Relato: Mata y Patata, Nevado de Toluca. Primer Ascenso

Podría pensarse que el Nevado de Toluca ha visto el paso de escaladores por cada milímetro de sus rocas, pero hay aún mucho por explorar en sus rincones.

Relato: Mata y patata, Nevado de Toluca.  A1, 5.11?, X de 90m

Por: Diego Montaño

La otra cara del Nevado de Toluca, no la de los paseantes, no la de las fotos de Facebook en la nieve ni la de las lagunas. La que sabemos que poca gente ha visto, la que se nota que desde hace tiempo no se recorre y la que pinta un panorama alpino poco conocido.

Una de las pocas montañas cerca de casa y un lugar al que siempre quise ver con otros ojos. Con paredes de roca en todo el exterior del cráter algo se podía escalar. La pared norte siempre cautivó mi atención porque cada vez que uno va al Nevado, pasa por debajo de ella en el coche justo antes de llegar a la segunda pluma.

Hace tiempo empecé a recorrer sus canaletas cuando se llenaban de nieve y en otras ocasiones me acerqué buscando líneas escalables.  Con el tiempo llegué a probar varias escaladas de baja dificultad y corta distancia, encontrándome con vestigios y protecciones de otros tiempos. Clavijas, alambre y estribos de madera abandonados en las paredes.

Esto quiere decir que esta zona fue el panorama de escaladores de otra década, pioneros en el alpinismo de México. De algunos de sus clavos me colgué y algunos los desprendí.  Pero mi mayor hallazgo no fueron sus rutas, sino donde se ve que no hicieron una.

En el más grande de los murallones de la zona de paredes norte, solo una línea de clavos a cada 50cm rompe la imponente muralla. La hemos recorrido en artificial pero se siente muy dura para liberar, la protecciones son terribles y tratar un ascenso en deportiva es extremadamente riesgoso.

Así, recorrí en algunas ocasiones esta pared siguiendo la línea de clavos de los que, a la fecha, no sé quién sea su dueño. De ahí, un poco a la derecha está la línea más larga, empinada y estética que recorre una especie de pilar que se alza sobre la pared y posteriormente se convierte en la arista que va hasta la cumbre de este sub-pico del Nevado.

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Esa línea súper atractiva llamaba mi atención en cada visita a la montaña. Fue entonces cuando un día decidí subirme y ver que tan lejos podríamos llegar. Llamé a mi amigo y cordada Carlos Petersen, un tipo con buena cabeza para la montaña, hábil en la pared y en quien confió mi vida.

Llegamos al pilar y lo vimos un poco intimidante. Decidimos intentar un primer largo por la zona de menor resistencia. Unos metros a la derecha de la línea más limpia probamos suerte en bloques flojos donde pensamos que la escalada en tipo «scramble» sería más viable.  

A los pocos metros supe que había sido una pésima idea. Me encontraba parado sobre una torre de Jenga gigante. Bloques sobrepuestos uno sobre otro me hacían sentir que el riesgo no venía de una caída sino de tirar las rocas con mi peso. Entré en pánico e hice travesías en roca que escurría y generé terribles tracciones de cuerda hasta que pude armar una reunión. Carlos subió limpiando el equipo y nos encontramos en una reunión a 15 metros del pico, con cero motivación y decidimos abandonar.

Platicando con Carlos quedó claro que necesitábamos refuerzos.  

El maestro «Tiny» Sergio Almada, fue nuestra primera opción, un aperturista de paredes, que a su corta edad esta muy experimentado y dejando legado en las paredes dentro y fuera del país.

A pesar de ser la temporada de lluvias no quisimos esperar. Estábamos muy necios con la idea de buscar la línea limpia en el pilar, ahora sin abrirnos, francos y sólidos hasta la cima.

Así, con potencial de lluvia y usando nuestros domingos -los únicos días libres del trabajo-, llevamos a Tiny a la pared.

Inmediatamente se volvió la autoridad moral en la pared. Su experiencia me hacía no cuestionarlo, pero, de la misma forma todos teníamos nuestras aptitudes que en conjunto nos hicieron trabajar bien, insistir en la medida adecuada y al final lograr el cometido.

Ese día decidimos hacer una aproximación ligera, un rack de cams, cuerda y pocas provisiones para el dia. Tiny no titubeó cuando vió el pilar e inició de punta por la línea más directa. A los pocos metros se encontró con el terreno que es habitual de esta pared: bloques enormes empotrados entre sí, lisos, con líquenes y musgo, fisuras apretadas o creadas por la separación de dos bloques que a veces se mueven.

Sumado a la sensación de escalar a 4300 m.s.n.m. el gran Tiny se entusiasmo por el reto propuesto por sus dos amigos novatos y nos dio una clase magistral de mañas, técnicas y perseverancia alpina.

Después de un largo tiempo de tensión, Tiny logró armar la reunión. Carlos y yo subimos limpiando. En mi posición de segundero, fue de mi mayor interés trabajar los pasos en libre para darme una idea más clara del grado de la ruta. Cabe decir que colgué de la cuerda en un par de ocasiones con movimientos que tienen un buena dificultad.

Ya en la reunión, los tres seguimos la placa más franca, recta y larga, que termina debajo de un pequeño techo, y después de eso no podíamos ver nada. Tome el rack ligero y me embarque hacia arriba.

Pocos metros después de la reunión, una grieta en forma de media luna abre el camino. Liberando los movimientos lleno de éxtasis por lo bello de la escalada entre a la placa, progresé bien hasta que llegué a una división donde la laja central se mueve con el jale de los Cams.

