Un día en el Cajón del Maipo (Escritura de Montaña)

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Texto Selección Oficial: Convocatoria Escritura de Montaña 2020.

Un día en el Cajón del Maipo

¿Y qué importa si no sabía cómo llegar? Seguro me las arreglaría. Había volado miles de kilómetros al hemisferio sur hasta Santiago de Chile con motivo de un congreso y dispuesta a conocer lo que fuera. Así lo vi: un anuncio en la pared de la cocina del hostal. Era de un tour operadora que ofrecía un paseo de un día al Embalse el Yeso -transporte, vino, tabla de quesos y sesión de fotos incluida- por unos miles de lucas. No estaba mal, pero yo viajaba en modo austero, así que dije ¿y si voy por mi cuenta? A ver hasta dónde puedo llegar.

Sólo sabía que era rumbo a la cordillera en las afueras de la zona metropolitana de Santiago. Hice unas cuantas pesquisas en la red y lo demás fue preguntar en el camino. Después de un descenso errado en el metro, finalmente llegué al paradero de camiones que me llevarían hasta San José de Maipo. Fui la última pasajera en bajar y eso porque el chofer me dijo -“Hasta aquí llego”-. Se orilló a media carretera, dio vuelta en U y se fue. Veía la cordillera en el horizonte, el pueblo estaba pocos kilómetros atrás, y yo ahí, sólo con mi mochila tratando de ver si sería posible acercarme más.

Vi una vagoneta de turismo de la que bajó un grupo al que su guía introdujo por un túnel paralelo a la carretera. La vagoneta se fue a alcanzar al grupo al otro extremo, ¿A dónde lleva eso? Pensé cruzarlo, pero la oscuridad era total y la luz de mi celular muy mala, me dio miedo y volví atrás. Me quedé un rato revisando maps para saber al menos dónde me encontraba cuando, para mi fortuna, aparecieron Marian y Esteban, una pareja de la comuna de San Bernardo que se encontraban de paseo. -“Eres muy osada”-, así calificaron a la mexicana que se aventuró sola y sin transporte privado a pretender alcanzar el Embalse El Yeso.

Uno encuentra gente bella en el camino. Con una mejor iluminación, los tres cruzamos el túnel hasta el otro lado donde estaba montado un pequeño memorial dedicado a los chicos de un equipo de fútbol que fallecieron en un accidente. Marian y Esteban me invitaron a su paseo, así que volvimos por su auto para adentrarnos al Cajón del Maipo, un cañón en la cordillera de los Andes. El viaje en carretera ofrecía vistas cada vez más espectaculares, con picos nevados y glaciares haciéndose más grandes conforme avanzabamos; además tuve una espléndida compañía y aprendí muchas cosas sobre la vida cotidiana de mis amigos chilenos.

Era primavera: el cielo intensamente azul, unas hermosas flores amarillas bordeando el camino, los árboles con verde follaje. Marian me enseñó la rosa mosqueta y me contó todo lo que sabía preparar con ella. No faltó la parada en una cabaña en medio de la nada para comprar unas típicas empanadas de pino, ni el paso por las ruinas del campamento de los trabajadores que construyeron el embalse en los cincuentas. En cierto punto se acabó el asfalto y continuamos por un camino estrecho de terracería con muchas curvas. Si de por sí la vista ya era increíble, en el momento que divisé el Embalse El Yeso me robó el aliento. Recibe este nombre por el río que alimenta la represa que es una fuente de abastecimiento de agua importantísima para la región.

Al bajar del auto uno es cada vez más consciente de su pequeñez. Terreno agreste, algunos pastos creciendo entre las rocas y picos nevados alrededor. Con atención, los ojos van percibiendo diversas tonalidades en las faldas de las montañas y en el cuerpo de agua que se extiende hasta donde las paredes de roca lo permiten. Sol intenso, el sonido del viento, el agua helada: una maravilla. Marian y Esteban me dijeron que el paisaje cambia drásticamente en invierno, vistiéndose por completo de blanco y que incluso a veces no se puede acceder hasta donde llegamos por la cantidad de nieve en el camino que impide el paso de automóviles.

Aunque no deja de impresionar la belleza natural del lugar, al saber que alberga una represa me vino a la cabeza el asombro por la labor ingenieril que requirió su construcción, así como el impacto que tienen sobre el ambiente estos megaproyectos, sobre todo en un país como Chile que tiene privatizados casi todos sus recursos, como pude constatar en el congreso al que posteriormente asistí, donde más de un ponente habló sobre los conflictos por el territorio, el impacto de las termoeléctricas y las mineras, la privatización del agua y el alarmante crecimiento de las “zonas de sacrificio” donde medio ambiente y vidas humanas quedan en juego en aras del capital. Estos problemas no le son ajenos a México y de seguir el camino de explotación desenfrenada estaremos atentando contra nuestra propia existencia en el planeta. Pero hoy el mundo ha parado de golpe, limitando nuestros desplazamientos, confinándonos en el hogar, despojándonos de la prisa y obsequiándonos tiempo, tiempo para reflexionar, recordar, escribir y anhelar el día en que volvamos respetuosamente a la naturaleza.

Autora: Cristina Desentis Torres

Oaxaca de Juárez, Oax. (1985). Soy arqueóloga, crecí en la ciudad de Puebla y vivo en San Andrés Cholula. Disfruto mucho de la actividad física, tanto en interiores como exteriores; entre otras cosas he practicado fitness grupal, triatlón y danza área. Recién empecé un Doctorado en Estudios Socioterritoriales donde mi línea de interés es el patrimonio cultural, la arqueología y las relaciones del ser humano con el territorio. Mi vínculo con el outdoors ha sido más por esparcimiento, pues afortunadamente vivo cerca de la sierra nevada y de otros pequeños cerros y áreas donde se puede practicar trail y ciclismo de montaña.

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