Tener seguidores no te hace autoridad técnica — el peligro de los influencers de aventura

El fenómeno no es nuevo ni exclusivo del outdoor. Tom Nichols lo llamó la muerte del experto: la convicción cada vez más extendida de que cualquier opinión vale lo mismo que cualquier otra, siempre que se exprese con confianza y se distribuya bien. Byung-Chul Han escribió, en otro registro, que las redes sociales no son una plaza pública sino un enjambre — millones de voces que no construyen discurso sino ruido coordinado, atraído por estímulos breves. Bourdieu, antes que cualquiera de ellos,

Imagen de portada de «Tener seguidores no te hace autoridad técnica — el peligro de los influencers de aventura».

Hay algo en la economía de la atención que se parece a un truco de magia. El público mira hacia donde el creador apunta, no hacia donde está pasando lo importante. En los deportes al aire libre ese truco se ha vuelto rutina, y a estas alturas conviene nombrarlo: tener seguidores no te hace autoridad técnica. Tener cámara tampoco. Tener una opinión clara, mucho menos.

El fenómeno no es nuevo ni exclusivo del outdoor. Tom Nichols lo llamó la muerte del experto: la convicción cada vez más extendida de que cualquier opinión vale lo mismo que cualquier otra, siempre que se exprese con confianza y se distribuya bien. Byung-Chul Han escribió, en otro registro, que las redes sociales no son una plaza pública sino un enjambre — millones de voces que no construyen discurso sino ruido coordinado, atraído por estímulos breves. Bourdieu, antes que cualquiera de ellos, ya había hecho la distinción que hoy nos importa: una cosa es el capital simbólico — los seguidores, la visibilidad, la imagen pública — y otra muy distinta es el capital cultural, el conocimiento real, lo que sabes hacer cuando se te apaga la cámara.

En el outdoor esa distinción no es académica. Es operativa. Es la diferencia entre llegar y no llegar.

El problema técnico

Una bota, un pantalón, una membrana, una mochila: por más que la industria los empuje al territorio del lifestyle, siguen siendo equipo técnico. Su desempeño se mide. Las telas tienen gramajes, las costuras tienen patrones de carga, los materiales tienen rangos de temperatura y de humedad en los que funcionan y rangos en los que fallan. Quien diseña ese equipo lleva años — a veces décadas — testeando en campo, en laboratorio, con atletas, con guías, con condiciones que no se pueden replicar en una review de cinco minutos.

Cuando alguien con audiencia opina sobre ese equipo sin entender de qué está hecho, qué problema resuelve, contra qué se está comparando o en qué uso real está pensado, no está ejerciendo libertad de expresión. Está ejerciendo desinformación. Y la desinformación en outdoor no se queda en el comentario: se traduce en gente comprando lo que no le sirve, gente subiendo a la montaña con lo que no la va a proteger, gente confiando en que porque alguien dijo algo con seguridad en un video, esa información es buena.

Aquí conviene entender algo sobre cómo funciona el equipo técnico, porque hay una falacia que se repite mucho. Sí, hay gente que ha subido montañas de más de cinco mil metros en tenis y ha vuelto con vida. Eso no significa que esos tenis sean equipo de alta montaña, ni que fueran la opción correcta. Significa que esa persona jugó con una probabilidad de accidente más alta y tuvo la fortuna de que no le tocara.

El equipo técnico es, literalmente, un juego de probabilidades. No garantiza nada — reduce el riesgo de que la función para la que lo estás usando falle. Usar el equipo adecuado aumenta las probabilidades de que no falle y de que regreses bien. Esa es toda su promesa, y es suficiente. Por eso es una falacia creer que porque a alguien le funcionó el equipo barato, el de reúso del tianguis, o el que no estaba diseñado para ese propósito, le va a funcionar a cualquiera, siempre, y bajo las mismas condiciones o peores. Una anécdota afortunada no es una especificación técnica.

Lo mismo aplica a las rutas, a las técnicas, a la seguridad. Haber estado en una montaña no te vuelve guía de montaña. Haber escalado una vía no te vuelve instructor. Cobrar por llevar gente sin la formación para hacerlo es una decisión con consecuencias que no recaen sobre el que cobra, sino sobre el que paga.

La honestidad no es un argumento técnico

Hay una defensa que aparece casi siempre, y conviene desarmarla: "Esto es de verdad lo que pienso. Nadie me está pagando por decirlo."

Puede ser cierto. Puede ser completamente honesto. Y aun así no dice nada sobre la validez técnica de lo que se está afirmando.

La honestidad es una cualidad moral, no una credencial. Una opinión sincera sigue siendo una opinión. Que alguien crea de verdad lo que afirma, que no haya recibido dinero, que hable desde la convicción y no desde el contrato, no convierte su afirmación en información confiable. Sigue faltando lo único que la haría confiable: el conocimiento.

