Relato: ascenso a la ruta “La paciencia del perro”, Nevado de Colima

Fotos: Geraldine Pöll

Erik Pöll relata su repetición a «La paciencia del perro», una ruta abierta por Yoaquin García-Luna, Pablo León y Victor Andarcia en el Nevado de Colima.

El pasado 22 de febrero José Pablo Cárdenas, Hugo Martínez y Erick Pöll repitieron «La paciencia del perro», una ruta de escalada alpina tradicional sobre la cara noreste del Nevado de Colima.

Abierta en junio del año pasado por Yoaquin García-Luna, Pablo León y Victor Andarcia, se trata de una línea de 40 metros de escalada consistente, muy bella y retadora que lleva hacia la cima Norte del Nevado. Erik Pöll nos comparte este relato de ascenso cargado de inspiración.

Relato por: Erik Pöll Garduño

“RESPIRA, DISFRUTA EL MOMENTO, SIENTE EL VIENTO, RESPIRA.”
¿Cómo es escalar a 4,000 msnm?

“La paciencia del perro” es una aventura integral. Sentir el viento, el frío, el cansancio y la altura, saberte ahí, colgado a 4 mil metros de altitud dependiendo únicamente de tu destreza y fortaleza mental es algo maravilloso que solo se puede experimentar afuera, en la montaña.

La aventura comienza desde el momento que decides escalar esta ruta. La preparación técnica y mental para el ascenso es fundamental. Entre más información tengas sobre la ruta, más segura será la escalada  Comprender los riesgos que implica la escalada alpina es, creo yo, la clave para poder tener éxito.

La idea surgió, como casi siempre pasa, después de unos pegues sabrosones con mis camaradas de cuerda de Twin Rope. Esta vez en el Escalón. Fue un día de pura gozadera probando varias líneas nuevas en las que todos nos sentimos sólidos y felices, así que, lleno de la adrenalina del momento, propuse la idea de ir al Nevado de Colima a buscar un nuevo proyecto. Y como era de esperarse, todos me dijeron que sí a la primera. La moneda ya estaba en al aire. 

Nos pusimos manos a la obra. Había que investigar sobre las posibles rutas y elegir una para planear bien el ascenso. Después de platicarlo brevemente, elegimos “La paciencia del perro”. Una línea prometedora pero exigente que con tan solo ver las fotos del primer ascenso te sudan las manos: uno quiere estar ahí. 

La ruta está ubicada en la pared noreste del pico Lobos o cumbre norte. Aproximadamente a la mitad de la pared antes de llegar al cruce conocido como “la J”. Es una línea muy obvia con relieves interesantes que siguen una grieta hasta llegar a una roca inmensa y lisa a la que Yoaquin se refirió como “el refrigerador”. De ahí, la ruta se inclina levemente a la derecha por otra grieta que te lleva directamente a una zona arenisca y rocosa que conduce los últimos metros hasta la cima.  

Ya con un objetivo en mente, lo siguiente fue planear la logística de la expedición. Contábamos con algunas fotos de la ruta pero, por suerte, mi amigo y cordada José Pablo pudo contactar a Yoaquin para pedirle más información, quien se rifó pasándonos la beta. Nos explicó dónde estaba el crux, las piezas clave que necesitaríamos para proteger y cómo encontrar la base de la ruta en la pared. 

Hicimos una lista y nos reunimos en YE Centro de Escalada unos días antes para juntar todo el equipo que íbamos a necesitar y asegurarnos que no nos faltara nada: 2 racks completos de cams, 2 juegos de fisureros, cuerdas dobles, cascos, etc.  Después de revisarlo todo perfectamente y empacar el equipo en nuestras mochilas, estábamos listos para partir.  

El viernes 21 de febrero salimos hacia el Nevado de Colima. Llegamos en la tarde noche, que era fría y un poco nublada,  pero aún así pudimos deleitarnos con la vista de una montaña cubierta de nieve que nos hacía soñar con una aventura memorable.

Una vez instalados en el albergue, encendimos una fogata y le dimos una última revisada al equipo. Dejamos las mochilas listas para el día siguiente y disfrutamos de una rica cena y un vino junto al fuego para recargar pilas y distraernos un poco. 

Uno de los factores críticos de la escalada en altura es el clima. En la montaña, el clima es impredecible. Los vientos pueden ser fuertes y muy fríos y estar en la pared durante una tormenta está lleno de riesgos: caída de piedras, poca o nula visibilidad, frío excesivo y sobre todo, al llevar todo un equipo de metal colgado a tu arnés las posibilidades de ser impactado por un rayo son bastante altas. Son cosas a las que definitivamente no te quieres exponer, así que revisamos el pronóstico del clima antes de dormir para estar más tranquilos. Se veía favorable: cielo despejado con nubes ocasionales durante la mayor parte de la mañana. Teníamos una buena ventana de tiempo para cumplir nuestro cometido. 

