alimentó de coraje para acércame solo y explorando a las zonas remotas del Iztaccihuatl, a pegarle la nariz a esas paredes que escupen rocas y se manchan de escarcha. No es posible que tenga que ir hasta los andes para escalar en hielo.
Así nace Hielo Mx. Un proyecto independiente de video en el cual durante varios años recopilé material que retrata lo que queda del hielo en México. En cada intento de escalada procuraba encordarme con gente ilusionada por esta misma idea, y aunque la historia se trata mas de prueba y error, de intensos y largos fracasos, cada tanto había una de éxito. Una escalada en la que los complicados factores que hacen el hielo en México nos daba un golpe de suerte, de estar ahí el día indicado a la hora indicada con el valor necesario.
Actualmente busco el momento de poder editar el material capturado y, aunque he podido liberar algunos fragmentos, el proyecto sigue siendo un tesoro de mi trayectoria que espero algún día pueda tomar forma.Así empieza la obsesión con la 10 de Mayo
En una expedición en la cordillera blanca de Perú en el 2012 me encontraba en el famoso bar de Huaraz “El tambo”, tomando cerveza y celebrando las escaladas con los mejores guías de la zona, los hermanos Quintana y dos de mis mejores amigos y cordadas, Diego Echeverría y Daniel Cerda. Cuando el alcohol hizo de las suyas apareció un personaje de la escalada mexicana, el folclórico, feliz y, debo decir, un poco zafado: Fernando Tijerina.
Nos reconocimos entre extraños en un país ajeno. Inmediatamente le invitamos un trago y la charla intensa comenzó. Escaladas épicas se narraban a mi alrededor entre los expertos Quintana y los mexicanos amateurs que tratábamos de platicar nuestra parte.
Entonces Fer sacó su carta mágica y por primera vez oí mencionar la cascada “10 de mayo”. Hablaba de ella como si fuera una pared andina. Narraba movimientos tan difíciles que llamó la atención de todos, pero se trataba de un proyecto en el Iztaccihuatl. Dijo que sus intentos aún habían sido frustrados por un pequeño extra plomo en el top del segundo largo, ¡y mi cabeza borracha empezó a girar!
Llegando a México, empecé a investigar. Fotos de los 80's y 90's surgieron en distintos foros y en Facebook de eminencias como Juan Carlos Gavilanes y exponentes del viejo alpinismo me dieron idea de lo que se trataba. Cuando por fin la ubiqué en el mapa y la repasé en fotos de mis archivos de todas las temporadas de los años actuales, jamás vi la formación completa como en las imágenes de antaño. Sin embargo una delgada línea blanca todavía conectaba la base con el top durante los meses de lluvia.
La enorme pared sur del pecho posterior a la Peña Ordoñez no es un lugar idóneo para el hielo. Su orientación hace que el sol caliente durante todo el dia y lo poco que la noche logra congelar será agua para el amanecer. Al parecer la 10 de Mayo es la cascada formada mas alta y larga del Iztaccihuatl. Su línea de desnivel nace a los 5,100 m.s.n.m. aproximadamente y termina justo debajo de la cumbre de 5,240 m.s.n.m. Además es la trayectoria mas recta a la cumbre en la cara sur del volcán. Es una línea directa entre el refugio de Ayoloco y la cima. Su nombre, me han dicho algunos (y aún no sé si es correcto, pero quizás sí es obvio) viene de que los aperturistas, Luis Antonio Rodríguez y Eduardo Tovar, la abrieron en un 10 de mayo de 1988 que faltaron a visitar a sus madres. Unas pocas repeticiones y dos décadas de cambio drástico después, la línea no volvió a ser escalada.
Intento uno
Querer escalar hielo en cara sur, a esa altura y en condiciones climáticas mexicanas sonaba a que no se iba a dar fácilmente. Decidí esperar al mes de junio, que la humedad formara la cascada y que los días nublados me protegieran del sol. Así, en los días en los que nadie frecuenta el Izta, me embarqué con ropa mojada y tormentas eléctricas a buscar pararme en la base del proyecto. Desde ahí me di cuenta de lo complejo del proyecto. Solo llegar a la base era toda una aventura. Cruzar la morrena del Ayoloco con nula visibilidad, lluvia, y lajas planas de roca con una pequeña capa de grava que hacían de ese trayecto un espanto a la tracción. Además, la sección baja de la Peña Ordoñez llegó a ser un “crux” por sí sola. A esa parte la denominé “el semáforo” pues debes esperar tu turno para cruzar la avenida de rocas que bajan rodando a enrome velocidad.
