Crónica mexa encumbrando el Denali Parte 1 - Max Álvarez y Santi de la Parra

En junio de 2026, tres alpinistas mexicanos coincidieron en la cumbre del Denali. Esta crónica es sobre dos de ellos: Max Álvarez y Santiago de la Parra, que completaron la ruta Cassin de la cara sur en estilo alpino, en un solo jalón, cargando una mochila de treinta y ocho litros, una estufa para los dos y una comida liofilizada cada uno. El tercero, Ricardo Segreste, los esperaba arriba; su historia merece nota propia y la retomaremos después. La pieza que sigue reconstruye ese ascenso con

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En junio de 2026, tres alpinistas mexicanos coincidieron en la cumbre del Denali. Esta crónica es sobre dos de ellos: Max Álvarez y Santiago de la Parra, que completaron la ruta Cassin de la cara sur en estilo alpino, en un solo jalón, cargando una mochila de treinta y ocho litros, una estufa para los dos y una comida liofilizada cada uno. El tercero, Ricardo Segreste, los esperaba arriba; su historia merece nota propia y la retomaremos después. La pieza que sigue reconstruye ese ascenso con sus propias palabras, a partir de las notas de voz que ambos enviaron a Freeman al volver. No es un diálogo ni una crónica unificada: son dos relatos del mismo ascenso, corriendo en paralelo, encimados. La voz de M. es la de Álvarez, en cita. La voz de S., la de De la Parra, en cursiva. La voz de F. es la nuestra, en redonda, y entra solo para situar el terreno.

Conviene saber dónde ocurre todo esto. El Denali, llamado de nuevo McKinley por necedad política, se levanta hasta los 6,190 metros, el punto más alto de Norteamérica y el tercer pico más prominente y más aislado del planeta. Pero su dificultad real no está en la altura sino en la latitud: nace a apenas tres grados del Círculo Polar Ártico, desde una base de unos 700 metros, lo que lo convierte en una de las montañas más frías del mundo. En la estación meteorológica del Paso Denali, a 5,715 metros, se han registrado temperaturas de hasta 60 grados bajo cero y vientos que superan los 200 kilómetros por hora. Por su posición hacia el polo, la presión atmosférica es más baja que en un pico equivalente del Himalaya: sus 6,190 metros se sienten, en términos de oxígeno, como 6,500 o 6,700 metros en Asia. La ruta Cassin recorre la arista central de la cara sur, dos mil quinientos metros de pared en una línea que cae a plomo desde la cumbre. La abrió en 1961 una expedición italiana del club Ragni di Lecco encabezada por Riccardo Cassin, que le dio su nombre; el presidente Kennedy felicitó a Cassin por telegrama. Hoy se considera una de las "50 clásicas" de Norteamérica, graduada Alaska Grade 5, con tramos de hielo, nieve y escalada mixta, y se escala normalmente en tres a siete días. Pertenecer al grupo que la ha completado es entrar en una fraternidad pequeña.

Una palabra sobre el estilo, porque es la clave de lo que hicieron. El estilo alpino consiste en subir una montaña en un empuje continuo, autosuficiente, cargando todo lo necesario en la espalda y sin instalar campamentos fijos, cuerdas fijas ni depósitos de provisiones a los que volver. Es lo contrario del estilo de asedio, con el que se abrió esta misma ruta en 1961: semanas montando y abasteciendo campamentos sucesivos, asegurando el terreno metro a metro. El estilo alpino renuncia a esa red. Se sube ligero para subir rápido, y se sube rápido porque cada hora de más en la pared es una hora más de exposición al frío, al viento y a la altura. La penalización es que no hay margen: menos comida, menos refugio, menos posibilidad de esperar a que pase una tormenta. Lo que se gana es velocidad, pureza y un compromiso total con la decisión de seguir hacia arriba.

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M. El proyecto lo veníamos planeando hace tiempo, junto a Santiago de la Parra, y para eso nos preparamos bastante bien. Tuvimos ascensos de preparación en México, varios ascensos y varios récords, cosas que ninguno de los dos había hecho, con tal de prepararnos y mentalizarnos tanto física como mentalmente.

Para poner en contexto la Cassin, lo importante es saber que es una ruta en una de las montañas más frías del mundo, si no es que la más fría, y es una ruta de altura: estamos casi a seis mil metros. La particularidad que la vuelve tan retadora es que no tiene ningún paso muy difícil; lo que tiene es que es extremadamente continua. Y el punto clave es que no tiene retirada. Una vez que pasas los primeros trescientos metros, estás embarcado. No hay cómo desescalar esa arista de nieve. Eso la vuelve interesante en cuanto a la preparación física y mental: te tienes que comprometer de verdad con lo que estás a punto de hacer. Son dos mil quinientos metros de pared.

