El glaciar que se murió mientras lo mirábamos

La invitación me llegó el 21 de abril de 2021, un día antes. Me la hizo Anel Pérez Martínez, entonces directora de Literatura y Fomento a la Lectura de la UNAM. La conozco a través de Héctor Ponce de León, alpinista histórico, amigo excepcional, y una de las voces más serias del montañismo mexicano. Lo que me dijo era simple: al día siguiente, Día de la Tierra, un equipo de la UNAM iba a colocar una placa de acero en lo que quedaba del glaciar de Ayoloco, en la panza del Iztaccíhuatl, para

Imagen de portada de «El glaciar que se murió mientras lo mirábamos».

Crónica del día en que la UNAM declaró extinto al Ayoloco, a la luz de un estudio reciente que pone fecha de muerte a cada uno de los 215 mil glaciares del planeta.


La invitación me llegó el 21 de abril de 2021, un día antes. Me la hizo Anel Pérez Martínez, entonces directora de Literatura y Fomento a la Lectura de la UNAM. La conozco a través de Héctor Ponce de León, alpinista histórico, amigo excepcional, y una de las voces más serias del montañismo mexicano. Lo que me dijo era simple: al día siguiente, Día de la Tierra, un equipo de la UNAM iba a colocar una placa de acero en lo que quedaba del glaciar de Ayoloco, en la panza del Iztaccíhuatl, para declararlo oficialmente extinto. ¿Quería ir?

Dije que sí sin saber bien lo que estaba aceptando. Pasé la noche revisando equipo. A la mañana siguiente conduje hasta La Joyita y empecé a caminar hacia el refugio Otis McAllister, casi al final del grupo. La placa iría 200 metros más arriba del refugio, a 4 mil 626 metros.

Era un grupo pequeño. Cerrado. Autoridades del Parque Nacional Izta-Popo, científicos de la UNAM, un par de alpinistas, alguien de prensa. Yo era de los últimos en llegar. Me alcanzó un guía que iba bajando para asegurarse de que nadie se quedara solo: un hombre chaparrito, bonachón, de buena onda. Me preguntó si llevaba todo el equipo. Le dije que sí, que soy autónomo en montaña, para que no se preocupara y viera por otras personas. Empezamos a platicar. La conversación fluyó rápido, como pasa a veces en altura cuando hay química real entre dos personas. Solo después, ya cerca del lugar, alguien lo llamó por su nombre y entendí con quién había estado caminando: Guillermo Ontiveros González, doctor en Ciencias de la Tierra, glaciólogo, montañista, uno de los investigadores que más ha estudiado los glaciares mexicanos y coautor, junto a Hugo Delgado Granados, de los papers científicos que documentaron, durante años, el agonía técnica del cuerpo de hielo al que esa mañana le íbamos a poner una placa.

Memo no se presentó como autoridad. Se presentó como compañero de caminata. Eso, en el contexto, fue lo primero que me marcó del día.

Imagen del archivo de «El glaciar que se murió mientras lo mirábamos».

La placa

El clima era extrañamente templado. Doce, catorce grados, tal vez un poco más. Poco viento. El sol pegaba directo sobre la roca expuesta donde antes había kilómetros cuadrados de hielo. No había frío de glaciar. No había, de hecho, glaciar.

La ceremonia fue breve. Hablaron representantes de la UNAM, y del Parque. Habló Hugo Delgado Granados, vulcanólogo del Instituto de Geofísica, quien lleva cuatro décadas documentando el retroceso de los glaciares en México. Habló Anel. Hubo un minuto de silencio. No hubo lágrimas visibles, pero sí algo más difícil de nombrar: la sensación física de estar siendo testigos de algo que no debería estar ocurriendo y que, sin embargo, ya había ocurrido.

La placa se descubrió. Es de acero. Lleva un texto que leí entonces y que sigo leyendo:

A las generaciones futuras: Aquí existió el glaciar Ayoloco y retrocedió hasta desaparecer en 2018. En las próximas décadas los glaciares mexicanos desaparecerán irremediablemente. Esta placa es para dejar constancia de que sabíamos lo que estaba sucediendo y lo que era necesario hacer. Sólo ustedes sabrán si lo hicimos.