A las 7:30 de la mañana siguiente comenzamos el acercamiento. Cuando quieres escalar a 4 mil metros sobre el nivel del mar, debes de tener en cuenta que la caminata de acercamiento será desgastante, así que hay que saber administrar la energía para poder cargar todo el peso del equipo de escalada y aún así llegar fresco y listo para darle un pegue a muerte a la ruta. 

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En este caso, el acercamiento dura alrededor de una hora y media. Son aproximadamente 3.5 kilómetros desde la Joya hasta la base de la pared, lo cual puede parecer poco, pero no se siente así cuando llevas varios kilos de equipo en la espalda y el ascenso es bastante positivo durante la mayor parte del camino. Aún así, se disfruta mucho ya que durante casi todo el trayecto a través del particular bosque mesófilo del parque, puedes ir viendo justo frente a ti la imponente cara de la montaña que estás apunto de escalar. 

Sabíamos que la montaña estaba algo nevada, pero decidimos no llevar crampones ni piolet para evitar añadir peso extra a nuestras mochilas. Confiábamos en que encontraríamos nieve blanda para poder progresar sin complicaciones, o en su caso, podríamos evitar la nieve sorteando entre los matorrales pegados a la pared. 

Ese fue nuestro primer error. Cuando finalmente llegamos a la parte nevada, nos dimos cuenta que no era nieve blanda, sino nieve congelada casi tan dura como hielo. Nos costó un poco de trabajo avanzar ya que tuvimos que ir marcando huellas en el hielo golpeándolo con nuestras botas, pero finalmente logramos llegar a la base de la ruta. Sin embargo, lo que nos preocupaba era lo que se vendría después de la escalada, ya que nuestra intención era continuar subiendo por las canaletas de nieve hasta la cima Norte, para luego bajar a pie por el otro lado de la montaña. Pero supusimos que esa era una decisión que tendríamos que tomar allá arriba, evaluando las condiciones. 

Sacamos cuerdas y equipo y nos preparamos para escalar. Decidimos cargar con equipo de sobra para no correr el riesgo de quedarnos sin protecciones suficientes en la parte alta de la ruta. Esta vez me tocaba a mi puntear la ruta, así que me llené de fierros, calenté un poco brazos y dedos y me até a José Pablo quien sería mi asegurador. 

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La primera parte de la ruta está algo expuesta; los primeros 4 metros no es posible proteger y hay que pasar una mini pancita hasta encontrar pies cómodos y una grieta horizontal a la derecha donde se puede poner el primer seguro. Una vez colocada la primera protección, se siente un alivio y a la vez un compromiso. Ya estás ahí arriba, ya no hay vuelta patrás.

El progreso es lento y metódico. La roca no siempre es sólida y el riesgo de desprender bloques grandes existe, así que hay que revisar cada agarre y cada pie dos veces antes de confiarle el peso. Lo mismo pasa con los seguros, algunos quedan sólidos y sabes que puedes confiarles una caída, pero hay otros que suelen funcionar más como efecto placebo, ya no sabes al cien si te sostendrían en caso de caer. Es una lucha mental. 

Después de unos 10 metros de escalada llegas a un diedro con una grieta donde la escalada es fluida, con agarres decentes y algunos buenos pies. Sin embargo, para mí fue un reto encontrar lugares para proteger; había musgo en las grietas, algunas estaban algo abiertas y lejos de la ruta, por lo que aquí empezaba la batalla mental. 

Conforme avanzas, comienzas a notar que la distancia entre tú y tu último seguro es bastante grande, y el riesgo ante una eventual caída podría ser demasiado alto. A la vez, tu cuerpo comienza a sentir poco a poco el cansancio por lo que detenerse a asegurar sin saber exactamente dónde hacerlo puede significar que pierdas demasiado tiempo y energía buscando un seguro inexistente o que no sea lo suficientemente bueno. 

No obstante, en ese momento me encontraba concentrado en la escalada y me sentía muy bien así que decidí avanzar sin proteger por unos 8 metros más hasta que llegué a una repisa muy buena donde pude ponerme de pie y proteger a la derecha en una buena grieta.

Respira, disfruta el momento, siente el viento, respira. 

En rutas como esta, el cansancio no viene del bombeo de los brazos si no del pecho. Cada que aprietas en un paso, sientes que el aire se te va como si hubieras hecho un sprint de 200 metros. Y a esta altura, no es tan fácil recuperar el aliento. Tienes que relajarte y respirar. 

A continuación venía el primer crux de la ruta, una grieta pequeña con pocos pies pero en un diedro que te permite progresar haciendo presión entre las dos paredes. Para este punto, la adrenalina está al máximo. Estás concentrado en la escalada, se ven algunas regletas de apoyo a la derecha de la grieta y sabes que tienes un buen seguro debajo de ti. Te sientes bien, protegido. O al menos eso pensaba yo hasta que comencé a subir y, en un movimiento desafortunado, al tratar de empotrar mi pie derecho en la grieta, pateé el último cam que había colocado hacia arriba provocando que se saliera de su posición. ¡Maldita sea! Es lo último que quería que me pasara en el crux. Tenía otro stopper unos metros más abajo, pero era uno diminuto y la caída sería muy larga si el cam llegaba a fallar, así que sabía que definitivamente, no me convenía caerme ahí. 