Llegamos a Alaska, hicimos las compras, nos preparamos. Desde el principio se dejó ver que iba a ser una temporada complicada. Lo interesante de la cordillera de Alaska es que no es la clásica donde llegas a un pueblo, caminas o tomas burros y llegas al campo base. Llegas al último pueblo, Talkeetna, te subes a un avión, vuela media hora o cuarenta minutos y te deja en el glaciar. Para eso tuvimos que esperar tres días completos bajo la lluvia, sin poder ir a ningún lado, porque estás con la expectativa de volar. Eventualmente volamos y llegamos al campo base. Ese primer día nos tocó mucha suerte: fue el único buen día que tuvimos en casi quince.

Normalmente he llegado a hacer tres o cuatro días para llegar a campo cuatro, un campo por día. Esta vez, por la cantidad de nieve, de viento y de mal clima, hicimos nueve días. Estuvimos atrapados en la carpa en el campo uno y en el campo tres, esperando a que mejorara. Éramos poquitos equipos, así que nos tocó abrir huella, buscar el camino y lidiar con muchísima nieve. En varias ocasiones la tienda se enterró por completo. Ahí empezamos a ponernos en situación de lo que era una expedición en Alaska con mal clima.

Eventualmente llegamos a campo cuatro y empezamos a conseguir una que otra ventana, todavía muy cortas para la Cassin, pero suficientes para empezar el proceso de aclimatación. Llevábamos treinta días de comida, así que estábamos relativamente relajados. Uno quiere que el proyecto salga de manera fluida, pero también estábamos listos para aguantar hasta las últimas instancias. Pudimos ir a cumbre, hacer varias esquiadas desde cinco mil, y tomamos ciertas decisiones que nos fueron preparando mentalmente para lo que nos esperaba. Por ejemplo, hicimos cumbre a medianoche desde campo cuatro, para mentalizarnos al frío extremo. Hay que recordar que el frío en el Denali simplemente te mata.

Esta temporada fue muy ruda: hubo muchos accidentes, muchos muertos, pero sobre todo muchos congelados. Vimos a mucha gente con los dedos de las manos congelados. Tuvimos que ir poco a poco, aclimatándonos al frío pero también preparándonos para no sufrir congelamientos. Después de casi quince días en campo cuatro vimos lo que uno no sabe si va a poder ver: una ventana de tres días, justo lo que necesitábamos para el pegue. Eso nos dio un boost y nos hizo darnos cuenta de que ya se venía la Cassin. Habíamos tenido un par de ventanitas antes, pero buscábamos aquella con la que nos sintiéramos cómodos para dejarlo todo.

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S. Empezó muy duro. Tuvimos como veinte días de mal clima. Desde que entramos no vimos el sol; estuvo nevando mucho. En algún momento dudábamos si de verdad iba a llegar la ventana, pero teníamos suficiente comida para aguantar lo más posible y lograr el objetivo. La ventana llegó los últimos días.

Nosotros teníamos el vuelo de salida para el veinte de mayo y habíamos volado al glaciar el ocho, pero pronto fue evidente que íbamos a necesitar más tiempo, así que movimos los vuelos. Para ese entonces estábamos muy bien aclimatados. Ya habíamos subido a cumbre del Denali, ya habíamos preparado el cuerpo para aguantar mucho frío. Hicimos varios entrenamientos; nuestra subida a cumbre fue a medianoche, porque queríamos probar el equipo y todo.

Cuando llegó la ventana salimos con el equipo mínimo indispensable: una mochila de treinta y ocho litros con una estufa para los dos, una comida liofilizada cada quien, cinco barritas y nuestra ropa. Estuvimos decidiendo si llevar o no una carpa ligera, y al final decidimos llevarla. Esta ruta normalmente se escala en cinco días, y nosotros, con ese equipo limitado, nos forzábamos a hacerla en un solo jalón, sin tener mucho margen, pero también haciendo la escalada más disfrutable, con una mochila más pequeña y pudiendo avanzar más rápido. La verdad es que subestimamos un poco las condiciones.

Pensábamos que íbamos a encontrar más nieve, pero encontramos hielo azul de principio a fin, lo cual nos alentó bastante. Fue muy cansado para las pantorrillas estar en las puntas frontales tantas horas. Pero encontramos escalada de gran calidad de principio a fin.