Es uno de los desplazamientos más comunes en redes — sustituir autoridad por autenticidad. "Soy honesto" ocupa el lugar que debería ocupar "sé de esto". Y funciona, porque la audiencia confía en la sinceridad percibida. Pero la sinceridad y el rigor son cosas distintas, y en temas donde hay equipo, terreno y seguridad de por medio, confundirlas tiene costo.

Cómo se ve esto en la práctica

Estos son algunos de los patrones que conviene poder identificar — no por inquina hacia nadie, sino para leer mejor lo que circula cada día en el timeline:


  • El review de equipo sin marco técnico. "Estas botas son las mejores que he probado." Sin explicar contra qué se comparan, en qué uso, en qué condiciones, con qué horma, ni para qué tipo de actividad están pensadas. Una bota de aproximación, una de trekking ligero y una de alta montaña son tres herramientas distintas. Llamar "mejor" a una sin marco es vender ruido.



  • La crítica al precio sin lectura de lo que hay detrás. "No gastes en esa marca cara, esta hace lo mismo y cuesta tres veces menos." Sin distinguir membranas, gramajes, costuras, tipo de manufactura, durabilidad real, soporte de garantía, ni el I+D acumulado detrás de la pieza. La diferencia de precio en outdoor a veces sí es solo marketing. La mayoría de las veces no, y conviene saber por qué antes de descalificar.



  • El tutorial técnico sin formación. Videos enseñando a hacer un nudo, montar un anclaje, autoasegurarse en rapel, evaluar terreno de avalancha o leer una carta topográfica, grabados por personas sin certificación que aprendieron viendo a otros que tampoco la tenían. Los errores en estos temas no se corrigen con un comentario — se cobran en la montaña.



  • La cumbre subestimada. "Subí X en seis horas, no es para tanto." Sin mencionar la condición física construida durante años, la aclimatación previa, las condiciones del día, el equipo usado, el grupo con el que se iba. Para quien escucha y no tiene contexto, eso se vuelve un cálculo equivocado que termina en evacuación.



  • El servicio de guía sin formación de guía. Personas que cobran por llevar gente a una cumbre, a una pared, a una ruta de trail, sin certificación reconocida ni formación en evaluación de riesgo, primeros auxilios en zona remota, rescate o lectura de terreno. La responsabilidad sobre vidas ajenas no se compra con seguidores.



  • El consejo de seguridad como anécdota personal. "Yo nunca uso casco / cuerda / capa de emergencia, y nunca me ha pasado nada." No haberse accidentado no es una técnica. Es una racha.


Ninguno de estos formatos es ilegal ni inmoral en sí mismo. El problema no está en publicar — está en que la audiencia los lee como información técnica cuando son, en el mejor de los casos, opinión personal sin contexto, y en el peor, contenido optimizado para reacción.

Los perfiles que conviene distinguir

Una parte del problema es que solemos meter en la misma bolsa cosas que no son lo mismo. La comunidad — lectores, marcas, prensa — gana mucho cuando aprende a distinguir perfiles:

El atleta. Es atleta por su desempeño deportivo, no por su alcance digital. Puede tener redes por patrocinio o no tenerlas en absoluto. Su autoridad viene del campo: tiempos, ascensos, líneas abiertas, repeticiones. Muchos de los atletas más destacados no son influencers ni les interesa serlo.

El guía, el instructor, el técnico. Su autoridad viene de la formación certificada y de años de práctica con responsabilidad sobre vidas ajenas. En México y en el mundo, los guías de montaña con mayor experiencia frecuentemente no tienen presencia significativa en redes. No porque les falte algo, sino porque su trabajo no se hace para una cámara.

El tejedor de comunidad. No necesariamente destaca deportivamente, no necesariamente tiene millones de seguidores, pero crea espacios — talleres, eventos, encuentros, conversaciones — donde la comunidad efectivamente sucede. Su valor es relacional y cultural, y suele ser invisible para quien mide en métricas digitales.

El creador de contenido para terceros. Está todo el tiempo en las carreras, en los eventos, en la montaña, produciendo material que después usan marcas, medios y atletas. Mucha gente consume su trabajo sin saber quién lo hizo.

El influencer. Tiene audiencia propia, nicho sociodemográfico, capacidad de mover atención. Esa es su habilidad y es legítima. Lo que no es legítimo es confundir esa habilidad con autoridad técnica sobre temas que requieren conocimiento específico.

Estos perfiles no son excluyentes. Hay personas que combinan dos o tres. Pero es raro — muy raro — que alguien reúna a la vez una trayectoria técnica sólida, un currículo deportivo o profesional verificable, y las habilidades comunicativas para construir una audiencia masiva en redes. Cuando se da, hay que valorarlo. Cuando no se da, hay que reconocerlo.