Así fue como en mi primer approach al proyecto fui repelido desde el acercamiento. Regrese a mi casa mojado, frio y frustrado.
Intento dos
Un mes después junté al primer equipo serio con miras en encontrar el camino a la cascada, y quizás darle un pegue. Era julio y aún llovía. Para mi era perfecto, las peores condiciones climáticas eran lo que necesitaba para tener una oportunidad. Así es que cuando todos se bajan de la montaña por la lluvia, yo sonrío por que se que es el momento.
Esta vez invité al proyecto a mi amigo Paco Trad quien a su vez trajo a uno de los mejores escaladores que he visto en este país: Rodolfo Salinas “El Rudy” y a nuestra acompañante videografa Chris Wack. Mentalizados a vivir en la neblina nos dispusimos a pasar 4 días intentándolo.
Empapados en el refugio de ayoloco por un largo ascenso bajo la lluvia, Paco decidió descansar y Rudy y yo tomamos marcha la mañana siguiente por la morrena. Esta vez el camino parecía aún mas confuso. Pasamos horas deambulando entre la niebla y la lluvia resbalando en los salabs y, cuando por fin pasamos por el semáforo, una roca veloz casi me descuenta la pierna. Aún así la perseverancia de Rudy nos llevó a la base de la cascada. La pared negra impone respeto: la rampa de acceso a la base alcanza los 60 grados y no hay superficie de descanso; desde que te acercas ya es toda una compleja historia. Tocamos el primer canalón, una chimenea de roca estilo mazapán con hielo granizado que debe medir unos 12 metros. Debajo se oye agua correr como ríos. Rudy asumió inmediatamente que no había como proteger ahí y que lo único que se puede hacer es progresar. Empezó a subir sin preguntar y le seguí, ganamos unos 8 metros y, por alguna razón, sin preguntar ni comentarlo, los dos retrocedimos. Fue obvio que lo que estábamos haciendo estaba mal: agua debajo, hielo granizado, roca mazapán, 10 grados sobre cero...



Volvimos a la rampa de nieve en la base de la cascada des-escalando (modalidad en la que soy muy bueno pues en México casi siempre hay que des escalar las cascadas). Ahora la salida fue para arriba, ni loco volvía a cruzar el semáforo. Nos enfilamos por la rampa de nieve que bordea la base de la pared, hasta salir entre la Peña Ordoñez y la cumbre por la “Vía Citlatépetl”. Resultó ser un ascenso interesante con una pendiente fuerte en nieve y mucho peligro objetivo respecto a la caída de piedras. Ya en la cumbre, una tormenta eléctrica nos alcanzo y bajamos con la cola entra las patas, electrificados por la estática y afortunados de no ser golpeados por una descarga.
Volvimos al refugio completamente mojados, agua escurría del interior de las botas y nos metimos a temblar en sleeping bags húmedos. Paco y Chris habían preparado unas pizzas y la frustración del día se remedio con mordidas de pepperoni caliente y no quedaba otra mas que reírnos de nuestro sufrimiento bajo la tormenta que no cedía ni un segundo.
Intento tres
Por alguna razón la pizza de Paco nos motivó y su actitud satírica hizo que sufrir fuera un estado aceptable. El había descansado todo el día y estaba ansioso de su turno de probar el proyecto. Pero Rudy y yo jamás volveríamos a pasar por el semáforo. Decidimos probar un nuevo acercamiento bajando al valle y subiendo directamente por la base de la rampa para seguir por debajo a lo largo de toda la pared hasta alcanzar la altura donde la cascada toca piso. Así salimos a las dos de la mañana entre una lluvia ligera y nubes densas. Encontramos el camino a ciegas y por pura intuición. Entramos por canalones de rocas sueltas y nieve con lodo mientras la lluvia aumentaba en intensidad y la oscuridad nos malviajaba y desorientaba, no sabíamos donde estábamos o si íbamos en buen rumbo, pero todos lo queríamos; caminábamos sin hablar sin parar y sin expresar nuestras dudas. Hacia las 5am, nos dimos cuenta de que habíamos tomado el canalón equivocado y que con visibilidad menor a los 10 metros estábamos justo en el semáforo y debajo de la Peña Ordoñez. Llevábamos horas temblando por el frío de estar empapados y a pesar de estar a cinco mil metros de altura y de madrugada, la temperatura seguía sobre cero grados y en vez de nieve había lluvia. Los tres frustrados decidimos regresar, no tenia caso arriesgarnos de nuevo en el semáforo para llegar a una cascada escurriendo agua bajo esas temperaturas.
