Foto: Jan Hoebeeck

Xibalbá Uprising: una apertura de 850m en el Cañón del Sumidero

Xibalbá Uprising: nueva ruta de 850m, abierta en estilo libre por Carsten Thess y Martin Siller en el Cañón del Sumidero, Chiapas.

Carsten Thess y Martin Siller abrieron Xibalbá Uprising, una ruta de aproximadamente 850m y 5.12a en el Cañón del Sumidero. Lograda el pasado 17 de diciembre del 2019, se instalaron 90 bolts y en el resto de largos realizaron escalada tradicional.

Martín Siller, nació en Tirol, Austria y radica en San Cristóbal de las Casas desde hace cinco años. Tiene más de dieciséis años de experiencia escalando y diez años equipando en diferentes países como en su país natal, Francia, Grecia, Perú y ahora en Chiapas. Carsten Thess, originario de Berlín, Alemania, radica en San Cristóbal de las Casas desde hace cuatro años. Escala desde hace quince años por varios países del mundo.

Este es el relato de la apertura realizada por Thess y Siller, quienes durante cuatro días escalaron en libre desde el rio hasta la cima en la nueva ruta “Xibalbá Uprising”, que establecieron en los últimos meses.

Por: Carsten Thess y Martin Siller

15 de junio del 2018, Embarcadero Cahuare.

1. El Intento (con Simon Tauscheck, Kevin Mahler, Jose Carlos Ramos, Carsten Thess, y Martin Siller)

Como habíamos acordado, nuestro lanchero se encontraba en el muelle al amanecer.  Había frío y la luna todavía se veía a la entrada del cañón mientras nosotros salíamos del embarcadero y parecía que nos volvíamos más y más pequeños entre las altas paredes del cañón.  Después de media hora se aproxima la última curva y nos sumergimos en la parte más alta del cañón. Ante nosotros estaba la pared rocosa, y la cima todavía envuelta de nubes. Dejamos la lancha en el punto de llegada acordado. Solamente teníamos una idea vaga de cómo llegar a la pared.

Pasando la selva se levantaba una cresta, comenzando en una playa rocosa, que subía inmediatamente muy inclinada hacia arriba. Bajando de la lancha nos encontramos con un mundo completamente diferente. La mayor parte de nuestro grupo conocía subidas modestas en los Alpes, pero aquí había que asegurarse primero de que no hubiese cocodrilos cerca al bajar de la lancha. Nos dimos cuenta de nuestro aislamiento cuando oímos los sonidos de los motores alejándose.

No nos quedó de otra que subir por el sendero angosto pasando por arbustos sin fin. La subida nos llevó por la cresta, superando varios escalones difíciles de sobrepasar. Siempre pudimos ver el muro de piedra con su techo impresionante a través de las ramas. Después de 9 horas batallando en la selva, pusimos nuestro campamento en un lugar angosto, de cara al precipicio, viendo una caída de 450 metros.  En la noche pudimos oír sonidos crujientes de movimientos en la pared con el eco de las avalanchas de piedra bajando y resonando por todo el cañón.

Nuestros primeros intentos de subir el muro de piedra confirmaron nuestros peores temores: rocas gigantes sueltas, del tamaño de un pequeño coche, que hicieron la escalada libre demasiado peligrosa. Después de apenas 50 metros teníamos que admitir que por este camino no podríamos seguir.  Al final, este fracaso fue un paso muy importante para nuestro éxito del año siguiente.

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foto: Ernesto Hernández Fernández

15 de junio del  2019

2. El desarrollo de la ruta (con Carsten Thess y Martin Siller)

Por supuesto, seguíamos pensando en el cañón y esta vez decidimos intentar el proyecto solo entre nosotros dos. Justamente un año después del primer intento nos fuimos al punto más alto del cañón para buscar una posible línea para escalar en libre. Del año pasado sabíamos que la roca quebradiza tenía un color café anaranjado. Así buscábamos una ruta en la pared más clara donde sospechábamos que la roca era más sólida.

Después de un largo rato contemplando silenciosamente, de pronto nos miramos uno al otro con una gran sonrisa: fue uno de estos momentos especiales cuando todo se torna muy evidente. El sol hacía brillar una línea angosta de color gris plateado aproximadamente 100 metros a la derecha de la línea del año pasado, que continuaba hacia la parte de arriba de la pared.  Esa era nuestra línea.

En base a nuestras experiencias del año anterior, decidimos divisar la ruta desde arriba. Sin embargo, era más difícil de lo que pensábamos. Para llegar al punto en el cual debíamos hacer el descenso en rápel teníamos que cruzar una comunidad.  Las comunidades en Sudamérica y América Central luchan desde años por su reconocimiento y su derecho de autonomía. Tienen sus leyes propias y no permiten a extraños cruzar sus territorios así nada más.  Obtener el permiso requirió algo de delicadeza y empatía de nuestra parte para convencer a la comunidad en una de las juntas comunitarias mensuales. Una vez que la comunidad y los alcaldes de comunidades vecinas dieron su aceptación, el camino hacia la pared estaba libre.  Sin embargo, la comunidad nos pidió comunicar cada una de nuestras llegadas y salidas personalmente con el alcalde Don Limber y su esposa. Con el tiempo, esta relación se volvió cálida, acogedora, casi familiar. Nos apoyaron como pudieron, e independiente de cuán sucios y andrajosos llegásemos después de días de trabajo en la pared, la familia siempre nos dio la bienvenida y nos brindó una jícara grande de pozol.

