Cuando un montañista muere en México, el reflejo es casi siempre el mismo: murió haciendo lo que amaba, acompañado de un halo de beatificación que solo la muerte puede entregar. La frase consuela, pero también miente. Convierte la tragedia en estampa, al muerto en mártir, y a quienes quedan en custodios de una figura mística que ya no puede contradecirse. Héctor Ponce de León lo dijo sin adorno: "la muerte es una tragedia, nada de que murió haciendo lo que le gustaba y celebrar la figura mística en la que convertimos al muerto, la muerte es muerte y está de la chingada."
Esa incomodidad, la de mirar la muerte sin mito, es el primer síntoma de algo que en México casi no existe: cultura de montaña. Y la pregunta no es retórica ni cínica. Es literal. ¿Para qué sirve tener cultura de montaña? La respuesta es lo que busca articular este texto.
Lo que es y lo que no es cultura de montaña
Tener actividad de montaña no es tener cultura de montaña. Lo primero es que haya gente subiendo, escalando, guiando, vendiendo equipo, llenando cupos en grupos de fin de semana. Lo segundo es otra cosa: memoria, transmisión, validación, corrección, valores compartidos, representación artística, comunidad integrada. Cultura de montaña es que el conocimiento se acumule y se depure, que los errores se nombren y enseñen, que existan medios formales para construir y poner a prueba lo que sabemos, que haya memoria. En México hay mucho de lo primero y casi nada de lo segundo. Tenemos un medio que comercializa sin supervisión, que supervisa sin saber, que sabe sin compartir, que comparte sin sentir.
La diferencia se ve cuando uno mira hacia afuera. Por ejemplo, Montañismo, la libertad de las cimas no es solo un libro de referencia, es un símbolo. The Mountaineers lo publica desde 1960, lleva decenas de ediciones, y generaciones enteras nacieron, crecieron y se formaron ante lo que ahí se recopila, se transmite, se valida, se corrige y se vuelve a publicar. No es la obra de un héroe. Es la obra de una comunidad que decidió que su conocimiento valía más que cualquiera de sus individuos. Esa es la prueba de que la cultura se construye, no se hereda por tener montañas.

La prueba de los muertos que no aprendemos
Cada enero y febrero, sin falta, las montañas mexicanas cobran vidas. Sobre todo en el Nevado de Toluca y el Iztaccíhuatl. Sobre todo gente perdida, caídas, y en casos extraordinarios hipotermia. El cierre del acceso al Nevado de Toluca, la montaña más visitada, redujo la cifra, pero el Socorro Alpino sigue reportando extraviados cada temporada. Año con año. Las mismas montañas, las mismas causas, las mismas semanas del calendario. Incluso el Popo se ha cobrado sus sacrificios, y eso que está cerrado al montañismo desde hace más de treinta años.
La cultura de montaña tomaría esa repetición como lo que es: un patrón documentable, analizable, corregible. Produciría reportes, los discutiría, ajustaría protocolos, enseñaría las lecciones. En México el patrón simplemente vuelve a ocurrir, idéntico, como si cada muerte fuera la primera y la última. No hay sistematización porque no hay quién la haga, ni medio que la exija, ni institución que la sostenga. La repetición no enseña nada porque nadie la registra como repetición.
¿Qué perito analizará la causa del cliente muerto por una hipotermia completamente evitable? ¿Qué cambios habrá en la forma de hacer las cosas por parte de guías, montañistas, autoridades y opinión de la comunidad?
Entre 2020 y 2024 produje a distancia, desde México, las transmisiones en vivo de Andes Consciente, un programa apoyado por Patagonia sobre seguridad en las montañas para toda Latinoamérica. Cada episodio analizaba un caso real con expertos certificados y derivaba en recomendaciones. En la preproducción de uno de ellos, minutos antes de salir al aire, escuché a los panelistas describir el accidente que iban a analizar y reconocí el caso: era el de un mexicano. Les pedí moderar el tono para no ofender a quienes se conectaran desde aquí. Lo hicieron bien. Pero con los años entendí que mi prudencia había limitado el alcance didáctico de ese episodio. Protegí una susceptibilidad y, al hacerlo, le resté a la lección. Aprendí que de las cosas hay que hablar racionalmente y de frente, porque lo contrario, por bienintencionado que sea, es otra forma de la misma omisión que critico.