Llegamos al refugio al amanecer temblando y enojados. Dormimos unas horas y Paco empezó a tener problemas respiratorios. Para el medio día un edema pulmonar mostraba claros indicios de estar atacándolo. Recogimos todo, nos metimos a nuestras chamarras mojadas y en medio de la lluvia bajamos a casa.
Pensamos en estrategias, quizás que la suerte debía estar de nuestro lado para estar ahí en el día mas frio del verano, quizá solo así se pueda dar un intento legitimo. Pero primero habrá que resolver el complicado acceso a la base.
Intento cuatro
Finales de temporada de lluvia. Septiembre.
Paco Trad, es igual en necedad a mi, dos meses nos mordimos la uñas esperando a que la temperatura disminuyera. Mi amigo y cineasta Pablo García Saldaña nos acompañó hasta la base del Izta para tratar de capturar en video todas estas emociones. La línea de la cascada se veía rota desde abajo, no conectaba de top a piso pero varias secciones estaban ahí. Traíamos decenas de tornillos para hielo y unos pocos cams para proteger en roca. Así salimos para probar suerte e intentar una nueva ruta de acceso desde el refugio. Bajamos más en la cañada y ascendimos por un arenal que poco a poco sumaba inclinación. En cierto punto la pendiente fue tal, ¡que decidí sacar mis piolets! Era como escalar en una rampa de hielo pero hecha de grava. Al final de la rampa, la neblina dió paso a un murallón de roca que por más que buscamos no pudimos rodear. El equipo que traíamos en su mayoría era para hielo y unos pocos cams para roca no fueron suficientes para poder escalar esa pared. Además, la meta no era escalar esa pared, era escalar la cascada. Aquí por primera vez avente la toalla y mente madres. ¿Como era posible que ni siquiera podíamos llegar a la base? Me desmotive y le pedí a Paco regresar. No quería perder más horas de la noche buscando pasos entre la niebla. De cualquier forma a ese ritmo íbamos a llegar tarde en a la base. Además, la cascada no conectaba y traíamos muy poco equipo de roca. En mi cabeza no tenía caso continuar.
Para este momento la 10 de Mayo se volvió un asunto extremadamente personal. Me había roto el orgullo en mas de un nivel, me había bateado sin si quiera un intento justo. Los días invertidos, mojado y temblando de frío, no serían en vano.


Intento cinco
Recuperarme de las heridas personales me tomó varios meses. No pensaba en regresar durante la época seca del invierno. Y aún cuando iba al Izta a escalar cascadas en Oñate o a guiar por Ayoloco, la veía y me cautivaba. Podía pasar horas especulando sus rasgos, sus pasos, sus peligros y lo que embarcarme ahí podría significar.
En algunas semanas esporádicas, cuando impredeciblemente la cascada conectaba, no lograba conseguir cordada para hacer un intento rápido. Algunos escaladores no disponían del tiempo, otros no compartían la locura. Así pasaron los meses.
Llego un nuevo año y una nueva temporada de lluvias. Esta vez estaba en un programa de entrenamiento con miras en una expedición a los andes de Bolivia.
Fue así como salí con Ramón Martínez y Andrés Cruz y Celis con un pronóstico de huracán en el mes de junio rumbo al Izta. Para armarnos de valor y mentalizarnos al mal clima adoptamos la frase: “when the going goes tough, the tough go climbing” (cuando las cosas se ponen duras, los duros van a escalar).
Esta vez decidí probar un acercamiento más largo. Quizás una enorme vuelta nos daría un mejor acceso a la cascada. La idea fue bajar cientos de metros a la cañada y tomar un arenal largo que nos dejaría debajo del inicio de la pared. De ahí habría que movernos rápido por toda la base de la pared para minimizar el tiempo expuestos a caída de rocas. Para nuestra buena suerte, este acercamiento fue todo un éxito, aunado a que el clima tormentoso que se había pronosticado cedió y nos otorgo una mañana despejada y fría que había dejado la cascada completamente conectada y mas gruesa de lo que jamás la había visto.
