Esta crónica se reconstruye a partir de los mensajes de voz que Ricardo Segreste envió a Freeman desde su regreso de Alaska. Las citas entrecomilladas son suyas, transcritas de esos audios.
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A pocos metros de la cima más alta y más al norte del continente había una casa de campaña. Adentro, chocolate caliente al fuego. Afuera, el sol de medianoche colgado del horizonte, ese atardecer que en junio caía a las doce y media y devolvía la luz tres horas después. Ricardo Segreste llevaba ahí arriba dos noches cuando vio salir a dos siluetas de la arista de la Cassin. Venían lentas, mucho más tarde de lo previsto. Las conocía. Llevaba días esperándolas.
Eran Max y Santi, los otros dos mexicanos de esta historia. Pero para entender por qué Ricardo los esperaba en la cumbre del Denali, con casa montada y comida caliente, hay que bajar hasta el principio.
Empezó con Wilfredo Sarmiento, salvadoreño afincado en Seattle. Era la quinta expedición de Ricardo al Denali, cinco temporadas seguidas en la montaña, y de las cinco esta fue la peor. "Ha sido el de peor clima", cuenta. "Y muy frío, sobre todo qué frío hizo esta temporada, más de lo normal." La montaña lo recibió cerrada: tres días esperando en Talkeetna a que el avión pudiera volar al campamento base. Cuando por fin volaron, el aparato entró un poco a la cordillera, se topó con nubes, no pudo seguir y tuvo que regresar a Talkeetna. Nunca le había pasado. Aterrizaron, esperaron una hora, volvieron a despegar. En el segundo intento el avión sí tocó el campamento base.
Aun con el clima en contra, los primeros días avanzaron limpio: un campamento por jornada, uno, dos, tres. Del tres portearon al cuatro y regresaron a dormir al tres. Después la montaña los detuvo cinco días seguidos. Cuando abrió, se movieron al campamento cuatro, descansaron, portearon al cinco y bajaron de nuevo al cuatro. Desde ahí vieron asomarse en los pronósticos una ventana de buen clima, la primera de verdad en toda la expedición.
La temporada venía retrasada. En el campamento cuatro eran pocos, seis grupos a lo mucho ocho, y los contados que ya habían hecho cumbre habían salido desde ahí mismo. Cuando Ricardo y Will subieron al cinco a acampar, fueron los primeros de la temporada en pasar la noche en ese campamento.
Al día siguiente salieron rumbo a la cima. No había huella: habían subido tan pocos que la ruta estaba virgen de pisadas. Ricardo abrió huella. Se sabe la ruta, la ha subido varias veces, y le tocó ir adelante marcando el camino. El clima por fin acompañó. Fue su primer día de buen tiempo en toda la expedición, tanto que en los tramos sin viento hasta sintieron calor en la parte alta. Pero bastaba una racha mínima para que todo volviera a quedar gélido.
Hicieron cumbre el 26 de mayo. Will fue la quinta persona en tocar la cima esa temporada; Ricardo, la sexta.
Will iba solo por la cumbre normal. Tiene familia, esposa, tres hijos, un buen trabajo, y quería bajar y volar de regreso cuanto antes. Lo habían hablado de antemano. Así que bajaron del cuatro al base de un jalón, siete horas, el mejor tiempo que Ricardo había hecho en ese tramo. Acompañó a Will hasta abajo, lo dejó en su vuelo de salida y al día siguiente subió de nuevo, ligero, de un solo jalón del base al campamento cuatro. Sus cosas ya estaban arriba. Ahí acampó al lado de Max y Santi.
Antes de seguir, una cosa que pasó en esos días y que conviene no pasar por alto.
En el campamento cinco, de bajada, Ricardo se encontró con un grupo de Letonia que apenas estaba acampando. Tenían un problema: uno de ellos con edema pulmonar, a punto de ser evacuado. Al día siguiente el líder del grupo se acercó a preguntarle por la ruta. Cómo estaba arriba, qué consejos tenía. Ricardo le dijo todo lo que pudo, y entre esas cosas le insistió en que tuvieran mucho cuidado en la Autobahn y en la cresta summital.
