Tambo y paso (ESCRITURA DE MONTAÑA ECUADOR)

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Texto Selección Oficial: Convocatoria Escritura de Montaña en Ecuador 2020, organizado en colaboración por Tras las Huellas de Whymper y el Freeman Film Festival.

Tambo y paso

El vaho cubría los cuerpos temblorosos de las bestias que resoplaban mientras fatigados hombres, casi como sombras, sujetaban las cargas a sus magullados lomos. El gélido lodo atrapaba cada paso cuál mandíbulas los pies del arriero, que seguía atento con sus ojos las cruces junto al escabroso camino, culpable de convertir las hermosas y solitarias montañas en tumbas de desafortunados viajeros.

-¿Qué hace un diplomático en un país donde no se llega a tener, sino arrebatando al otro?-, se preguntaba Franco mientras cabizbajo veía sus lastimados pies y guiaba los mulares. Llevaba invaluables pertenencias, al menos eso dijo el estadounidense que llegó la víspera al tambo acompañado de un intérprete. El extranjero habló sobre su misión diplomática de instalarse en Quito.

El viento golpeaba el denso pajonal del páramo. Hacía tres horas que dejaron atrás el tambo de Chuquipogio en las proximidades del Carihuairazo. El camino de herradura en la montaña, tomaba mayor dificultad y peligro, en tanto que la niebla ralentizaba el paso del grupo hasta detenerlos. Ya no veían más allá de sus pies. El diplomático, que venía delante, solitario y pensativo desde hace varios kilómetros, llamó de pronto a su intérprete, un inglés algo avejentado, a quien contrató en Guayaquil.

-Su excelencia dice que hay un obstáculo en el camino, y pregunta qué ruta alterna podemos tomar-, preguntó el inglés a Franco, después de atender el llamado del viajero.

-Patrón, esa roca ha entorpecido el camino de los viajeros desde hace tiempo. Se cayó en el terremoto de hace unos pocos años-. Franco no estaba seguro, apenas llevaba dos meses como arriero. El joven cholo (mestizo) ahora vivía refugiado como muchos en una casita de sigse, después de trabajar como vaquero en una hacienda de Ambato, tras la muerte de su padre, el mayordomo.

La roca enclavada en el pequeño paso dejaba apenas espacio para cruzarla con el peligro de caer a una pendiente. Franco, inmutable por el frío y extrañado por la demora del diplomático en el paso de la roca, miró un pequeño cuaderno en las alforjas que estaba por caer. Lo tomó y curioso, lo abrió. La última anotación lo intrigó. Entonces se acercaron los otros dos hombres.

-Dame ese libro, le dijo el diplomático en un español apenas claro-. Alrededor se disipaba la neblina y empezaron a verse pequeñas casas de adobe a lo lejos.

-Disculpe patrón, dijo sin apocarse, pero ¿no le parecen mágicos los libros? Cuentan historias donde uno se pierde en las páginas y no puede parar hasta el final. Hay que apretar los dientes en cada escarpado camino y recorrer el río y el llano con la mente-. Pretencioso, Franco esperaba una respuesta, pero el diplomático, más atónito que molesto, tiró de las riendas de su caballo y continuó sin decir nada. Más adelante, el viajero pidió al intérprete la traducción de lo que creía haber entendido. 

-Es poco usual por estas latitudes que los arrieros sepan leer, mucho menos que degusten de obras o autores-, se preguntaban  entre sí los viajeros extrañados cuando llegaron al poblado de Mocha. Ignoraban que Franco consumía de contrabando todos los libros que su antiguo patrón llevaba a la hacienda para su disfrute personal.

Cuando el diplomático le extendió un sobre por su servicio y le ordenaron volver al tambo, Franco supo que era su última oportunidad y decidió preguntar.

-Antes de irme, patrón, ¿podría decirme qué significa la anotación en su cuaderno?-. Sus pequeños ojos negros asomaron bajo el viejo sombrero. 

-Ya está pagado-, dijo el intérprete. Con indiferencia esquivó la pregunta y prosiguió con el diplomático su camino. Franco, confundido durante su travesía de regreso, avanzó por unos minutos. Una fuerte llovizna golpeaba su cara y se refugió bajo unas salientes rocosas. Al abrir el sobre encontró, además de su paga, un pequeño papel que decía, “Las tormentas del cielo se ciernen sobre sus inalcanzables picos, las huidizas nubes pueden abrazar y besar sus cumbres; el majestuoso cóndor se posa sobre ellas para descansar de su elevado vuelo; pero ningún pie humano las ha profanado nunca, ni nunca lo hará”.

Franco dedujo que se trataba de la anotación traducida del cuaderno y se refería a las cumbres de las montañas que el extranjero absorto contempló a su paso. Al dar vuelta el papel, leyó: “La indolencia de un pueblo puede ser más condenatoria que la gélida noche en parajes desconsolados o una roca en un camino estrecho al filo del abismo”.

Tras varios kilómetros ascendiendo enlodados caminos, Franco no dejó de pensar en la nota. Finalmente llegó a la pendiente y bajó de la mula para rodear la roca, y entonces lo comprendió. 

Una multitud de cóndores sobrevolaron mientras Franco clavaba una y otra vez la estaca en el terreno enlodado junto a la gigantesca roca negra que no cedía; pero él tampoco se daba por vencido.

-Nadie más correrá peligro al cruzar este camino-, pensó mientras clavó la estaca una última y definitiva vez. La roca se despeñó hacia lo profundo de la pendiente. En el paso liberado, Franco encontró intacta una pequeña bolsa de cuero con tantas monedas como para viajar diez veces a la capital.

Años después, llegó un cliente a la tienda de telas de Franco en Ambato. Traía la gran novedad de que un inglés recién llegado al país y sus dos compañeros, habían conquistado las cumbres de nieves perpetuas. Franco se alegró, sentado en el sofá de su biblioteca, con el viejo papel en su mano; aún sentía en su rostro la caricia del viento que bajaba desde las heladas cumbres, ahora conquistadas.

Autor: Alvaro Mayorga

Mi nombre es Alvaro Mayorga. Practico ciclismo de montaña desde hace seis años, pero también  alta y media montaña, desde hace dos.Soy empleado privado y estudié ingeniería en la universidad, pero decidí escribir porque el outdoor ha sido una terapia para mí y la integré con mi afición por la lectura, sobre todo de realismo social, mágico y de aventura. El escrito tiene un cita del libro Cuatro años entre los ecuatorianos, de Frederich H., a quien incluyo como personaje de diplomático.

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