Ascendía por la rampa lleno de emoción y ansiedad, esta era la oportunidad. Sabía que era mía. Observaba todas sus fascetas mientras nos acercábamos. La entrada vertical de hielo y mazapán, la rampa de nieve y el imponente candelabro que colgaba de la roca por lo que parecían ser 20 metros. Después de eso, una enorme repisa y dos cascadas más antes de salir a la cumbre. Ilusionado, toqué la entrada de la cascada, la sección de roca mazapán y hielo granizo, y comencé a escalarla en libre sin mayor complicación. Superé los 12 metros de hielo y me moví a gran velocidad sobre una rampa de nieve dura de 70º de inclinación o más. Hasta aquí habían transcurrido al menos 35 metros verticales. Estaba ansioso por golpear el candelabro, pero primero coloqué dos estacas y lancé la cuerda a Ramón mientras Andrés liberaba también en libre la primer sección.
Cuando Ramón llegó, nos anclamos fuera de la línea de caída y me moví hacia el centro del candelabro, saboreé la cumbre y lo golpeé con mi piolet. Tomó solo un golpe para destruir todos mis ánimos. Sentí la vibración pasar de mi piolet hasta el top del candelabro y de regreso. Vi decenas de pedazos de hielo desprenderse de todas partes y mi estomago se lleno de terror.
Aún así posé mis crampones suavemente sobre el hielo y empecé a ascender. Los swings eran delicados, más como colocación de drytool en hielo freestanding granizado. Después de unos metros y sentir como se movía todo, decidí que mi vida valía más que la probabilidad. Ese candelabro tal vez podía aguantarme o tal vez no. Era un volado que no quería echar. Regresé a la reunión con un nudo en la garganta. Probé el lateral de la cascada usando la roca como mixto. Empecé a ganar metros en posiciones completamente precarias mientras me percataba de lo separado que estaba el hielo de la roca. El candelabro seguía vibrando. Intenté meter un stopper para proteger, pero cuando lo jalé para probar su resistencia, el interior costroso de la grieta se quebró, sacándolo y desbalanceándome. Temblando de miedo desescalé a la reunión mientras las palabras de animo y prudencia de Ramón y Andrés resonaban en mi. Pegué un grito de desesperación. Era estúpido creer que podría subir por ahí. Descendimos a rappel abandonando una estaca y al tocar el suelo una roca golpeo a Andrés en el casco. Por suerte solo lo atarantó un poco. Estaba claro, nos íbamos de ahí.
Bajamos felices de haber tomado las decisiones correctas y de tener la suerte de evitar lesiones. Pero la herida era dentro de mi, en mis ambiciones.
Los días, pasaron y la expedición a Bolivia se acercaba. Cada día estaba mas fuerte y decidido. Las experiencias allá arriba me habían dado nuevas cartas para hacer mis jugadas. Ahora sé que el hielo no sirve. No lo necesito. Ahora se que debo llevar más protecciones de roca, y mas importante aún, ya podemos llegar por un camino fácil.
Intento seis
Rápidamente me armé de valor para volver, era el ultimo fin de semana antes de mi expedición. El problema era encontrar a alguien que quisiera, a quien le moviera esto, que tuviera no solo las ganas sino la capacidad, alguien que pudiera escalar lo que quizás yo no. En mi reclutamiento solo recibí negativas y comentarios de que era imposible. En mi mente jamás me desanimó esto, ya había estado ahí, sabia que podía, solo necesitaba los ingredientes correctos.
Fue así como se sumaron a el esfuerzo dos de los integrantes de la “Línea Directa” un grupo de fuertísimos alpinistas de Guadalajara con quienes había tenido la fortuna de compartir ya algunas escaladas. Carlos Peteresen estaba ya en DF y Javier Torres tomó esa misma madrugada un vuelo y lo recogimos camino al Izta.
Subir y convivir con ellos fue toda una experiencia. Son gente llena de motivación, dedicación y capacidad. El camino al refugio fue una narrativa de experiencias ideas y mentalidad. Para el anochecer Carlos cedió al dolor de cabeza y estomago y decidió no acompañarnos en la madrugada. Javier y yo salimos, tomamos el nuevo acercamiento y en dos horas a paso de trail runner llegamos a la base. Sentí a Javier un poco escéptico al ver el proyecto. Quizás su trayectoria en el hielo perfecto de Ouray y el granito de los Alpes le dio la vuelta a la idea de lo que íbamos a escalar.