Anel la llamó, en una entrevista que dio ese mismo día, "la placa del deshonre". Es un texto que viene de Andri Snær Magnason, escritor islandés, y que ya había sido grabado dos años antes en otra placa, en otro continente, sobre los restos de otro glaciar muerto. En agosto de 2019, sobre el cono volcánico del Okjökull en Islandia, científicos y antropólogos celebraron el primer funeral glaciar del mundo. Cymene Howe y Dominic Boyer, antropólogos de Rice University, lo organizaron. La placa decía esencialmente lo mismo: we know what is happening and what needs to be done. Only you will know if we did it.

Cuando se colocó la del Ayoloco, era apenas la tercera placa de este tipo en el planeta. La primera había sido para Okjökull. La segunda para el Pizol, en Suiza, un mes después. La tercera fue la nuestra. Después vendrían otras, Clark en Oregon, Basodino en Suiza, Yala en Nepal en mayo de 2025, pero el Ayoloco fue el tercero. México, sin saberlo del todo, había entrado en una genealogía planetaria de duelo glaciar.

Después del minuto de silencio cada quien empezó a bajar por su cuenta. La mayoría iba lento, no todos eran montañistas, y yo decidí desviarme, perderme un rato entre las rocas para tomar fotos del grupo desde la distancia. Es el tipo de cosa que uno hace cuando necesita procesar algo en privado. La montaña permite eso. A veces lo exige.

Imagen del archivo de «El glaciar que se murió mientras lo mirábamos».

El balón en el hielo

Lo que esa mañana me golpeó no fue solo lo que ya no estaba. Fue lo que yo recordaba que sí estuvo.

Empecé a hacer montañismo en 1999, a los 16 años. En el año 2000, con un grupo de amigos de la prepa, guiados por Manuel Mijares (nada que ver con el cantante) subí por primera vez al Iztaccíhuatl. Cuando atravesamos la panza, que era literalmente la panza del Iztá, el plano horizontal entre las rodillas y el pecho de la mujer dormida, el glaciar de Ayoloco era todavía un campo plano de hielo continuo. No había bajada ni subida. Lo cruzabas sin sentir el cambio de altura. Solo cuidabas no resbalarte y vigilabas las grietas, algunas de varios metros de profundidad, capaces de tragarse a una persona entera.

Uno de mis amigos, creo que fue Alfredo, sacó un balón de fútbol y se puso a patearlo. En el hielo. A 5 mil 100 metros de altura. La ridícula imagen de adolescentes mexicanos jugando con un balón en medio de un glaciar tropical es una de las cosas que llevo conmigo cuando pienso en lo que significa la palabra "antes".

Ese mismo año, o tal vez al siguiente, bajé desde la cumbre del Izta por la ruta de Ayoloco. El glaciar se había convertido, en mi memoria, en un sistema de cavernas y: paredes de hielo enormes, pasajes por donde podías meterte y perderte como en un laberinto azul. Tenía 17 años. No entendía que estaba viendo algo finito. Pensaba, pensábamos todos, supongo, que esto siempre estaría aquí.

La última vez que pisé hielo en el Ayoloco fue hace tres años, antes de la cumbre. Todavía había hielo, poquito. Lo que me explicó Memo aquel día de la placa, y que después de muchos viajes a la montaña terminé entendiendo en cuerpo, es que tener hielo no es lo mismo que tener glaciar. Un glaciar es un cuerpo de hielo profundo, dinámico, con flujo, con espesor suficiente para considerarse vivo. Lo que queda en el Iztaccíhuatl hoy son láminas residuales de menos de un metro. Hielo, sí. Glaciar, no. La distinción no es académica: es la diferencia entre un cuerpo y un cadáver.

Imagen del archivo de «El glaciar que se murió mientras lo mirábamos».

La línea de equilibrio se movió

La explicación técnica de por qué ya no hay glaciar en el Iztaccíhuatl, ni lo habrá, cabe en una frase: la montaña se quedó por debajo de la línea de equilibrio.

La línea de equilibrio es la altitud sobre la cual la nieve que cae se conserva más allá del verano y se compacta año tras año en hielo. Por debajo de esa línea, lo que cae se derrite. Es la frontera entre acumulación y pérdida. En México, esa línea ya está por encima de los 5 mil 300 metros. El Iztaccíhuatl alcanza apenas 5 mil 240. Toda la montaña quedó debajo de la frontera climática. No hay zona en la cumbre donde la nieve pueda durar.