Momentos de pánico siguieron. Al sentir que mis protecciones eran dudosas cometí el error de embarcarme un poco más arriba y, con miedo de caer, noté que quedaban pocas piezas en mi arnés. Faltaban varios metros por escalar y un techo por librar para después buscar la manera de armar una reunión sólida para jalar a mis dos amigos.  

Estaba en un dilema, parado en una posición de equilibrio, respirando aceleradamente, con las rodillas temblando y tratando de descifrar cuál sería la mejor solucion para mi precaria situación.

Tiny y carlos gritaban desde abajo: «calma, respira». Me tomó un rato pero logré calmar mi miedo, colocar un estribo de un .00 y descansar para resolver. La decisión más lógica fue usar mis únicas dos piezas decentes para salir de ahí sin asumir riesgos innecesarios. Un cam .75 y un 1 fueron las últimas piezas que pude colocar para abandonar. Desde ahí bajamos hasta el piso con doble cuerda.

De haber seguido habría usado esas dos piezas para proteger lo que restaba de mi escalada y sin saber que nos esperaba en el techo y arriba de el, no habría tenido protecciones para armar una reunión. Decidimos volver en otro momento para recuperar las piezas, mejor preparados y con clima seco.

La dinámica de cordada funcionó muy bien. La ruta tenía una sensación de reto personal otra vez, y además tenía nuestras piezas de rehenes. Fue de esas sensaciones que te motivan a trabajar contra la adversidad y el miedo.

 

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Pero el Nevado de Toluca tenía otro planes.

Siete días después volvimos bajo la lluvia y en un manto de nubes. Tiny sugirió que aprovecháramos el día para limpiar la ruta de bloques sueltos desde arriba porque son un verdadero riesgo y el peligro objetivo que suman a la ruta era demasiado alto. Mejor prevenirlo así y recuperamos las piezas de paso.

Así, empapados desde que abrimos la puerta del coche, fuimos y dimos la vuelta por atrás, llegamos arriba caminando y montamos un rapel. Carlos fue el destructor número uno: tiró bloques tan grandes como sillones o tinas que caían en explosiones espectaculares. Descubrimos lugares para montar futuras reuniones y vimos que el techito del final del segundo largo estaba solido para escalar.

Al final recuperamos las piezas y salimos de ahí empapados y temblando, pero seguros del reto por venir.

Pasaron los días y pensamos que había que esperar a que las lluvias frenaran. Rayos, roca mojada, musgo, musgo y más musgo son de las cosas es que es mejor evitar al escalar en alpino. Pero insistí en ir, esto ya era pasional y necesitaba acabar esa idea. Quince días después volvimos, mentalizados para la lluvia, a meter las manos en fisuras llenas de lodo, a sacar el musgo y encontrar protecciones, a escalar delicado en grandes bloques.

Teníamos pocas horas antes de una tormenta, así que para ser eficientes la dinámica iba a ser la siguiente:

Un puntero con un rack sobrado en piezas de diferentes tipos y medidas, no escatimaríamos en peso para poder proteger fuera lo que fuera que encontráramos. Los segundos iban a jumarear para ahorrar tiempo, la finalidad era en un estilo más alpino: llegar por abajo y salir por arriba sanos y salvos. Poco que ver con la escalada deportiva, pero esto está lejos de ahí.

Mata y Patata. Largo 1

Carlos tomó la punta, inició la escalada y a los pocos metros se vio sacando musgo con las uñas. Apresurado para no perder el equilibrio, encontró una fisura mínima entre el musgo. «Voy, voy», gritó, y se fue por un vuelo alpino sobre piezas cuestionables. Sin embargo, Carlos no dudó un sólo segundo, aprovechando la adrenalina retomó la escalada y superó el primer largo como toda una . Jumareamos rápido y alcanzamos el segundo largo.

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Mata y Patata. Largo 2

Tiny tomó la punta esta vez y con más cordura protegió con calma cada paso. Sus artimañas de gran pared se hicieron notar: despacio y en artificial superó los movimientos duros con un estilo calmado y sólido, haciéndonos ver cómo se progresa en terreno difícil. Después del techo lo dejamos de ver hasta que las cuerdas quedaron fijas y subimos de volada jumareando. El clima estaba entrando.

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Mata y Patata. Largo 3

Tomé la punta y extasiado escale el último largo, fácil y bien protegido. Tiré algunas piedras que estorbaban y ascendí feliz de saber que este era el final, que lo habíamos logrado. Una escalada no tan demandante pero sí muy intrigante, pues nada aquí está establecido. Ni el estilo, ni el tipo de terreno, ni el clima ni la tranquilidad de una buena protección.

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Más que sentirme realizado por la escalada, sentí la conclusión de un proceso de investigación, motivación, optimismo, pero más importante aún: de exploración.

Al terminar la reunión monté una reunión a prueba de bombas. Carlos y Tiny salieron y tuvimos pocos segundos para felicitarnos porque la tormenta estaba encima.

Caminamos por la larga arista que concluye de la pared hasta llegar a la cima y bajamos hacia el interior del cráter. Volvimos caminando por la bajada de la ruta normal al Pico del Águila y llegamos al coche justo con el sonar de rayos.

Inmediatamente empezamos a hablar de las ideas por venir. Una sana relación de cordada, con quienes aprendí que:

«Si hay mata, hay patata».

(Frase de Tiny alterada por Carlos para decir que si hay musgo hay fisura abajo.)

Y así, el mundo vertical poco conocido del Nevado de Toluca se abrió a nuestras aventuras.