Empezando por el Japanese Couloir, un corredor de trescientos metros de hielo. De ahí una arista de nieve que llaman el Cowboy Arête, que no es muy difícil, pero es larga, muy expuesta y muy difícil de proteger. Luego el Hanging Glacier, que pensábamos que ya iba a ser terreno más fácil, pero resultó otra rampa de hielo muy larga que nos requirió estar con las puntas frontales, totalmente concentrados, sin poder cometer un error en el hielo. Esto tenía un resalte como de quince metros de hielo totalmente vertical, y de ahí empiezan los rock bands, que ya es escalada mixta, muy divertida, pero igual con mucho hielo.

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M. El pegue como tal arranca con un detalle que hay que entender: la Cassin está y no está cerca del campo cuatro. Se puede llegar por el campo base, pero hay una manera, la Seattle Ramp, por un cutoff, que te permite agarrar un atajo. ¿Por qué un atajo? Porque ese corte te permite aclimatar, esperar la ventana de buen tiempo y desescalar casi mil metros. Entonces la primera parte de la escalada empieza con una desescalada de casi mil metros. Es una rampa peligrosa, comprometida, donde vimos caída de seracs, donde nos pasó uno muy cerca.

Estuvimos muy cerca de tener un accidente que no se podía predecir. Tomamos las medidas que tuvimos que tomar y continuamos hasta el Japanese Couloir.

De ahí en adelante todo transcurrió más o menos como lo teníamos pensado: escalar la arista Cassin en simultáneo. Buscábamos un estilo ligero, comprometido y fluido. No queríamos ir con mochilas pesadas y hacer cuatro o cinco días, que es lo que generalmente hacen las demás cordadas. Por eso fuimos muy ligeros: no llevamos ni sleeping ni colchoneta. Sí llevamos carpa, una estufa y un poco de comida. Eso nos permitía movernos más rápido.

La mayoría de la ruta la hicimos en simultáneo y aseguramos solo ciertos largos que parecían más duros. Pensábamos que la podíamos hacer más rápido. No teníamos un plan como tal, pero sí un itinerario, y poco a poco nos fuimos dando cuenta de que nos estábamos quedando atrás por las condiciones de la ruta. Este año nos tocó muy heloso. Los mil quinientos metros de escalada los pasamos sobre las puntas frontales, lo cual era de esperarse, pero nos ralentizó.

Eventualmente nos dimos cuenta de que no íbamos a salir en el horario que habíamos planeado, en el sol, sino que íbamos a tener que salir a la medianoche, a la una de la mañana, en el horario más frío que hay. No habría sido un problema porque íbamos bien preparados. El problema es que había viento, estábamos cansados, deshidratados, con hambre. Esa combinación es la receta perfecta para quedarnos ahí pegados de frío. En ese momento tomamos la decisión de montar un vivac. No llevábamos sleeping ni colchonetas. ¿Qué decidimos hacer? Sentarnos sobre las mochilas en una pequeña repisa a cinco mil metros, armar la carpa y esperar adentro a que saliera el sol. Pasaron unas seis horas entre que nos detuvimos y amaneció. Al salir el sol retomamos. Para entonces nada más llevábamos un día de provisión, así que no comimos tan bien ni dormimos tan bien, pero estábamos en un estado mental y una motivación que nos mantuvo adelante, filosos, superconcentrados y enfocados para seguir escalando de manera segura.

El estilo en que lo hicimos demanda un enfoque y una concentración total: aunque hay cuerda y seguros intermedios, una caída puede ser fatal. Acabamos la parte técnica en la mañana e hicimos los últimos mil metros, que técnicamente ya no son complicados, pero escalar mil metros después de mil quinientos, y al cabo de cuarenta horas de movimiento, tiene su onda. Hicimos cumbre. Ahí estaba Ricardo Segreste, acampando arriba.

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S. A la mitad, casi saliendo del segundo rock band, nos agarró la noche. Para entonces llevábamos casi veinte horas de movimiento y decidimos detenernos. Eran como la una de la mañana, porque teníamos miedo de que el resto de la noche nos agarrara en la arista sommital, ya expuesta al viento. Ahí paramos, montamos la carpa en una repisa muy precaria y esperamos a que saliera el sol, sentados sobre las mochilas con la estufa prendida.

Aguantamos las horas de la noche a menos veinticinco grados a cinco mil metros, que era nuestro peor temor. Pero logramos aguantar y, apenas salió el sol, comenzamos otra vez el ascenso para completar los últimos mil metros, que ya son menos técnicos, más caminata, pero es cuando pega la altura, cerca de los seis mil metros.

