Querido Citlaltépetl: gracias a ti, hoy soy más fuerte

Los pasos más emotivos de mi vida

Por Guillermo Galarza, S.L.P.

“Vive tu vida como si subieras una montaña. De vez en cuando mira la cumbre, pero más importante es admirar las cosas bellas del camino. Sube despacio, firme y disfruta cada momento. Las vistas desde la cima serán el regalo perfecto tras el viaje.” – Harold V. Melchert.

Hace un año que empecé a realizar montañismo y jamás me imaginé que esta actividad fuera a cambiar mi vida. Y es que lo que comenzó como una actividad física, se convertiría no solo en una pasión, sino en una filosofía de vida.

El Citlaltépel nos recibía con los brazos abiertos, pero seguramente preguntándose si teníamos lo necesario para llegar hasta su cumbre.

Este fin de semana pasado tuvimos la oportunidad de subir una de las montañas más hermosas y retadoras de nuestro país (¡y de América!), el Citlaltépel (o Pico de Orizaba), el cual nos recibía con los brazos abiertos, pero seguramente preguntándose si teníamos lo necesario para llegar hasta su cumbre.

Al salir de Tlachichuca, los nervios y la incertidumbre empezaron a apoderarse de mí poco a poco. Mientras más trataba de luchar contra esa ansiedad, parecía que ganaba terreno dentro de mi mente y fue un largo camino hasta la base de la montaña. La situación mejoró un poco al instalarme en las literas en compañía de un té de limón, cortesía de nuestros guías.

Después de calmar un poco los nervios decidí salir del refugio para ver al Pico de Orizaba. El clima nuboso de ese día hacía imposible tener una vista clara de la montaña, pero el glaciar mostraba su hermosura iluminado tenuemente por unos pocos rayos de sol que se colaban entre las nubes. Sentí una atracción inmediata.

Los guías nos llamaron para la cena y degustamos un exquisito plato de arroz con pollo, el cual alimentó nuestro cuerpo y nuestra inquieta mente. A las siete de la noche nos disponíamos a descansar, ya que teníamos previsto salir de madrugada.

La noche no fue placentera y tampoco logré conciliar el sueño. La emoción y nervios se metieron a mi sleeping. Por momentos me invadía la duda de si iba a ser capaz de subir mi primera montaña por arriba de los 5 mil metros.  A las 12 de la mañana, sin dormir y quizá con más dudas que certezas empecé a preparar mi equipo para el ascenso.

Las primeras tres horas fueron las más complicadas. Había que acostumbrarse al peso de la mochila, a la altura, al frío y a la pendiente de la montaña. Caminamos durante varias horas acompañados de nuestros pensamientos y de un hermoso cielo estrellado.

El mayor reto se presentó cuando los guías nos avisaron que íbamos a empezar el ascenso del glaciar y mi equipo fue el primero en salir. El viento empezó a arreciar, la temperatura bajaba y nosotros no parábamos de caminar en una pendiente que parecía interminable.

Decidí enfocarme en dar un paso a la vez, pero el glaciar parecía no terminar.

Finalmente, el sol empezó a salir en el horizonte iluminando toda la montaña. Al ver todo lo que nos faltaba por recorrer, decidí enfocarme en dar un paso a la vez, pero el glaciar parecía no terminar. Hasta que en cierto momento nuestro guía nos avisó que estábamos por terminar el ascenso y que nos esperaba una vista increíble.

El ver el cráter y poder observar la cima a unos pocos metros, nos devolvió un poco de fuerza. Fueron los pasos más emotivos que he dado en mi vida y después de siete horas y media de ascenso llegamos a la cima del Pico de Orizaba, con una sensación de alegría y satisfacción casi indescriptibles.

La montaña me fortaleció como ser humano y me enseñó que los retos están para superarse. Me enseñó que con pasos firmes en la dirección correcta se puede llegar casi a cualquier lado y que la preparación y esfuerzo tienen sus recompensas. Muchas gracias Citlaltépetl porque gracias a ti hoy soy más fuerte.