Una carrera cualquiera (Escritura de Montaña)

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Una carrera cualquiera

Fue un día cualquiera, tenía unos tenis comunes, iba en un short usual, quizá con mi playera de los Pumas de la UNAM, sin conocimiento de distancias, ritmos, mucho menos frecuencia cardíaca, sólo medía el tiempo, que para ese entonces correr media hora ya se me hacía una locura. Recuerdo que al terminar, regresaba a tomar un cafecito en la esquina del departamento donde vivía con la que era mi novia, pedía un cortado, leía los diarios deportivos catalanes sobre las hazañas de una joven estrella de apellido Messi, y yo me enorgullecía con la gente del lugar de un futbolista que, infantilmente yo quería y sentía como si fuera mi compadre, amigo de la infancia o qué se yo, un sublime Rafa Márquez.

Recuerdo que a los pocos días de correr, una tarde estando en el café, al intentar inhalar el tabaco, sentí que mis pulmones se cerraban, empezando a toser; inevitablemente, como si fuera mágico, después de miles de intentos fallidos por dejarlo, reduje paulatinamente mi compulsión a fumar. En un par de semanas ya no toleraba ningún cigarrillo, desde ahí siempre dije que el running  me había curado esa adicción. 

Mientras redacto este artículo, hasta ahora descubro midiendo en el Google Maps que a los pocos meses de correr quizá ya hacía la distancia aproximada de quince kilómetros. Iba de donde vivía, un lugar llamado Granollers, a la ciudad de Montmeló, en una ruta que recorre senderos al lado del río llamado Congost, donde la naturaleza del lugar entintaba de belleza mis salidas. Si bien seguía con mi ropa cualquiera, sin conocimiento de técnicas, ni distancias, ni ritmos, ya tenía unos modestos tenis de running (llamados allá, sabatilles de córrer o zapatillas de correr) que mi compulsión a la acumulación ahora se satisface y justifica, conservandolos con cariño. 

Mientras iba por el Congost, recuerdo que algunos corredores me saludaban o daban ánimos, diciéndome, -“¡bon día!, vas molt bé nen, tirant per davant”-,y otras expresiones catalanas. Me preguntaba si todos los corredores en el mundo se saludaban entre sí, como si reconocieran a un familiar lejano o fuésemos originarios de una misma etnia; mis pensamientos fantaseaban imaginándome corriendo pronto en alguna parte de México, con su inmensa y diversa naturaleza. La vida y la crisis económica, poco tiempo después, me retornaron a casa. 

Desde hace unos tres años al día de hoy, el tal Messi ya era históricamente único, mi ficticio compadre-amigo, Márquez, estaría retirándose del fútbol y yo en México seguía corriendo como cualquier runner común y corriente, sin importarme ser el más veloz, ni tener entrenadores, ni podios, ni los modelos de tenis de moda; corriendo a veces por la ciudad, cinta o trail. Un día, sin previo aviso, llegué al hospital por un problema aparentemente grave; después de meses de incertidumbre, recibí el diagnóstico y llegó la pertinente sugerencia médica de no volver a correr distancias largas. Para mí, eso fue un impacto total, casi desestructurante. Me daba la impresión (yo qué sé, lo decían por mi bien y con razón médico-científica) de que los médicos y gente cercana no entendían en un principio lo complejo que era dejar algo que me hacía tan feliz. Me era común escuchar -“sólo deja de correr, no vives de ello, no pongas en juego tu salud por algo que nunca ganas”-. Si bien correr parece un simple hobbie (aclaro que jamás sugeriría a nadie, evitar o ignorar, sugerencia médica alguna), para mí y solo para mí era claro que dejar de correr representaba renunciar a una parte de mi felicidad, una parte de mí espíritu. ¿Yo, dejar de correr?, muy a la escena de la película The Joker, de Joaquín Phoenix: no lo entenderían.

No sé si a todos los corredores les suceda, pero creo que durante una carrera larga, como un maratón, uno aprende a correr con dolor todo el tiempo: que si la pierna, que si el gemelo, el tobillo, glúteo, la cabeza, un bajón de azúcar, etcétera, etcétera. El dolor físico se vuelve inherente a la carrera de fondo, pienso en lo acertada que es la frase atribuida a Mohamed  Ali, “aprendí a correr hasta que estaba cansado, luego corrí todavía más que eso”. Sin embargo, para mí, llegó un momento donde el dolor se convirtió en algo secundario, casi minúsculo, sin importancia. Después de mi problema y diagnóstico, si quería volver a correr tenía que hacerlo acompañado de alguien nuevo, algo que días tras días se instauraba dentro de mí como una sombra que se puso cómodamente en mi pensamiento y trote tras trote, se volvía más poderoso que el dolor, algo que puede destruir a cualquiera y en cualquier ámbito de la vida, llamado, miedo.