Subí en libre el primer largo sin preguntar y dos segundos después Javier estaba tras de mi con una mirada decidida. Esta vez la cascada estaba invertida, solo había una enorme estalagmita de hielo que no tocaba el top y que tenía constantes spindrifts. Decidí probar suerte. Di la espalda al hielo y comencé a ganar altura empujando como chimenea. La única fisura donde podía proteger era demasiado chica para cualquiera de mis cams y poco a poco la estalagmita de hielo empezaba a perder rigidez, así que decidí bajar y dejar que Javier propusiera una idea. Su visión lo llevó dos metros a la izquierda por un slab de roca plana y solida. Puso dos clavos con toda paciencia y con movimientos de escalada finos y limpios el maestro estaba mas arriba de lo que jamás había estado. Ahí encontramos el momento de la verdad. El extraplomo del que Fernando Tijerina me había hablado. Unos pocos metros a superar y podríamos alcanzar la repisa sobre el candelabro. A partir de esta parte todo sería desconocido y estaríamos embarcados en salir por arriba sin importar que terreno o condiciones llegáramos a encontrar.
Para pasar el techo, que es casi liso, había que hacer un ligero lance hasta alcanzar un agarre bueno a mano con guante o piolet en roca. Este movimiento hacia sentir que los pies volarían y la mente se desata: ¿cómo volar mis pies con botas y crampones a mas de 5mil metros?, ¿qué pasa si lo alcanzo y el agarre se rompe?, dado que casi todo se rompe ahí. Es aquí el punto donde debes de ser inteligente para interpretar la delgada línea entre empujar para lograr hacer una gran hazaña o desistir para preservar tu vida. Ese día al menos yo, insistí en desistir. El margen de seguridad era muy bajo. Caer ahí, sobre los pequeños clavos significaría un fuerte golpe o quizás caer hasta el piso ambos.
Javier abandonó clavos, stoppers y cintas para poder bajar de ahí. Llegamos al campamento felices por la nueva veta, pero la ansiedad crecía. La visión de Javier para superar esos primeros pasos fue como descubrir una puerta, solo habría que resolver el crux, ese último paso volado. Dudo que algo fuera mas difícil después.
Así me fui a Bolivia a escalar grandes paredes y hielo alpino. La experiencia ahí me motivó para seguir con el mundo vertical y pensar que cada vez me son más posibles estas escaladas.
Intento siete
Durante una temporada de invierno de once fines de semana seguidos guiando analicé y pensé en el proyecto. No sirve el hielo, así que no tiene caso sufrir en lluvias. Es demasiado caliente. La roca es la opción correcta, pero si no hay hielo, bajan por ahí constantes caídas de piedra. Necesitamos la cantidad correcta de hielo para poder detener las piedras pero no tanta como para exponer las fisuras donde metemos las protecciones en la roca. Ese balance llegó con las nevadas de marzo. La siempre tardía temporada fría nevó el Izta y el calor contrastante de los días siguientes haría que el agua descendiera y se congelara en la pared durante la noche. Es ahora o nunca.
Esta vez y, con pocos días de anticipación, me coordiné con mi amigo y cordada José Cruz y Celis. La expectativa y emoción que demostraba al platicarle a mis amigos del proyecto hizo que se creara todo un mito alrededor de esta escalada. Para este fin de semana mis mejores amigos decidieron acompañar para dar apoyo y ánimos, solo que ellos llegarían a la cumbre por la ruta de Ayoloco. Siendo así, desde la madrugada en el refugio nos separaríamos y nos veríamos a la lejanía.
Debo ser sincero, para este momento el solo pensar en la escalada me hacía adentrarme en emociones fuertes, miedo y ansiedad. Era saber por seguro que estaría surfeando la línea del riesgo y que tendría que tomar decisiones que podrían embarcarme en situaciones de alto peligro. No compartí estas emociones más que a una persona en especial. Me puse mi música de motivación y salí acompañado de mis mejores amigos hasta el refugio de Ayoloco. El viaje fue un agasajo. Los nervios desaparecieron en la distracción de convivir con la gente que amo. Para las dos de la mañana estaba en calma y en paz. José siempre me transmite calma y concentración. Su papá, Miguel Cruz y Celis, un alpinista con años de trayectoria, nos acompañaría hasta la base de la rampa y se ofreció a cargar el pesado rack de cams que Rodolfo Villalon nos hizo favor de completar asegurándose que no nos faltara nada. Esa sensación de apoyo a mi idea, de sentirme acompañado, y protegido me llenaban de fuerza como nunca antes. Esta idea empezó siendo irreal, una locura personal y, ahora, tenía el respaldo de muchas personas que incitaban a que lo lográramos.