Los héroes que inventamos
El otro síntoma es lo que celebramos. México aplaude el nacionalismo sin análisis, la memoria selectiva que mitifica al héroe , la idealización del logro, el récord y la rosca de reyes más grande del mundo con tal de encontrar un poco de significado. Es ahí donde el turista se puede volver el mejor alpinista histórico a los ojos del público aplaudidor, donde ningún error puede ser analizado, donde el que sí sabe prefiere guardárselo para no cargar con el peso de mil voces escupiendo para arriba.
La línea entre montañista y turista de montaña está en la autonomía. Si dependes de que alguien te marque la ruta, ejecute las maniobras técnicas, decida el momento de subir, determine qué llevar, qué comer, cómo ponerte los crampones y hasta cómo entrenar, entonces accedes a la montaña pagando por el acceso: eres turista. Si tienes la técnica, el conocimiento y la capacidad de tomar tus propias decisiones con seguridad, eres montañista. No es un juicio de valor sobre las personas. Es una descripción del estilo. El turismo de montaña es legítimo. Lo que no es legítimo es confundirlo con alpinismo y celebrarlo como hazaña deportiva nacional.
Alberto Iñurrategi, que completó los catorce ochomiles sin oxígeno suplementario y perdió a su hermano Félix en el descenso del Gasherbrum II, dejó escrita en Hire Himalaya la frase que desarma todo el culto a la cima: "libérame cumbre de creer que llegué a lo más alto." Esa es la voz de una tradición que se interroga. Frente a ella, México tiende a celebrar lo contrario: el récord como cifra, no el estilo como mérito. Hay colecciones de cumbres completadas con oxígeno suplementario, soporte expedicionario total y financiamiento de patrocinadores, sin respaldo del deporte nacional ni equipo base propio, que se coronan como gloria del alpinismo mexicano. La pregunta incómoda no es si el logro existe, sino qué tipo de logro es, y por qué nadie con micrófono se atreve a hacer la distinción.
Porque eso es lo revelador: la distinción existe, pero vive en la distancia silenciosa de quienes sí tienen criterio. Está en la sobriedad de los alpinistas mexicanos de carrera real, en la crítica de los pocos que conocen el Himalaya de primera mano, en la distancia institucional con que las federaciones y clubes serios tratan a estos turistas de altura. El conocimiento está. Lo que falta es el canal para que ese conocimiento se vuelva cultura compartida en vez de murmullo de expertos.

El país en la montaña
La montaña no es una excepción dentro de México: es su espejo. La necesidad exacerbada de celebración sin cimentación previa, los héroes por encima de las personas, los símbolos por encima del agua potable, no son patologías del montañismo. Son patologías nacionales que el montañismo reproduce. Se ven en el futbol, donde la fe sin estructura nos tiene celebrando el "y si sí" como si una copa fuera la prioridad mayor en la vida pública. Se ven en el gobierno, donde el monumento llega antes que el drenaje y el discurso antes que la obra, donde la protección al compromiso comercial con la FIFA llega antes que la protección a la víctima que se manifiesta reclamando sus derechos básicos. Monsiváis pasó una vida documentando esta relación mexicana con el ídolo, la necesidad de la figura sacralizada que sustituye a la institución ausente. La montaña no inventó nada. Solo heredó el carácter.
Por eso esto es, al mismo tiempo, crítica a la cultura y crítica a su eco en el gremio. No somos víctimas inocentes de la idiosincrasia nacional. La encarnamos. Cada vez que un medio de montaña prefiere el boletín halagador al análisis incómodo, cada vez que se celebra una cifra sin examinar el estilo, cada vez que se mitifica a un muerto en vez de aprender de su muerte, el gremio reproduce la misma enfermedad del país que lo contiene.
La falta de instituciones
Sin cultura de montaña no hay instituciones que la sostengan, y sin instituciones el conocimiento no trasciende a las personas que lo cargan. Los cambios no ocurren en asociaciones y federaciones porque lo que se necesita cambiar queda en formato chisme de WhatsApp y no en decisiones. Porque quienes se atreven a intentar algo lo hacen desde un gran corazón y con la preparación que la vida les dio, no la que el puesto exige. Y porque toda organización con tintes políticos en México deja campo abierto para que se chupen recursos indefinidamente, hasta que la estructura termina al servicio de un individuo en vez de su comunidad. Cuando una institución depende de quién la controla y no de las reglas que la sostienen, esa institución es la prueba viva del problema: dependemos de personas, no de estructuras.
Las excepciones existen y demuestran que es posible. El CEMAC, el CAM, las asociaciones de la UNAM y el Politécnico, entre otras han sostenido, con altibajos, algo parecido a la transmisión formal de conocimiento. La misma Federación Mexicana de Deportes de Montaña y Escalada, una de las federaciones deportivas más antiguas del país, tuvo que ser rescatada del abuso. Sí hay evidencia de que la cultura de montaña en México no es imposible. Solo es escasa, frágil y casi siempre dependiente de la voluntad de unos cuantos.
Yo tampoco he logrado construir una organización que me trascienda. Si pierdo la capacidad o la motivación de escribir, Freeman deja de existir, y ya ha pasado en alguna medida. Es la misma enfermedad que diagnostico: dependemos de individuos, no de estructuras. Confundimos la voz con la institución. El que escribe esto no está fuera del problema; está describiéndolo desde adentro.

Para qué, entonces
Para tener memoria. Para transmitir conocimiento y poder corregirlo. Para que el patrón de muertes de enero y febrero deje de repetirse idéntico cada año. Para mirar la muerte de frente y llamarla por su nombre, sin la anestesia del "murió haciendo lo que amaba, el ángel que nos cuidará ahora desde el cielo." Para distinguir al montañista del turista sin que sea un insulto, solo una descripción honesta. Para priorizar los valores por encima del logro, la cumbre, la foto o el romance con nuestra propia imagen. Para dejar de necesitar héroes y empezar a construir estructuras. Para que haya rendición de cuentas y menos accidentes.
Iñurrategi pedía que la cumbre lo liberara de creer que había llegado a lo más alto. Es la humildad de quien entendió que la cima no es el fin mayor. Nosotros necesitamos algo más modesto y más urgente: dejar de confundir la celebración con el conocimiento, el símbolo con la institución, al héroe con la persona. Solo entonces tendremos algo que merezca llamarse cultura de montaña. Y solo entonces la pregunta del título dejará de tener una respuesta tan incómoda.
Fuentes y referencias
Cómo citar
Raul Morales. "Cultura de montaña, ¿para qué?". Freeman, 26 de junio de 2026. https://freeman.la/cultura-de-montana-para-que/