El mercado ya tiene esta lógica

Hay una explicación sencilla que conviene poner sobre la mesa antes de pedir más responsabilidad a nadie: el mercado, cuando funciona, ya hace esta distinción. Las marcas con productos altamente técnicos — botas de alta montaña, pies de gato, capas técnicas, equipo de seguridad — tienden a buscar perfiles con autoridad real en el nicho, porque colocar ese producto requiere argumentos que se sostengan. Las marcas con productos menos específicos — un par de tenis casuales, una mochila urbana, una cámara, un micrófono, un suplemento, una bebida — pueden permitirse perfiles de mayor alcance pero menor especialización, porque su mensaje no necesita defenderse con experiencia técnica.

Por eso un influencer que hace escalada o montañismo, cuando llega a tener números altos en redes, suele terminar firmando campañas no para zapatos de escalada ni para botas técnicas, sino para productos masivos cuyo argumento no depende del deporte. No es accidente. Es la lógica del nicho funcionando como debe.

Dicho con claridad: el problema no es que un influencer no técnico haga campañas de productos no técnicos. Eso es legítimo y a menudo bien ejecutado. Construir una audiencia tiene su propio oficio y su propio valor, y quien lo hace bien merece el reconocimiento que ese trabajo implica. El problema aparece cuando ese mismo perfil — o quienes consumen su contenido — extienden la autoridad de la imagen a un territorio que requiere conocimiento específico. Cuando el video bonito sobre una experiencia se confunde con un consejo técnico sobre equipo, ruta o seguridad. Ahí está el desplazamiento que cuesta.

Esta nota, conviene aclararlo, no busca desprestigiar a nadie ni restar valor al trabajo de quien construye una audiencia con oficio. Busca, más bien, ayudar a ubicar el mensaje real de cada perfil según cómo está estructurada su comunicación. Habrá perfiles de gran alcance y baja especificidad. Habrá perfiles de alta especificidad y poca habilidad para sostener una figura pública en redes. Ambos existen, ambos son legítimos en lo suyo, y ninguno debería ser leído por fuera de su contexto.

La paradoja del experto en silencio

Una consecuencia poco discutida del modelo de atención actual es que premia exactamente al perfil contrario al del experto. Hacer un buen video, sostener una narrativa, aparecer atractivo en cámara, generar reacciones: nada de eso es lo que un buen guía o un buen diseñador de equipo dedica años a perfeccionar. Y el tiempo que toma volverse técnicamente competente — en cualquier disciplina seria — es tiempo que no se está invirtiendo en producir contenido.

El resultado es estructural: los que más saben suelen ser los que menos hablan en redes, y los que más hablan en redes suelen ser los que tienen menos que decir con sustento. No siempre, pero estadísticamente sí. Y el algoritmo no premia el matiz: premia el clic.

La responsabilidad que nos toca

Esta nota no es un llamado a censurar a nadie ni una nostalgia por algún supuesto pasado de pureza editorial. Es una invitación a leer mejor.

Al consumidor de redes: desmenuza el mensaje. Pregúntate desde dónde habla esa persona. Qué experiencia real tiene. Qué está vendiendo, directamente o indirectamente. Si su crítica a una marca o producto se sostiene en argumentos técnicos verificables o en una opinión personal disfrazada de autoridad. Si te está enseñando algo o solo te está pidiendo una reacción.

A las marcas: las decisiones de quién representa un producto en redes son decisiones editoriales, lo admitan o no. Las marcas técnicas que ya buscan perfiles con autoridad técnica están haciendo lo correcto — y la audiencia debería notarlo. Las marcas no técnicas que trabajan con perfiles de alcance están haciendo algo legítimo en otra cancha. El error aparece cuando se cruzan las canchas sin avisar: cuando un producto técnico se vende con un perfil que no lo sostiene, o cuando una opinión de alcance se disfraza de juicio técnico. Ahí elegir mal tiene costo, y no solo de imagen — tiene costo para la comunidad que confía en que la marca distinga.

A la prensa especializada — incluidos nosotros: la responsabilidad de nombrar lo que está pasando, de hacer las distinciones que el algoritmo borra, de dar visibilidad a quienes saben aunque no posteen.

A la comunidad outdoor mexicana y latinoamericana, que es a la que escribimos desde aquí: este fenómeno es global, pero la conversación tiene que pasar también en nuestro idioma y en nuestro contexto. No se trata de defender a las marcas grandes ni de atacar a las marcas accesibles. Se trata de no confundir alcance con conocimiento.

Tener seguidores es una métrica. La autoridad técnica es otra cosa. Confundirlas — y dejar que otros las confundan — es una decisión que se paga en la montaña.

Fuentes y referencias

  1. Publicación original recuperada del archivo de Freeman.la

Cómo citar

Raul Morales. "Tener seguidores no te hace autoridad técnica — el peligro de los influencers de aventura". Freeman, 16 de mayo de 2026. https://freeman.la/tener-seguidores-no-te-hace-autoridad-tecnica-el-peligro-de-los-influencers-de-aventura/