A las cuarenta horas de escalada logramos salir a cumbre, donde encontramos a Ricardo Segreste, que estaba acampando arriba. Nos dejó pasar un ratito en su tienda, tomar agua, y regresamos al campo cuatro. Fue todo un recorrido completo, casi sin parar. Desde que salimos de campo cuatro descendimos la Seattle Ramp, que en sí fue un crux de la ruta: desescalar casi mil metros rodeados de seracs, en una bajada muy peligrosa. Tuvimos que correr. Al final salimos sanos y salvos, con todos los dedos bien. Fue una temporada muy fría; varias cordadas que también entraron a la Cassin salieron con los dedos congelados. Nosotros le debemos el éxito de nuestro pegue a la preparación previa. Terminamos pasando treinta días en el glaciar, veinte de ellos en campo cuatro. Sí fue una gran aventura.

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M. Estoy bien feliz con el pegue. Es de las cosas más duras que he hecho en mi vida en cuanto a exigencia; no técnica, sino exigencia global. Demandó todas las herramientas y las habilidades que tengo disponibles. Fue una escalada sostenida, larga, en simultáneo, muy extrema y de muy alto compromiso por lo que nos estábamos jugando con lo que teníamos, sin mucha comida ni mucho refugio.

Estoy muy feliz también de haberlo compartido con Santiago. Creo que los dos hicimos clic inmediatamente, en la visión, en la misión, pero también en lo que sacamos del otro. Hicimos una mancuerna muy potente y muy capaz de realizar grandes ascensos. Yo la Cassin sí la veo como algo grande, pero más que nada como un entrenamiento para algo más grande. Es mi manera de ver las cosas, y creo que estamos listos, Santiago y yo, para seguir empujando los límites de lo que podemos hacer y crear juntos en la montaña.

También bajar de la montaña es un alivio. Llegar al campo base es una montaña muy grande. Fue una temporada muy peligrosa, y por más que a uno le guste llegar a campo base y descansar, siempre es algo muy cabrón. Entonces, más o menos así fue.

S. Parte de lo que nos mantuvo bien fue la amistad y la buena onda que cultivamos durante toda la expedición, entre nosotros como cordada, pero también con la gente que conocimos. Fuimos acumulando esa buena vibra, ese ánimo, y cuando tocó atacar estábamos listos. Estamos orgullosos, sobre todo, del estilo en que lo hicimos. Nuestra primera ruta de ese calibre aquí en el Denali, la montaña más alta de Norteamérica, pero también la más fría, la más al norte y la más alta del Ártico.

Creemos que el estilo en que lo hicimos no mucha gente se atreve a hacerlo así: con una mochila así de pequeña y un compromiso total, en el que llegas a un punto, con una cuerda de cincuenta metros, en que ya es muy difícil bajar. Te comprometes a llegar hasta arriba sí o sí, y luego a descender hasta el campo cuatro.

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Sesenta y cinco años después de que seis italianos abrieran esta línea en cuatro semanas de asedio, dos mexicanos la recorrieron en un empuje continuo, cargando lo que cabe en una mochila de día. No batieron ningún récord de velocidad ni buscaban hacerlo; lo que persiguieron, y consiguieron, fue una manera de estar en la montaña: ligeros, comprometidos, sin red. La Cassin no premia la fuerza bruta sino la lucidez sostenida durante horas en las que un solo error en el hielo no se perdona. Que Álvarez y De la Parra hayan salido con todos los dedos, en una temporada que dejó congelados y muertos, no fue suerte: fue preparación, lectura del terreno y la decisión de detenerse a tiempo en una repisa a cinco mil metros y esperar seis horas al sol.

Y hubo, en la cumbre, un encuentro que ninguno de los dos planeó: otro mexicano, Ricardo Segreste, acampado en el punto más alto de Norteamérica, abrió su tienda para que dos compatriotas exhaustos bebieran agua antes de dar la vuelta. Tres mexicanos coincidiendo en la cima del Denali no es una postal que se dé seguido. La perspectiva de Segreste, la del que ya estaba arriba, la retomaremos en otra nota. Por ahora basta con lo que dejaron dichos los dos que subieron desde la cara sur: para ellos esto no es una cima, sino un entrenamiento para algo más grande. Vale la pena tomarles la palabra.

Fuentes y referencias

  1. Publicación original recuperada del archivo de Freeman.la

Cómo citar

Raul Morales. "Crónica mexa encumbrando el Denali Parte 1 - Max Álvarez y Santi de la Parra". Freeman, 12 de junio de 2026. https://freeman.la/cronica-mexa-encumbrando-el-denali-parte-1-max-alvarez-y-santi-de-la-parra/