El Popocatépetl, además del calentamiento global, perdió sus glaciares por la actividad eruptiva que se reactivó en 1994. Hoy no le queda nada. El Pico de Orizaba conserva el último glaciar vivo de México, el Jamapa, en la cara norte, pero también está en franco retroceso: perdió 20% de su tamaño en los últimos cinco años, según mediciones de Hugo Delgado y de Víctor Soto del Centro de Ciencias de la Tierra de la Universidad Veracruzana. El propio volcán parece estar despertando, lo que aceleraría aún más la pérdida.

Hace 60 años, México tenía 23 glaciares: 11 en el Iztaccíhuatl, 3 en el Popocatépetl y 9 en el Pico de Orizaba. Hoy queda uno. Si alguien quiere saber cómo se veía el hielo mexicano tendrá que recurrir a los archivos de montañistas de ya varias generaciones pasadas.

Imagen del archivo de «El glaciar que se murió mientras lo mirábamos».

Lo que dice el reporte

El 15 de diciembre de 2025, ocho meses antes de que escribo estas líneas, la revista Nature Climate Change publicó un estudio firmado por Lander Van Tricht y diez coautores de ETH Zurich, Vrije Universiteit Brussel, Universidad de Innsbruck, Carnegie Mellon, Universidad de Bristol y otras instituciones. Se titula Peak glacier extinction in the mid-twenty-first century. Es una comunicación breve, cuatro páginas, pero hizo lo que ningún estudio anterior había hecho: calcular, glaciar por glaciar, cuándo va a morir cada uno de los más de 215 mil glaciares inventariados del planeta.

Hasta ahora, la glaciología hablaba en masa y en superficie. Cuántas gigatoneladas de hielo se pierden por año. Cuántos kilómetros cuadrados se reducen. Son métricas útiles, pero abstractas. Lo que Van Tricht y su equipo introducen es un concepto nuevo: el pico de extinción glaciar, el año en que la mayor cantidad de glaciares desaparece simultáneamente. Y le ponen fecha. Y le ponen nombre a cada cuerpo perdido.

Las cifras, en orden:

  • Hoy desaparecen unos 750 a 850 glaciares por año en el mundo.
  • El pico global ocurrirá entre 2041 y 2055.
  • Si el calentamiento se limita a +1.5 °C —la meta del Acuerdo de París que el mundo ya está rebasando—, el pico será de unos 2 mil glaciares por año, alrededor de 2041.
  • Con +2.7 °C , la trayectoria que las políticas climáticas reales del mundo siguen actualmente, serán unos 3 mil por año.
  • Con +4.0 °C, hasta 4 mil por año hacia mediados de la década de 2050.

Para dimensionar: perder 3 mil glaciares en un año equivale a perder, en doce meses, todos los glaciares de los Alpes. La tasa pico es entre tres y cinco veces superior a la actual.

Para América Latina, la lectura es áspera. La región que el paper llama "Bajas Latitudes", Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y México, es de las más expuestas. El 19% de los glaciares de esta región ya había desaparecido entre el año 2000 y 2025, según los modelos. Más del 50% del resto desaparecerá en las próximas dos décadas. El pico regional será antes de 2040. Es decir: nosotros somos donde el calendario corre primero.

Entre el 99% de los glaciares tropicales del mundo está en los Andes y en México. El 71% en Perú. El 20% en Bolivia. Los demás repartidos entre Ecuador, Colombia, Venezuela y México. Se están derritiendo, según un informe de la Iniciativa Internacional sobre el Clima en la Criosfera presentado en la COP29, diez veces más rápido que el promedio global, y ya son más pequeños que en cualquier momento desde hace 11 mil 700 años. Vivos hace 11 milenios; agonizando hoy.

México llegó primero al borde. El Ayoloco fue avisador, no caso aislado.

Imagen del archivo de «El glaciar que se murió mientras lo mirábamos».

Lo que se ve cuando se sube

Hay algo que solo se entiende caminando.

