Nevado de Colima: Crónica de una escalada alpina entre nubes

Fotos: Hugo Martínez, cortesía de Erik Pöll.

Erik Pöll relata su aventura de escalada alpina junto a Hugo Martínez en una ruta de tradicional entre las nubes del Nevado de Colima.

Texto por: Erik Pöll

El Nevado de Colima es, para mí, la montaña mas bella de México. Es el lugar donde me enamoré del montañismo y al que procuro volver cada que quiero desconectarme de la vida en la ciudad. 

Para un montañista, el Nevado de Colima es un paraíso. Sus bosques, sus laderas, sus formas y paisajes enamoran a cualquiera. El punto más alto es la cima Sur, a 4,260 metros sobre el nivel del mar es la más concurrida, ya que, para llegar a ella, solo hace falta un poco de pericia para caminar en la montaña y tener la fuerza de voluntad para hacer la larga caminata hasta la cima. 

Sin embargo, hay otra cima que cautiva a todo aquel que cruza miradas con ella. La que queda en la memoria de quien la vislumbra, como la representación del Nevado de Colima: El Pico Lobos o Cima Norte. Una formación rocosa que aparenta un cono perfecto y que es muy poco concurrida, probablemente porque para alcanzarla, incluso por sus rutas más fáciles, hay que tener mayores habilidades de escalada y porque, al ser unos metros más baja que la cima sur, no es la verdadera “cumbre” de la montaña. 

Pero para un escalador, la cima norte es “la cima” que hay que conquistar en el Nevado de Colima. Hay cientos de posibilidades con diferentes grados de dificultad, y escalarla siempre es una gran aventura. De entre todas sus posibilidades de ascenso, hay una ruta en específico, ubicada en la cara Oeste de la montaña, que fue abierta en 1998 y que se ha convertido en un clásico por su belleza. La ruta se llama “Diles que no me maten” y es un 5.9 trad de 3 largos que Hugo y yo habíamos decidido escalar. Elegimos esta ruta, porque, además de ser una línea muy bonita, es una ruta de la que hay más información disponible para planear lo mejor posible el ascenso y disminuir en la mayor medida de lo posible los riesgos. 

A pesar de que el pronóstico del clima no era muy prometedor (tormentas eléctricas), la motivación estaba a tope y nos sentíamos listos así que el martes 30 de Julio a las 5 de la mañana salimos hacia la montaña. 

Llegamos al Nevado de Colima a las 7:30am y nos recibió de la mejor manera: un clima despejado que nos dejaba ver perfectamente la montaña. Decidimos no desaprovechar la oportunidad y nos fuimos directamente hacia la Curva del Leñador para empezar el acercamiento a las 8 de la mañana. 

Cuando superamos la cota de los árboles, disfrutamos de otro regalo de la montaña, un paisaje espectacular, digno de postal que suele ser común en la montaña: las nubes a nuestros pies. 

A pesar de lo bonito del momento, sabíamos que conforme avanzara el día, las nubes seguirían subiendo y pronto nos alcanzarían, así que teníamos que apretar el paso y llegar a la base de la pared antes de que nos cubriera la neblina. Teníamos una vaga idea de dónde podría estar ubicada la ruta, pero la verdad es que no estábamos completamente seguros de cómo la íbamos a encontrar. Nuestras referencias eran algunas marcas distintivas de la ruta: un slab al inicio del segundo largo y una roca grande y redonda a la derecha de donde finalizaba la ruta. Sin embargo, todas las fotos que teníamos de la ruta eran desde Colimotes y las antenas, y desde nuestra perspectiva aún no podíamos distinguir nada. 

Decidimos tratar de llegar al final de los arenales y caminar un poco hacia Colimotes hasta encontrar un ángulo de donde pudiéramos distinguir la pared, sin embargo, en un lapso de poco más de media hora las nubes ya estaban prácticamente a nuestro nivel y después de unos minutos, la pared se cubrió completamente de ellas. 

A través de la neblina, aún alcanzábamos a ver algunas sombras de la pared, pero todo se volvió muy confuso, no sabíamos exactamente donde estábamos. Continuamos subiendo por la canaleta esperando tener suerte de que en algún momento se despejara un poco de nuevo para poder corregir el rumbo, pero eso nunca pasó. Al contrario, la neblina se volvía cada vez más espesa.

En algún punto, alcanzamos a ver la sombra de una gran pared a nuestra derecha, lo cual no tenía mucho sentido, ya que la pared de la cara oeste debía estar a nuestra izquierda. Nos dimos cuenta que habíamos llegado a las paredes de alguna de las formaciones rocosas de la cima sur. Bastante lejos de nuestro objetivo. 

El cansancio de cargar todo el equipo de escalada en nuestras mochilas ya empezaba a pesar, pero queríamos sí o sí, llegar a la base de la pared. Así que comenzamos una travesía hacia la izquierda. Entre tanta neblina (y sin altímetro) no sabíamos ni siquiera a qué altura estábamos, solo sabíamos que teníamos que ir hacia la izquierda esperando en algún momento chocar de frente con la pared que queríamos escalar. 

