Mi Ritual del Caos - Viviendo la inauguración del mundial

Hoy salí a buscar clavos.

Imagen de portada de «Mi Ritual del Caos - Viviendo la inauguración del mundial».

Hoy salí a buscar clavos.

Clavos. Algo tan simple que da pena escribirlo. Fui al mercado, caminé Miguel Ángel de Quevedo, me metí por calles que todavía no me aprendo porque llevo una semana viviendo aquí. Encontré playeras de la selección en tres tallas y dos calidades. Máscaras de luchador con los colores de países que no podría ubicar en un mapa. Catrinas con uniforme futbolero, que es una frase que no esperaba escribir nunca. Lo que no encontré fue un clavo. Tuve que rendirme y entrar al súper, donde hay todo y siempre, a comprar unos tristes, simples y absurdos clavos.

Ese es el estado de la ciudad hoy, 11 de junio de 2026: puedes vestir a la muerte de delantero, pero no puedes colgar un cuadro.

Imagen del archivo de «Mi Ritual del Caos - Viviendo la inauguración del mundial».

A unos kilómetros de mi casa, México juega contra Sudáfrica en el partido inaugural del Mundial. Podría llegar caminando al estadio. No puedo. Nadie puede, en realidad, ni siquiera los que quieren. Hay un perímetro de seguridad de dos kilómetros alrededor del Coloso de Santa Úrsula, cierres viales desde las cero horas hasta el final del día, filtros con detectores de metales y códigos QR para que los vecinos demuestren que viven en su propia colonia. El Diario Oficial de la Federación publicó un decreto. Un decreto. Clases suspendidas en todos los niveles educativos y exhorto al país entero al teletrabajo. El Estado mexicano legisló para detener la vida cotidiana en favor de un partido de fútbol. Hasta el estadio dejó de llamarse como se llama: la FIFA lo rebautizó Estadio Ciudad de México, porque ni el nombre del templo sobrevive al patrocinio. Es la tercera inauguración mundialista que alberga (1970, 1986, 2026) y la primera en la que el Azteca no se llama Azteca.

Leí Los rituales del caos en la prepa. Llegó como llegaron todos los libros importantes de esa época: por mis maestros, por solicitud académica. En el mismo periodo, por las mismas vías, llegaron Carl Sagan, Marco Aurelio, la serie completa de Castaneda y un taller donde aprendí a meditar y a distinguir un dorje sin que nadie me dijera que eso era budismo tibetano. Nadie curó ese estante; se acumuló. Y en esa acumulación se me armó, sin permiso, una forma de mirar: Monsiváis explicando la multitud, Sagan explicando el cerebro que la necesita, Don Juan explicando lo que ninguno de los dos podía medir.

Imagen del archivo de «Mi Ritual del Caos - Viviendo la inauguración del mundial».

Sagan y Castaneda deberían ser enemigos. Sagan fue crítico feroz del new age y Castaneda hace una referencia directa a Sagan, sin nombrarlo, en las primeras páginas de El lado activo del infinito. Pero en mi cabeza nunca fueron opuestos. Son dos ángulos del mismo fenómeno: Sagan habla de la realidad con ciencia dura; Don Juan (porque Castaneda resulta irrelevante, casi un estorbo si le creemos que la historia es verdadera) habla de lo mismo con recursos milenarios, sin tecnología, sin instrumentos. No soy creyente de la explicación de Don Juan. Pero vivo desde una de sus nociones: la muerte a un paso de distancia. No la muerte como ente; la muerte como posibilidad permanente que obliga a poner atención, a vivir el día como si pudiera ser el último. Eso es Don Juan completo, y no contradice a Sagan en nada.

Sagan es, de hecho, quien mejor explica lo que está pasando hoy alrededor del estadio. Desde El cerebro de Broca hasta Miles de millones insiste en lo mismo: somos primates de tropa. La necesidad de pertenecer, de congregarnos, de pintarnos la cara con los colores del grupo, no es una falla del software: es la arquitectura. Opera por debajo de la razón incluso en quienes presumimos de racionales. Kahneman le puso nombre al mecanismo: el Sistema 1 decide a qué tribu perteneces mucho antes de que el Sistema 2 redacte la justificación. La irracionalidad no es la excepción de la conducta humana. Es el sistema operativo. Lo demás es interfaz.

Yo conocí esa irracionalidad de cerca y nunca pude entrar. En la secundaria, en Iztapalapa, durante el Mundial de Francia 98, un amigo al que le decían el Perro llevaba una televisión en la mochila. Una televisión. En la mochila. Veíamos los partidos en el salón y los maestros nos dejaban ser, porque el decreto de 2026 ya existía en 1998, solo que sin publicarse en el Diario Oficial. Yo jugaba fútbol, y mucho: cursos de verano en el club Chivas, años de fútbol de salón en la YMCA. Quería que México ganara. Veía a mis amigos gritar y llorar y abrazarse, y entendía la emoción como se entiende un idioma extranjero: reconocía las palabras, no me tocaban. Ya era el raro.