José me mantuvo un paso moderado para llegar con fuerzas de sobra. En el radio mis amigos se comunicaban constantemente y me llenaban de ánimos. Y entonces la hora de la verdad. Nos acercábamos esta vez con luz a una cascada inexistente. Solo estalactitas de hielo en el extra plomo y manchones de nieve en la canaleta que detenían algunas de las rocas que podrían caer.
Entré a la sección de roca mazapán, esta vez solo con uno o dos centímetros de hielo sobre la roca. Proteger era imposible y el estilo se volvió Dry/Mazapan Climbing. Esta vez no fue una escalada fácil. Delicadeza, buena técnica y concentración me fueron requeridas mientras subía. José buscaba otro paso por la roca seca y al final acabó a varios metros de distancia teniendo que hacer una travesía de terror en la cual decidimos quitarnos los crampones y usar la cuerda con métodos tradicionales a cuerpo.
La rampa de nieve sin crampones era una resbaladilla de hielo derretido hasta que nos posamos debajo de la sección donde antes había un candelabro. La falta de nieve nos hizo perder dos metros del nivel donde antes montábamos la reunión. Estos dos metros exponían roca podrida antes de llegar al slab de Javier y de poder alcanzar el primer clavo que habíamos abandonado antes. José no podía anclarse a nada para asegurarme y sobre las puntas de sus botas y manteniendo el equilibro me comenzó a asegurar. Mientras, sorteaba y probaba decenas de piedras que cada que agarraba me hacían la graciosa broma de desprenderse provocanco que por segundos mi corazón se parara. ¡Desprenderme con alguna de esas rocas significaba llevarme a José conmigo hasta piso!
Respiraba profundo, bloqueaba todas mis posiciones y probaba mas de tres veces cada agarre. Por fin alcancé a asegurar en el clavo, ¡paz mental! Después el slab y los movimientos técnicos de Javier me hicieron admirarlo aún mas. No recordaba que fueran tan difíciles y, entonces oí gritos y chiflidos. ¡Mis amigos estaban asomados desde las costillas del Izta, justo después de la Peña Ordoñez, observando a la distancia! Nuestras voces se distinguían fácilmente y mis gemidos de esfuerzo eran inconfundibles para ellos. Esta alegría me dio una sensación de nerviosismo. En un deporte donde nadie te aplaude, donde nadie te ve mas que tú mismo, por primera vez tenía foro y porra. Fue una sensación rara que me llevó a preocuparme porque esos ánimos podrían confundir mi criterio en cuanto a evaluar el rango de seguridad. Pero ya qué, ya estaba parado con las puntas de mis botas friccionando contra la piedra lisa y posando mis piolets en diminutos crimps y pockets. Alcancé el punto alto y guardé un piolet, me quité el guante y estiré hasta un crimp donde inicia el desplome. De ahí no sabia que hacer, estaba en la situación de aventar mi mano hacia afuera o de abandonar. Me tomé mi tiempo y analicé. Mi única opción: un fifi hook hasta un mini crimp helado y montar un pie en un estribo. Asi lo hice y la adrenalina de ver la roca pandear ante el peso de mi estribo me alocaron en gritos, fue una energía que contagió a mis amigos a la distancia que no paraban de animar, inclusive de cantarme canciones que saben que me motivan. Había tomado el agarre y mi cuerpo estaba por desbalancearse, así que instintivamente subí un hook de talón con mi pie izquierdo. ¡Si! Un hook con botas spantik a mas de 5mil metros de altura y 10 kilos de fierros en mi arnés. La última protección había quedado muy abajo así que era moverse o caer. Gritando de emoción me monté sobre la roca hasta poder empotrar mis dedos en una fisura de techo y colocar ambos pies sobre una pisadera de tamaño decente. Ahí por fin logré proteger y metí dos buenos cams. Respiré, me tomé unos segundos para recuperar el aire y exclamé por el radio:
- ¡Acabo de pasar el crux!