Avanzando entre piedras, arena y neblina, cada vez nos sentíamos más confundidos de dónde estábamos. A momentos veíamos paredes y creíamos que habíamos llegado, pero luego de bordearlas para confirmar, al otro lado de la pequeña arista, veíamos otro colador y al fondo otra pared mas grande. Después de repetir este proceso algunas cuantas veces, por fin llegamos a una pared que estábamos convencidos, era la correcta. Pero ahora venía lo más difícil de todo. Encontrar esa ruta específica que veníamos a buscar.

Durante casi una hora, recorrimos toda la base de la pared, de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba hasta que llegamos al collado que une las dos cimas (la norte y la sur) donde termina la pared y pasas al lado este de la montaña. Aunque eso claramente significaba que habíamos subido mucho más de lo necesario y que estábamos lejos de la ruta, también significaba que por primera vez después de un buen rato, sabíamos exactamente dónde estábamos, así que sólo quedaba revisar la información que teníamos de la ruta para saber que teníamos que descender por la base de la pared durante algunos metros y que, si poníamos mucha atención, podríamos quizá reconocer la ruta. 

Pero, a falta de un buen desayuno, el hambre y la falta de energía ya nos comenzaba a cobrar factura. Hugo comenzó a tener algunos síntomas de mal de altura por lo que sabíamos que, aunque la encontráramos, no era la mejor idea escalarla ese día. Así que, con pesar, nos resignamos y decidimos abortar para intentarlo al día siguiente, más temprano y con mejores condiciones tanto físicas como climáticas. 

Antes de regresar, trepamos un poco por zonas más fáciles y buscamos algunas grietas donde practicamos las reuniones, probamos la calidad de la roca y cómo se sentiría escalar en esas condiciones. 

Llegamos al albergue, donde pasaríamos la noche, cerca de la 1 de la tarde. Revisamos el pronóstico del clima y notamos que al día siguiente tendríamos una probable ventana de buen tiempo desde la madrugada hasta las 12 del día aproximadamente. 

31 Julio 2019 

Nos despertamos a las 4:30 de la mañana para aprovechar el día lo mejor posible. Desayunamos algo rápidamente y nos preparamos una avena para el camino. A las 5 de la mañana ya estábamos iniciando el acercamiento. 

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Esta vez, los dos nos sentíamos mucho mejor. Estábamos bien aclimatados, descansados y ahora sí, con algo en el estómago. Pero el clima no parecía darnos tregua. Estaba completamente nublado y la neblina era tan espesa, que no podíamos ver ni siquiera a un metro de distancia. Total oscuridad solamente interrumpida por nuestras linternas. 

Sin embargo, seguíamos motivados. Ya conocíamos mejor el camino hacia la base de la pared, por lo que esperábamos llegar ahí poco antes del amanecer, con la esperanza de que, para entonces, el clima cediera un poco y nos permitiera, ahora sí, encontrar la ruta en la inmensa pared. 

Pero el clima no mejoró y nuevamente nos perdimos. Estábamos desorientados entre tanta neblina y tanta roca que se veía toda igual. Ya pasaban de las 8 de la mañana y aún no habíamos podido encontrar la ruta. Sabíamos que estábamos muy cerca de la ruta, quizá a unos pocos metros pero todo se veía tan parecido que no queríamos embarcarnos en una ruta que podría volverse más difícil de lo anticipado y donde fuera complicado colocar protecciones. 

Después de platicarlo brevemente decidimos que no era el día, la roca estaba húmeda, la visibilidad era casi nula, había riesgo de tormenta en la tarde y no tenía caso ponernos en una situación de peligro. Buscaríamos otra ruta de ascenso alterno para llegar rápido a la cumbre desde donde esperábamos poder ubicar la ruta, rapelearla y conocerla para regresar otro día. 

Observamos un poco la pared y vimos el inicio de una línea que parecía bastante fácil y que con toda probabilidad conduciría a la cima. Aunque la neblina no nos permitía ver mucho más arriba, supusimos que, podríamos realizar una ruta indirecta buscando siempre el camino menos complicado y más seguro y, en el peor de los casos, abandonaríamos algunas piezas para poder hacer un rappel y salir de ahí. Pero no nos queríamos ir sin escalar algo, por más sencillo que fuera. 

Iniciamos el ascenso y decidimos de primer momento hacerlo en simultáneo y sin colocar protecciones, ya que el primer tramo era bastante sencillo para cualquier escalador con algo de experiencia. Sin embargo, llegamos a un punto donde había un paso algo expuesto en el que no valía la pena correr riesgos innecesarios así que Hugo comenzó a darme belay desde una repisa segura.

Coloqué un cam y continué escalando por esa sencilla sección por unos 15 metros hasta llegar a una terraza bastante grande con un regalo maravilloso: una pared vertical y totalmente lisa de unos 8 metros de altura, por la que transcurría una grieta perfecta que poco más arriba tenía un diedro y parecía llegar a otra repisa que se veía segura. Era, sin duda, algo considerablemente más difícil de lo que pensábamos escalar ese día, pero, a su vez, era imposible no querer escalarla. 