Imagen del archivo de «Mi Ritual del Caos - Viviendo la inauguración del mundial».

Al Azteca sí he entrado, pero nunca por el fútbol. Fui a ver al Papa con mi abuela. Fui a ver a Michael Jackson. Vi partidos de americano. En otro estadio fui a ver al Dalai Lama, que es quizá la frase que mejor resume mi historial como aficionado. La multitud siempre estuvo ahí y yo siempre estuve en ella sin ser de ella.

Galeano escribió Patas arriba para catalogar un mundo al revés, donde los valores caminan de cabeza y nadie lo nota porque el revés se volvió costumbre. Hoy su escuela del mundo al revés tiene sucursal en Coyoacán: una ciudad que decreta asueto nacional por un partido mientras hay colonias sin agua y sin luz; donde una habitación cerca del estadio cuesta cuarenta mil pesos por noche; donde la Concanaco promete una derrama de sesenta y cinco mil millones de pesos y Moody's calcula que todo el Mundial aportará 0.14 puntos al PIB. Las dos cifras se publicaron la misma semana. Las dos son verdaderas para alguien. La FIFA y la OMC estiman que el torneo moverá ochenta mil cien millones de dólares: si el Mundial fuera un país, estaría entre las ochenta economías más grandes del planeta, del tamaño de Uruguay. Un país temporal que hoy se instaló encima del mío y me cerró las calles.

No escribo esto desde la superioridad. No siento deseo alguno de estar en ese estadio, pero tampoco me creo mejor que los setenta mil que sí. Mi atención simplemente está en otra parte: en una mudanza de hace una semana, en quienes pienso más que en cualquier marcador. Y entiendo qué celebra una ciudad que se suspende a sí misma. Monsiváis me obligó a entenderlo a los dieciséis años. Celebra la supervivencia. Las ganas de existir, de trascender, de ganar. Por un instante la multitud olvida que hay muertos, fugas, baches, zonas enteras sin agua y sin luz. Por noventa minutos todos somos parte de lo mismo y hay esperanza: el gol de la selección es un rayo de luz que dice que las cosas pueden estar bien. En eso se basa Monsiváis. El caos no es la falla del sistema. El caos es el sistema, y el ritual es la forma en que la ciudad lo vuelve habitable.

Lo sé porque yo también tengo mi ritual del caos.

El muro donde escalo está cerrado hasta las cuatro de la tarde, después del partido inaugural. A las cuatro voy a ir. No sé qué esperar: tal vez esté vacío porque la ciudad entera sigue frente a la pantalla, y mi ritual se beneficie, por una tarde, del ritual de los demás. Ahí me voy a encontrar a Javier y a Quetza, a Pacha y a Andrés, Héctor y Gis, a Omar y a Zule, aunque no estén. Vamos a escalar sucios, enmagnesiados, y vamos a comer sudados, juntos, sin miedo al rechazo, porque en ese lugar el rechazo no existe. En el budismo que aprendí sin saber que era budismo, a eso se le llama sangha: la comunidad de práctica. Es una palabra que solo uso conmigo mismo, porque en mi círculo nadie la conoce y yo no soy practicante ni creyente. Pero la guardo porque nombra exactamente lo que me pasó cuando empecé a escalar: me sentí parte. Dejé de ser el raro, especialmente para mí mismo.

Imagen del archivo de «Mi Ritual del Caos - Viviendo la inauguración del mundial».

Eso es lo que celebran los setenta mil del estadio y los seis del muro. Lo mismo, a escalas distintas. Sagan tenía razón: la tropa no es opcional. Uno solo elige cuál.

Mi copia de Los rituales del caos no existe: la presté hace años y nunca regresó, cosa que me da gusto. Un libro que no vuelve es un libro que sigue trabajando. Hoy, mientras la ciudad ruge, voy a salir a comprar otra. Eso sí lo venden, espero. Clavos no, pero a Monsiváis sí.

Las fotos me las mandaron mi hermano y mi cuñada. Aún no sé cómo ir por ellos cuando salgan del estadio.

Imagen del archivo de «Mi Ritual del Caos - Viviendo la inauguración del mundial».

Fuentes y referencias

  1. Publicación original recuperada del archivo de Freeman.la

Cómo citar

Raul Morales. "Mi Ritual del Caos - Viviendo la inauguración del mundial". Freeman, 11 de junio de 2026. https://freeman.la/mi-ritual-del-caos-viviendo-la-inauguracion-del-mundial/