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Dudé por un momento si debería meter otro seguro en la grieta, pero la posición en la que estaba no era la más cómoda y me quitaría mucha energía si lo hacía, así que decidí continuar escalando hasta pasar el crux y proteger más arriba. Por un momento los pies se me resbalaron, pero afortunadamente había llegado a un agarre muy bueno donde se puede descansar para luego subir hasta una repisa muy buena donde pude tomar aire y relajarme un poco.

Vale la pena vivir ese momento, voltear a tu alrededor, disfrutar el paisaje y el lugar en el que estás. Saberte diminuto ante la inmensidad de la montaña, pero sentirte más vivo que nunca por estar ahí, retándote y superando tus miedos. Respira, disfruta el momento, siente el viento, respira. 

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La última parte de la ruta es la que sentí como el verdadero crux de la escalada. Es un tramo corto de unos 6 ó 7 metros en una grieta incómoda. Más ancha que un puño pero no tan ancha como para meter el cuerpo y empotrarlo cómodamente. Además está llena de tierra, es completamente lisa y para rematar, en este punto realmente sientes el peso de arrastre de tus cuerdas al arnés, por lo que se hace más complicado avanzar. Nada de pies, nada de agarres. Lo único bueno es que puedes meter un buen cam en la parte de abajo que queda sólido. Así que sabes que, si te caes, no te pasará gran cosa, lo que ayuda mucho a la mente para darlo todo en ese último pegue. 

Empiezas con un hand-jam incómodo en la parte baja de la grieta y subes pies al único escalón disponible, de ahí tienes que escurrirte como gusano en la grieta (palabras del mismo Yoco) y tratar de meter los pies, entre pisando la tierra que hay y atorándolos en la misma grieta. Si logras ponerte de pie puedes meter otro hand-jam en la parte profunda de la grieta y levantarte un poco para tener acceso a las únicas regletas que hay ya para salir. Es difícil describir lo bizarra y dura que me pareció esta escalada. Me esforcé tanto que cuando por fin pude salir, me sentía sofocado y agotado. Tuve que inhalar unas diez veces antes de sentir que por fin recuperaba el aire.  

Salí de a la grieta y ahí estaban, tal como nos dijo Yoaquin, un cordino con un par de mosquetones que habían abandonado y donde se montaba la reunión. Me tomó un tiempo considerable acomodarme para poder armar la reunión y comenzar a asegurar al segundo de cordada. Cuando llegué me di cuenta que había puesto muy pocos seguros a lo largo de la ruta, pues tenía más de un rack completo colgado a mi arnés. 

Acomodé todo el equipo en la roca, amarré un cordino adicional y busqué una posición cómoda entre la nieve para armar mi reunión. Después subieron José Pablo y luego Hugo, también parte de la cordada, lidiando con el peso y volumen de las mochilas que les estorbaban bastante para poder moverse con fluidez. Su esfuerzo fue tal que cuando Hugo finalmente llegó a la reunión estaba tan exhausto y golpeado por el mal de altura que incluso vomitó un poco. 

Para ese entonces, ya habían pasado casi dos horas desde que comenzamos a escalar. El cuerpo lo resentía y el frío aumentaba. El clima cambió y se nubló de repente. No teníamos mucha visibilidad, pero sabíamos que lo que faltaba para llegar a la cima eran unos cuantos metros de rampa de nieve congelada y algo de escalada sencilla entre rocas grandes. Nada muy complicado ni fuera de lo común, pero teníamos un problema: no contábamos con crampones ni piolets. 

Progresar por esa nieve congelada y dura, a esa altura, con esa exposición y sin crampones era definitivamente muy arriesgado, por lo que decidimos armar un rapel y bajar desde ahí. 

El camino de regreso al campamento fue muy divertido. Una vez que descendimos de la pared encontramos unas rampas de nieve que se había descongelado un poco gracias al sol de la mañana, por lo que pudimos bajar “esquiando” sobre ellas con nuestras botas hasta llegar a los arenales y conectar con el camino de vuelta al campamento. 

Llegamos al campamento a las 2 de la tarde aproximadamente, después de 7 horas continuas de diversión en las alturas para celebrar con una buena comida y por supuesto, seguir con esta locura por la montaña y pensar en nuevos proyectos. ¡Que nunca pare la motivación, y que viva la montaña!

Agradecemos a Geraldine y Gerardo Ruiz por las fotos y el apoyo. Al estimado Bernardo Hurtado alias “Ballena” por su apoyo y por prestarnos su rack. ¡A la próxima le toca patrón!