Partiendo del pueblo, teníamos una caminata de aproximadamente 40 minutos cruzando bellos jardines y milpas de la comunidad hasta llegar al acantilado. Nuestras sospechas fueron rápidamente confirmadas: con pocos descensos en rapel vimos claramente la línea perfecta. Nos movimos muy lentamente a través de este mar de piedra, conscientes de los peligros. Los dos solos sin poder tener contacto de radio o celular nos sentimos totalmente expuestos. La pared estaba llena de vida: alacranes y tarántulas en las grietas, nidos de abejas y avispas escondidos debajo de los techos y las estalactitas. Una de nuestras grandes preocupaciones fue un posible encuentro inesperado en medio del bosque con una colmena de abejas.

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Foto: Santiago Monroy Cuevas

El hecho de ser solamente dos personas limitó nuestra capacidad logística a 3 ó 4 días. Con el calor del cañón se nos acabó muy rápido el agua y nos forzó a regresar a casa. Así, nuestro trabajo en la ruta se alargó por varias semanas. Nuestro equipo tampoco estaba diseñado para un proyecto tan grande. No teníamos portaledge ni cuerdas estáticas y nos movíamos solamente con un taladro y unas cuerdas para escalada deportiva a través del muro. Siempre tuvimos cuidado de construir una ruta segura sin llenar el muro de agujeros con nuestro taladro.  En toda la ruta usamos aproximadamente 90 bolts, en tramos con estructuras de grietas no usábamos ninguno, porque eran apropiados para asegurarse tradicionalmente.

En la parte más baja de nuestro descenso en rapel, tuvimos la sensación de meternos en un inframundo, lo cual fue reflejado en el nombramiento de la ruta posteriormente. En la parte inferior de la pared, la roca se volvió más obscura y quebradiza, el ambiente se sentía más tenso.  La densa vegetación y muchas rocas grandes sueltas dificultaron la limpieza. Corrientes ascendentes llevaban el polvo pesado de regreso después de limpiar.

El pie de la pared lo alcanzamos por primera vez en la obscuridad total en medio de un cambio brusco de clima. Una tormenta fuerte acompañada de un aguacero nos forzó a cubrirnos debajo de la saliente de una roca.  Seguíamos todavía a una altura de 450 metros sobre del rio y los relámpagos iluminaron ante nosotros la profundidad del cañón. Teníamos hambre y estábamos cansados, nuestra agua se había acabado hacía mucho, toda nuestra ropa estaba mojada; sin embargo, los dos teníamos una gran sonrisa en la cara: sabíamos que nuestra meta estaba acercándose. Esa noche también pasó y la alegría de tener tierra firme bajo nuestros pies nos hizo sentir el descenso como un paseo ligero en la mañana. 

El último obstáculo: llamar la atención de una de las lanchas de turistas solamente nos divirtió. Pasaron aproximadamente 6 horas hasta que un lanchero se dio cuenta que allá había dos güeros en medio del cañón pidiendo un ride.

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Foto: Jan Hoebeeck

13 de diciembre del  2019

3. La ruta (El Encadene) (con Carsten Thess y Martin Siller)

Usamos la temporada de lluvia para conseguir el resto del equipo como un portaledge, una cuerda estática de 200 metros y ya estábamos listos.  Aunque la pared rocosa tiene una orientación sureste y en este tiempo solamente está por unas horas con sombra, decidimos hacer un intento de encadenar la ruta. Teníamos 3 horas en la mañana y 4 horas en la tarde para escalar la pared en la sombra.  El resto del tiempo teníamos que escondernos del sol para evitar salir completamente rostizados, o bien escalar por la noche con linternas frontales.

Así necesitábamos 4 días para hacer el primer ascenso en libre, gustosamente del rio hasta la cima. Todos los esfuerzos y preparativos valieron la pena. La ruta da todo lo que emociona el corazón de un escalador: grietas perfectas, fisuras, placas llenas de agujeros, techos, regletas muy pequeñas y pasos de bloque super expuestos. Cada metro nos dio mucha alegría a pesar de todos los riesgos permanentes y así lográbamos encadenar en punto rojo cada largo en equipo.

Llegando a la cima, pasamos una noche agradable junto a la fogata y bautizamos la ruta con el nombre de “Xilbalbá Uprising”.

Ahora es nuestro placer compartir la ruta con el mundo del alpinismo y publicar la descripción detallada. A quien quiera emprender el camino para intentar de nuevo esta ruta, con gusto le proporcionamos información sobre, por ejemplo, los permisos del parque nacional, el contacto con la comunidad y todo lo que se necesite saber. El topo se puede encontrar aquí.