Yo subí por primera vez al Pico de Orizaba en 2003. En ese entonces, el hielo empezaba prácticamente desde el refugio de Piedra Grande, no el glaciar, pero sí el hielo. Caminabas y casi de inmediato empezabas a sentir crujido bajo los crampones. Hoy hay que subir muchísimo más para encontrarlo. El Jamapa, que aún se considera glaciar vivo, está retraído, compactado y se ha vuelto técnicamente más peligroso. El hielo, al adelgazar y al exponer roca, cambia de comportamiento. Se vuelve traicionero.

El Nevado de Toluca, donde nunca alcancé a ver hielo permanente porque ya no había, sí lo conocí completamente nevado en invierno. La Malinche y el Cofre de Perote lo mismo. Hace décadas que no tienen glaciar. Pero hasta hace pocos años todavía se subía sobre tierra congelada, ese suelo duro, casi metálico, que se forma cuando el agua intersticial cristaliza. Hoy la tierra congelada también es excepción. Lo que pisas casi siempre son lajas y arenales.

La panza del Iztaccíhuatl es el ejemplo más claro de cómo cambia una ruta. Antes era un campo plano. La cruzabas en línea recta, sin perder ni ganar altura significativa, a veces incluso sin crampones si el hielo estaba duro y plano (y eso es lo que me tocó a mí, que tengo 42, pero pregúntale a un montañista más añejo y te contará otra historia). Hoy hay un descenso pronunciado seguido de una subida. Lo plano se hundió. La forma misma de la montaña cambió. Donde había kilómetros cuadrados de hielo continuo ahora hay una depresión de roca expuesta y, en los bordes, parches residuales que requieren crampones para no resbalar. Algunos pasajes ya se hacen con cuerda y anclajes.

Esto que estoy describiendo es transformación geológica. Geológica. La palabra normalmente implica escalas de millones de años. Lo que vemos los montañistas mexicanos es transformación geológica en escala de una vida humana. En mis veintitantos años de subir montañas, alcanzo a ver, en mi propio cuerpo y en mi propia memoria, cómo cambia una montaña a nivel geológico.

Geológico.

Eso es brutal. No conozco otra palabra que ajuste mejor.

El privilegio de ver

Aquí es donde nos preguntamos qué podemos hacer. Personalmente no soy optimista, pero tú puedes serlo.

Vivimos, casi todos, en ciudades. La ciudad es un entorno totalmente intervenido, donde la naturaleza aparece domesticada, mediada, filtrada. En la ciudad uno no nota que algo está cambiando porque el entorno mismo está diseñado para no cambiar visiblemente: las calles son las mismas, los parques son los mismos, las cosas se reemplazan cuando se rompen. El cambio climático ahí se intuye en titulares, en olas de calor, en lluvias raras, pero no se ve. El paradigma cotidiano de la vida urbana es la ilusión de estabilidad.

La comunidad outdoor, los montañistas, los escaladores, los senderistas, los corredores de trail, los que pasan días o semanas en territorios de difícil acceso, tenemos un privilegio raro: vemos lo que otros no ven en persona. Volvemos a los mismos lugares. Comparamos. Recordamos. Documentamos. Sabemos cómo era el glaciar de Ayoloco hace veinte años porque lo cruzamos. Sabemos cómo era el Jamapa antes de que se volviera peligroso porque lo escalamos. Sabemos qué tipo de tierra había debajo de cierto refugio porque dormimos ahí.

Ese privilegio implica una responsabilidad. Y aquí es donde Memo Ontiveros, en su entrevista del día de la placa, dijo algo que sigo pensando:

Esto es irreversible. No los vamos a recuperar. Pero no podemos permitir que su desaparición pase desapercibida. Tenemos que hacer algo, porque así como están los glaciares, siguen muchos otros sistemas naturales que todavía pueden ser rescatables.

La invitación no es al activismo climático genérico. Hay otros mejor calificados que nosotros para liderar esa lucha en el terreno político y científico. La invitación es más específica: es a que la documentación que hace nuestra comunidad, fotos, videos, notas, testimonios, mapas, bitácoras, deje de ser puramente celebratoria. Está bien posar y sacar el biceps si quieres, pero hay algo que puedes hacer con ello más allá de esperar likes.