Al día siguiente el grupo intentó cumbre. De bajada, en la Autobahn, una larga diagonal que cruza una ladera tan empinada que es casi pared, asegurada con estacas de anclaje cada cierta distancia, una cordada de cuatro resbaló y cayó. De esos cuatro, tres murieron. El cuarto quedó herido muy grave y fue evacuado. Para entonces Ricardo y Will ya habían bajado al campamento cuatro.
De acuerdo con Desnivel, el accidente ocurrió el 28 de mayo en las inmediaciones del Denali Pass, a unos 5.550 metros de altitud, cuando cuatro miembros de una expedición letona de siete personas sufrieron una caída en uno de los tramos más delicados de la ruta normal. El mal tiempo impidió en un primer momento cualquier intervención aérea, y el único superviviente fue evacuado al día siguiente mediante una compleja operación con helicóptero desde una cuenca glaciar.
El accidente fue noticia internacional en los días siguientes. Ricardo lo cuenta sin adornos, con la sobriedad de quien estuvo cerca y sabe que ahí arriba el consejo más cuidadoso no siempre alcanza.
Ahí es cuando Ricardo se enfoca en su proyecto del año, uno que ya traía nombre: Campamento Seis. La ruta normal del Denali se arma con cinco campamentos numerados, y la idea de Ricardo era montar uno más arriba del último, un sexto campamento en el football field, ese plano que antecede la cresta summital. De ahí el nombre.
Fueron Max y Santi quienes le movieron el plan. Por qué no acampas de una vez en la cima, le dijeron. Casi nadie lo ha hecho, es la cima más alta y más al norte del mundo. A Ricardo le pareció buena idea. Y había con qué: los pronósticos anunciaban una ventana de buen clima larga, de varios días, la misma que todos los equipos de la Cassin pensaban aprovechar. Max y Santi ya estaban sobre su plan, ahora en estilo alpino, ligero, la Cassin en un solo empuje.
Cuando supo eso, Ricardo se preocupó. No se los dijo, pero conoce la magnitud de esa escalada y de lo que iban a intentar. Y pensó algo: si de todos modos pienso acampar allá arriba, puedo cruzar los proyectos. "De recibirlos allá arriba como sea que lleguen", cuenta. "Ellos de antemano nunca me lo pidieron como tal, pero fue mi decisión." Estar en la cima, con tienda, con agua, con comida, para esperarlos.
Cuadraron la logística, la comunicación por Garmin y radio, qué subiría cada quien. El primero de junio empezó la ventana. Ese día Ricardo salió pesado del campamento cuatro y subió hasta el cinco a acampar. Al día siguiente, el 2 de junio, cargó otra vez con todo y se fue hasta la cima. Llegó tarde, como a las siete de la tarde, reventado. Subir tan pesado, con todo para montar campamento y comida calculada para hasta cinco días arriba, lo dejó molido. Se instaló a pocos metros de la mera cima.
La primera noche no la pasó bien, por la altura y el frío. Tampoco la segunda ni la tercera. Nunca ha dormido bien tan alto. Pero de día la pasaba bien, y desde ahí vio llegar a varios a cumbre en esa ventana, mucha gente aprovechando el buen tiempo.
Y así regresamos a donde empezamos. Tercera noche en cumbre. Ricardo listo, esperando.
El frío más duro llegaba cuando se iba el sol, en ese atardecer de medianoche y las primeras horas de la mañana, con el amanecer a las tres y media. Desde la cima Ricardo se asomaba cada tanto a la arista por donde tenían que salir los que escalaban la Cassin. Llevaba días midiendo el horizonte. Max y Santi venían tarde, casi un día completo después de lo previsto, y él sabía mejor que nadie lo que significaba esa demora en una ruta como esa.