Fue hermosa, algo bellísimo, espectacular. Una de esas paredes que como escalador, ves y las manos inmediatamente te empiezan a sudar por la ansiedad de querer escalarla. No pude resistirme así que coloqué una protección en la grieta y comencé a subir. Sin embargo, ya estando ahí arriba, me di cuenta que en realidad era más difícil de lo que parecía. Hugo no me podía ver desde donde estaba, la cuerda friccionaba bastante y mi experiencia escalando trad era muy poca comparada con la de Hugo así que decidí que lo mejor era montar una reunión ahí, subir a Hugo y asegurar desde ahí. 

Cuando Hugo llego y vió la grieta, su euforia fue más que clara. Y entonces sucedió algo maravilloso. ¡El clima por fin cedió! Las nubes se fueron y la montaña se despejó. Nos dimos cuenta que ya habíamos escalado casi 40 metros desde la base de la pared, con esa grieta preciosa frente a nosotros y en una terraza segura desde donde hacer belay. ¡Era perfecto! Nos llenamos de adrenalina y motivación. Esto era una verdadera escalada alpina, retadora y sumamente hermosa a 4 mil metros de altura. 

Hugo puntearía el largo. Era una tarea difícil. Aunque la grieta era buena, hacía bastante frío, la altura pesaba, ya estábamos algo cansados y había mucha humedad en el ambiente, por lo que la piedra estaba algo resbalosa y era complicado colocar los empotradores. Pero Hugo estaba motivado y seguro. Ascendió la primera parte colocando un cam hasta llegar a una laja que estaba atorada en la parte baja de la grieta, desde donde pudo pararse para colocar un segundo empotre más arriba y que era el que lo debía proteger en caso de una caída. Subió un poco más y colocó otro stopper para estar bien protegido. 

Siguió escalando hasta el final de la grieta. Arriba estaba bastante húmedo y resbaloso, pero Hugo apretó con fuerza y logró subir el pie derecho a la parte final de la grieta, arriba del diedro desde donde podría ponerse de pie para colocar otro seguro. Comencé a darle más cuerda para evitar jalarlo en el momento que se pusiera de pie sobre el diedro, pero entonces su pie derecho se resbaló haciéndolo caer. 

Por un momento nos quedamos asustados, pero cuando pasó, nos dimos cuenta que los empotres que había colocado Hugo eran sólidos. Nos dio seguridad y Hugo decidió darle otro pegue. Ya no existía el factor mental que afecta tanto por el miedo a una caída, así que al segundo pegue, Hugo liberó el largo respaldado por los gritos de ánimo de un grupo de gente que nos observaba desde la cima Sur. 

Saliendo a la repisa, seguía otro tramo sencillo hasta una repisa más grande donde Hugo armó la segunda reunión. Antes de que yo subiera, Hugo jaló nuestras mochilas hasta la reunión con una segunda cuerda. Pensándolo bien después, fue una maniobra algo peligrosa, que desprendió algunas rocas sueltas que cayeron. 

Escalé de segundo retirando los empotres, lo que no resultó tan sencillo debido a la caída que tuvo Hugo en el primer pegue. Alcancé a Hugo en la reunión, desde donde festejamos. La cumbre ya se veía muy cerca y el tramo que faltaba parecía ser bastante más sencillo por lo que decidimos recoger cuerdas y escalarlo nuevamente en simultáneo. 

Llegamos a la cima Norte alrededor de las 11 de la mañana con un buen clima, desde donde bajamos hasta el collado que une las dos cimas y continuamos hasta la cima Sur, registramos nuestro ascenso en el libro y bajamos por Colimotes hasta llegar nuevamente a la Curva del Leñador. Cansados pero emocionados y felices por la gran aventura que acabábamos de vivir. 

En el descenso, con un mejor clima, pudimos rápidamente ubicar la ruta “Diles que no me maten” y nos dimos cuenta que nosotros escalamos unos metros hacia la izquierda, y seguimos una línea que iba un poco a la izquierda y luego recto. 

Sabemos que existe una ruta a la izquierda de “Diles que no me maten” llamada “Jubilación”, abierta por JC Gavilanes y Santiago Baeza y que fue graduada como 10b. Pero, al no encontrar mayor información sobre la ruta en internet, no sabemos si la ruta que subimos es efectivamente “Jubilación” o si nosotros escalamos otra variante. Tal vez abrimos una nueva ruta.

Tampoco sabemos con exactitud qué grado es la línea que subimos. Posiblemente un 10- (que para nosotros, bajo las condiciones y la altura, se sintió como un 12). Pero todo eso no es tan importante para nosotros como la aventura y la amistad que hemos forjado como cordada. Ésta, sin duda, será una aventura que quedará en nuestra memoria por mucho tiempo.

¡Que viva la montaña! 

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