La selfie en cumbre es una forma de documentación. Pero hay otra forma, que solo nosotros podemos hacer porque solo nosotros estamos ahí con la frecuencia suficiente. Es la documentación comparativa. La foto del mismo punto cada año. La nota técnica sobre cómo cambió una ruta. La bitácora que registra lo que ya no está. El video que pone una grieta de 2010 al lado de la misma grieta hoy. Esa documentación es evidencia. Y en un país y en una región del mundo donde las instituciones científicas están subfinanciadas y la cobertura mediática del cambio climático sigue siendo intermitente, esa evidencia ciudadana, esa evidencia de cuerpo, de pisadas, de memoria, vale.

No estoy hablando de hacer ciencia. Estoy hablando de hacer testimonio. Y el testimonio, cuando se acumula y se comparte, se vuelve registro histórico. No es casualidad que hoy los registros en video del CEMAC, registros en blanco y negro de hace casi cien años, son parte de archivos históricos.

Tu registro también es parte de la historia que narramos quienes pasamos por ahí.

Imagen del archivo de «El glaciar que se murió mientras lo mirábamos».

El agua

Un mes después de la placa del Ayoloco, en otra entrevista, Memo Ontiveros dijo algo que vuelve a mi cabeza con insistencia:

El agua es el único compuesto que existe en el planeta Tierra tanto en estado líquido como sólido y gaseoso a temperaturas ambiente. Por lo tanto, es muy frágil. Cuando la temperatura aumenta un poquito, se comienza a derretir.

Esa fragilidad, que todo el sistema de la criosfera dependa de unos pocos grados de margen, es lo que hace que los glaciares sean los primeros en irse. Los glaciares tropicales, como los nuestros, son los más frágiles de todos. México tuvo 23. Le queda uno. El Ayoloco, donde un día mi cuate Alfredo jugó con un balón sobre el hielo, hoy es una pendiente de roca con una placa de acero que dice que sabíamos lo que iba a pasar.

El estudio de Van Tricht termina con una idea precisa: el pico de extinción glaciar no está decidido. Su tamaño y su fecha dependen de lo que se haga, o no se haga, en los próximos años. La curva del 2041 con dos mil glaciares por año todavía es alcanzable. La del 2055 con cuatro mil no es destino, es resultado.

Pero más allá de las curvas, hay algo que no admite escenario alterno: muchos glaciares ya se fueron. El Ayoloco se fue. Y la pregunta que la placa dirige a las generaciones futuras, solo ustedes sabrán si lo hicimos es, por el lado del montañista mexicano que sube cada año a las mismas montañas, una pregunta que también nos hacemos a nosotros mismos. No solo si actuamos. También si supimos contar lo que vimos, o si solo subimos por la foto pa'l Insta.

Esa parte sí depende, todavía, de nosotros.


Fuentes y referencias

Van Tricht, L., Zekollari, H., Huss, M. et al. "Peak glacier extinction in the mid-twenty-first century". Nature Climate Change 16, 143–147 (2026). DOI: 10.1038/s41558-025-02513-9. Publicado el 15 de diciembre de 2025.

Schuster, L., Maussion, F., Rounce, D. R. et al. "Irreversible glacier change and trough water for centuries after overshooting 1.5 °C". Nature Climate Change (2025). DOI: 10.1038/s41558-025-02318-w.

Entrevista con Guillermo Ontiveros González, Iztaccíhuatl, 22 de abril de 2021.

Ontiveros-González, G., Delgado-Granados, H. & Cortés-Ramos, J. Trabajos publicados sobre el retroceso del glaciar de Ayoloco (Iztaccíhuatl).

UNAM. Acto de colocación de placa conmemorativa del glaciar de Ayoloco. Coordenadas: 19° 10? 5.45? N, 98° 38? 49.78? O, a 4 626 msnm, costado poniente del Iztaccíhuatl. Día Internacional de la Tierra, 22 de abril de 2021.

ICIMOD / Boyer, D. & Howe, C. "Global Glacier Casualty List".

Fuentes y referencias

  1. Publicación original recuperada del archivo de Freeman.la

Cómo citar

Raul Morales. "El glaciar que se murió mientras lo mirábamos". Freeman, 30 de abril de 2026. https://freeman.la/el-glaciar-que-se-murio-mientras-lo-mirabamos/