Después de oír gritos de emoción de mis amigos que me veían por primera y quizás única vez colgado en mi elemento, tuve que contemplar durante varios segundos qué pasaría después. Estaba de lado al top de las estalactitas de hielo y a punto de salir a la repisa. Toda la roca ahora estaba cubierta de hielo. Ni modo, a confiar en mis cams. Pedí a José que me tensará y me deje colgar. Así, con los pies entre la roca y el aire, el desafío fue ponerme los crampones.
Ya encramponado me dispuse a continuar sobre roca congelada hasta salir a una enorme repisa donde busqué por varios minutos cómo colocar una reunión a prueba de bombas para asegurar a José. 4 cams bastarían para evitar cualquier susto. José escaló e inclusive decotó mi crux. Es una máquina de fuerza que no cabe duda de que será uno de los alpinistas del futuro.
La siguiente pared a la repisa, desconocida hasta entonces, se mostraba enorme ante nosotros. Estaba podrida por todos sus lados y tenía solo manchones de humedad que mostraban donde en alguna temporada hubo hielo. Inmediatamente maquilamos una opción alterna: una chimenea a la derecha que salía a un pilar. Quizás sobre el pilar podríamos regresar a la línea original y evaluar ahí lo que sigue, por ahora era la única opción escalable. La chimenea era un 5.8 fácil de escalar pero sumamente podrido, en casi 30 metros solo dos protecciones cuidaban la caída. Ya arriba desprendí una enorme piedra que me dijeron después que retumbó por todo el valle del Ayoloco.
Desde arriba del pilar, ya en una cómoda posición y sentado, comencé a recuperar a José y sentí un golpe en mi cabeza que nubló mi visión, inmediatamente otro golpeó mi hombro y me hizo caer de espaladas. En mi mente estaba el pensamiento de no soltar la cuerda por nada del mundo, ya que hacerlo significaría dejar a José desprotegido. Para cuando pude abrir los ojos, un spindrift muy húmedo estaba cayendo sobre mi como granos de arena que se precipitaban por varios segundos. Después de eso, nada, el sol seguía brillando y José escalando. Ya sobre el pilar y esperando que este fuera el ultimo largo, efectúe una travesía para volver a la línea original. Ahí me incorpore a una pequeña cascada de hielo empapada y escurriendo. Una fácil y creativa cascada con pasos en mixto me sacó por fin al arenal del pecho. Jalé toda la cuerda que pude hasta anclarme a una enorme piedra sobre la arena.
Ya veía a la gente en la cumbre y comencé a recuperar a José. Por el radio mis amigos se comunicaban. Ellos ya estaban de vuelta abajo en el refugio y nos decían que podían vernos a la distancia saliendo de la pared. Sonreía y no sabía como digerir esa emoción. Cuando José llegó y caminamos los pocos pasos a la cumbre no podía entender que esta vez había llegado ahí por la mítica 10 de Mayo. Una “tutsi pop” para celebrar mi cumbre especial y la ansiedad de bajarme ya para llevarme el logro a casa. José fue una cordada perfecta, siempre sólido, nunca dudó de mí, siempre concentrado en lo que la escalada nos requería. Mis amigos y la gente que por fin me apoyó y motivó estaban en todos mis recuerdos dando vueltas en mi hipóxica cabeza.
Escalamos un terreno completamente diferente a través de la misma línea a la que alguna vez se le nombró 10 de Mayo, pero para mí, más que un logro de escalada, fue un proceso complejo e intrínseco que tuve que descifrar, analizar y probar con diferentes mentalidades, diferentes compañeros y diferentes circunstancias. Eso para mí, más que la escalada, es lo que hace a una ruta grande. Por esto le asigno el valor que tiene y es una emoción muy personal que comparto para la gente que decida que esta historia le puede servir.
Ahora tengo mis miras en los próximos proyectos, y espero que algún proceso para escalarlos sea tan complejo como este. Es el fracaso y la perseverancia lo que nos nutren en esta vida, no el éxito fácilmente obtenido.
Crédito fotos: Diego Montaño
Fuentes y referencias
Cómo citar
Redacción Freeman. "10 de Mayo por Diego Montaño: una obsesión en el Iztaccihuatl". Freeman, 25 de marzo de 2015. https://freeman.la/10-de-mayo-por-diego-montano-una-obsesion-en-el-iztaccihuatl/