Hasta que aparecieron, ya entrada la noche del 4 de junio. Primero Santiago, una silueta rota saliendo de la arista. Media hora después, Max. Venían al límite: dos días casi sin comer, un litro de agua entre los dos en la última jornada, deshidratados y vaciados por la escalada de su vida. Y arriba, a pocos metros de la cima más alta y más al norte del continente, los esperaba una casa de campaña con un mexicano dentro, chocolate caliente al fuego y dos quesadillas listas.
Ricardo salió a abrazarlos. Los metió a la tienda, les puso la comida caliente en las manos. Se lo agradecieron muchísimo, cuenta; les cayó como caen pocas cosas en la vida. Tres mexicanos juntos en el techo de Norteamérica, uno que subió cargando una casa para los otros dos, los otros dos que llegaron a ella reventados y a salvo. No había nadie más arriba. Solo ellos tres y el sol que no terminaba de ponerse.
Esa fue la tercera y última noche de Ricardo en cumbre. Al día siguiente, ya con el cuerpo entero, Max y Santi bajaron al campamento cuatro con otra seguridad, sabiendo que arriba alguien había montado casa. Ricardo levantó su campamento y bajó también.
Pero a Ricardo todavía le quedaba algo por hacer. La cima principal del Denali no es la única: separada de ella, al otro lado del Denali Pass, el collado que la une con el resto de la montaña, está la cumbre norte. Casi nadie va. Está en dirección contraria a la ruta normal, fuera de huella, y hay que salirse del camino para alcanzarla.
El 6 de junio, desde el campamento cuatro, Ricardo se aventó por ella. Subió hasta el Denali Pass, se salió de la ruta y le dio hacia el norte. Tocó la cumbre norte como a las seis y algo de la tarde y bajó ya entrada la noche: doce horas redondo desde el campamento cuatro. Es, según sus cuentas, el primer mexicano y probablemente el primer latinoamericano en pisarla.
Después de eso, descansó un día entero en el campamento cuatro. Volvió a ver a Max y Santi una última vez antes de que ellos bajaran al base a tomar su vuelo. El 8 de junio Ricardo bajó también, durante toda la noche, y llegó al campamento base por la mañana. Pero ese día hubo mal clima y no hubo vuelos: armó tienda otra vez, pasó la noche, y hasta el 9 de junio por la mañana tomó el vuelo de salida a Talkeetna.
En la oficina del Parque Nacional fue a hacer el check out con los Rangers. Les contó lo que había hecho y, cuando llegó al campamento en cumbre, se quedaron impresionados. Sí se había acampado antes en la cima del Denali, le dijeron, no fue el primero. Pero solo por accidentes, rescates, cosas que salieron mal. "No tenían memoria así de alguien que por gusto, por aclimatación, por entrenamiento, así como yo, hubiera acampado en cumbre", cuenta Ricardo. Y esas estadías previas habían sido de una sola noche. Él pasó tres.
De vuelta en Talkeetna, Ricardo hace cuentas de lo que logró: su estadía en la cima fue la más larga de la que haya registro. "Es muy probable que haya hecho la estadía en cumbre más larga registrada en la historia", cuenta.
En Freeman llevamos casi dos décadas hablando de ascensos, logros y récords, y algo nos ha enseñado ese oficio: hay poca novedad bajo el sol y con frecuencia simplemente no se sabe lo que pasó antes. No estamos en posición de asegurar ni de contradecir ningún número. Lo que defendemos es otra cosa: el hecho, y su humanidad, lo que trasciende cualquier cifra que se ponga al lado.
Y el hecho es este: un hombre convirtió su propio proyecto en una casa para otros. Pudo subir, tocar cumbre y bajar como todos, y en cambio se quedó tres noches en el punto más frío y más alto del continente para que dos amigos, al salir de la escalada de su vida, encontraran algo caliente esperándolos.
Fuentes y referencias
Cómo citar
Raul Morales. "Crónica mexa encumbrando el Denali Parte 2 - Segreste, el hombre en la cumbre". Freeman, 15 de junio de 2026. https://freeman.la/cronica-mexa-encumbrando-el-denali-parte-2-segreste-el-hombre-en-la-cumbre/