Este nuevo compañero estaba conmigo, en mis oídos, en mi respiración, en cada pisada, en el aire, en el asfalto, en la cinta, en la montaña, a donde corriera, el miedo estaba pegado a mí. Visualizaba a una pareja de baile, que aunque parezcan incompatibles, danzan a un mismo compás; por ejemplo, el fuego y el agua bailando cha-cha-chá, lo agrio y lo dulce danzando un vals, el día y la noche en un tango pasional. Así estaba yo, por un lado mi bella y elegante felicidad de correr, tomada de la mano con el oscuro, desagradable y absorbente miedo, inconciliables pero ahora fusionados dentro de mí. 

Supe entonces que sí quería volver a correr, tenía que aprender de nuevo, empezar desde cero. Descubrí que el miedo no era algo ajeno, estaba dentro de mí y quizá nunca se iría; habría que ser inteligentes y convivir con él, solo procurar que nunca dominara el baile, ni mi vida.

Y así empecé otra vez, cinco kilómetros, luego diez, quince, medio maratón y maratón de nuevo, parecía que la reconciliación iba bien; sin embargo, cuando pensaba en volver a la montaña, el miedo me vencía y dominaba mis pensamientos. Hasta que un día cualquiera, en el año 2018, sin pensarlo mucho, me inscribí a un trail cerca del Centro Ceremonial Otomí. Los días previos fueron un terror, ideas catastróficas iban y venían, el miedo reinaba alardeando su poder.

Regularmente me gusta correr solo y así me fui a la carrera. Recuerdo los nervios, el café de olla, los rituales previos de revisar el número, acomodarse los tenis varias veces, hacer calentamiento, respirar el olor a bosque y pinos, imaginando los 3200 msnm de altura que nos esperaban con ansias. En general, durante la carrera, creo que  me sentí bien, pero ocurrió algo que no he olvidado y es el propósito de este escrito. Por ahí del kilómetro 17 o 18 me encontré con un señor al que llamaré Porfirio y de quien su edad no pregunté, seguro me doblaba más de la edad, quizá tenía más de sesenta años; moreno, de bigote, bajito de estatura, iba con unos tenis cualquiera, una ropa deportiva común y una cachucha usual. Íbamos al compás, sin más empezamos a platicar, noté que ambos disfrutábamos de la compañía del otro, me contó que él era oriundo del lugar, de pequeño su padre le ponía a cuidar a las ovejas y desde que tenía memoria, no le quedaba de otra que correr. Retaba que de joven tenía que ir corriendo de un pueblo al otro, o hasta la ciudad de Toluca por algunos insumos o encargos familiares, también corría una hora de vuelta y una de regreso para ir a ver a su novia, -eso sí era amor-, pensé. Mientras me hablaba de su entonces novia, actual esposa, Don Porfirio se carcajeaba al recordar que durante sus recorridos, cortaba las hojas de pino y yerbabuena, mezcladas con su ropa y aliento para que el sudor no se notara, y a cambio, llegaría perfumado con las lociones de la montaña a conquistar a la novia. Para él correr no era solo un hobbie, también era su vida. 

Don Porfirio me contaba sus aventuras, y creo que no se percataba que por momentos me costaba seguirle el paso. Él no sabía de Kilian Jornet, Ricardo Mejía, ni de formas de pisadas, estilos de tenis, marcas de running, él sabía lo mágico que era correr y eso le bastaba. No recuerdo con precisión pero en un momento su plática se centró en un acontecimiento que me fue peculiar, su palabras fueron más o menos las siguientes, -“hace un año me dijeron los doctores que no podía correr por algo del corazón, pero me dije, más daño me hará no correr, no puedes dejarte morir de tristeza o miedo, tienes que seguir, prefiero morir bailando”-. Quizá me quedé callado por unos segundos, ese señor, en ese momento me había dicho las palabras más precisas y sabias que cualquier médico podía dar. Parecía que alguien le había dicho a Don Porfirio la experiencia que me tenía que compartir, -“sí, tiene usted razón”-, respondí, y seguimos juntos toda la carrera.

Al llegar a la meta solo nos abrazamos levemente, el me golpeó amistosamente la espalda, le expresé mi admiración y respeto, así como mi agradecimiento por lo que me había compartido, él solo sonreía. Despedirnos fue tan simple como el encuentro, dijo carcajeándose -“tengo que ir con mi vieja, le dije que iría por leña, pero pa´ la otra, nos echamos un pulquito”-, ambos reímos, le recordé que antes fuera por su medalla, de nuevo nos abrazamos y sin más, nos despedimos. 

Como en muchas carreras donde conoces gente y a veces no les vuelves a ver, a menudo pienso en Don Porfirio y su amor por vivir. En mi caso, volví con más confianza a la montaña y al trail running. He de confesar que a veces, aún en mi vida, aparece el miedo queriendo bailar, pero ya no me molesta, estamos conciliados, e inclusive, creo que hacemos equipo para ser mejores, porque lo más bello de todo esto es que la felicidad siempre está, ella es la que domina y dirige siempre el compás.

Pensando bien la cita de Ali, aprovecho este texto para parafrasearla y modificarla a mi gusto, “aprendí a correr hasta que moría de miedo, luego corrí todavía más que eso”.

Autor: Adrián Miranda Esquivel

35 años, Nacimiento en la Ciudad de México,  psicólogo de profesión, de vez en cuando escribo para mí, y soy un runner feliz.

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