Sueños de cumbre (Escritura de Montaña)

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Texto Selección Oficial: Convocatoria Escritura de Montaña 2020.

Sueños de cumbre

El frío de la mañana me calaba hasta los huesos. Las manos me dolían y mis labios estaban tan resecos y reventados por el frío que cada gesto resultaba sumamente incómodo. Llevaba horas sin poder sentir los dedos de los pies, estaban tan congelados que había perdido la sensibilidad. ¿Por qué diablos estás aquí de nuevo? Me pregunté a mi mismo. ¿Sabes que en estos momentos podrías estar en casa, recostado en tu cama? Los rayos del sol apenas comienzan a asomarse así que seguramente durarías unas horas mas recostado, abrazando a tu esposa y acariciando su suave piel. ¿Eres masoquista?, ¿quién diablos en su sano juicio cambiaría una mañana tranquila por estar aquí sufriendo de frío, hambre y sed? 

¡Ya cállate! Estúpido cerebro débil. Venga, tienes que concentrarte.

Intenté poner mi mente en blanco. Olvidarme del sufrimiento y la incomodidad para en su lugar concentrarme en el camino. Cada paso se hacía más pesado. La altura ya calaba en mis pulmones y el cansancio de mis piernas era evidente. Conforme ganaba altitud, el hielo del glaciar se volvía más duro y empinado por lo que logar clavar mis crampones y piolet resultaba ser cada vez más difícil. Crac, crac, crac, respiro, crac, crac, respiro. 

Había visitado esa montaña varias veces y tampoco era la primera vez que recorría ese camino, pero si era la primera ocasión que me tocaba un hielo tan duro y desgastante. Decidí escarbar en la nieve congelada para formar una especie de banca en donde poder descansar por un momento y disfrutar del amanecer. Coloqué un tornillo de hielo y lo anclé a mi arnés. La vista era magnífica. Los primeros rayos del sol se asomaban por la colina de la montaña contigua, generando una secuencia de colores profundos en el cielo: azul, morado, rojo, naranja, amarillo. 

Estaba en la montaña más alta de la región, y desde donde me encontraba podía tener una vista privilegiada de todo el valle. Las montañas se mostraban como piezas de dominó perfectamente acomodadas, una tras otra cambiando el tono de su silueta de acuerdo a la distancia que las separaba de mí. Un mar de nubes cubría como manta toda la cama de pueblos que se encontraban más abajo. Era un espectáculo visual que hipnotizaría a cualquiera y que hizo que, por un momento, me olvidara del frío y dolor que azotaba mi cuerpo. 

Había amanecido por completo. Recobré la compostura y me predispuse a continuar mi camino. Con la luz de la mañana podía ver la cima de la montaña. Faltaba poco para llegar. Saqué toda la fuerza que me quedaba para lograr superar ese último tramo. Paso a paso, teniendo cuidado de no resbalar, ya que una caída ahí, con un hielo tan duro, sería fatal. 

Llegué a la cima lleno de júbilo. Todo el dolor de mi cuerpo desapareció mágicamente para transformarse en un mundo de placer. Todas las imágenes que mis ojos captaban, llegaban a mi cerebro como ráfagas de bienestar y felicidad. El cielo azul, el sol radiante. La nieve brillante, acumulada en la pendiente superior de la montaña, iba desapareciendo poco a poco hacia abajo hasta convertirse en bosques tupidos llenos de vida. 

Y entonces, desperté. Mi esposa yacía recostada junto a mi, mientras los rayos de sol de la mañana traspasaban la cortina e iluminaban la habitación. ¿Será tiempo de una nueva aventura en la montaña? Yo creo que sí. 

Autor: Erik Pöll Garduño

Sobre el autor:

Nacido en Morelia, Michoacán. Empresario apasionado por los deportes de montaña. Comencé a escalar gracias a mi padre y mi tío, originarios de un pequeño pueblo de los alpes austriacos. Mi padre me llevó por primera vez al Nevado de Toluca cuando tenía alrededor de 11 años y después tuve la oportunidad de pasar algunas temporadas en Austria en medio de los alpes. Desde entonces me fui introduciendo cada vez más en la escalada y el alpinismo. Actualmente divido mi tiempo entre mi negocio y la escalada, procurando pasar la mayor parte de mi tiempo libre en la montaña o atado a una cuerda. 

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