Sensaciones (Escritura de Montaña)

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Texto Selección Oficial: Convocatoria Escritura de Montaña 2020.

Sensaciones

Por un momento dudo si tengo los ojos abiertos o cerrados, todo es obscuridad, intento tallarlos para ver si algo cambia, parpadeo, los cierro… los abro… todo es obscuridad, una pequeña sensación de vacío se empieza a apoderar de mi estómago, no entiendo lo que pasa, el silencio parece estar teñido del mismo negro profundo, total y absoluto, la sensación de vacío crece, muevo mis manos en todas direcciones, no hay nada, no toco nada, no huelo nada, no veo nada, la sensación de vacío va creciendo, ¿acaso estoy muerto?, siento como mi cuerpo se empieza a tensar, ¿qué pasa?, ¿dónde estoy?, ¿por qué no hay nada?. Algo  líquido empieza a recorrer mi cara, entonces me doy cuenta que ni siquiera siento mis pies. -Tranquilo, respira, no te alarmes, trata de recordar- El vacío se empieza a convertir en desesperación -Recuerda, recuerda, ¿qué fue lo último que hiciste?, recuerda, ¡recuerda!

Inhalo profundo intentando casi en vano calmar la ansiedad que se apodera de mi, no se si tengo abiertos o cerrados los ojos, da igual, todo es obscuridad, inhalo nuevamente, una y otra vez…

Imágenes difusas aparecen, aletargadas, como pequeñas  filminas disparadas por un viejo proyector en un cuarto inmenso, me veo sentado en la camioneta de mi padre, él conduce, en la siguiente diapositiva estoy en casa de Sergio, mi amigo, arreglando algo que parecen ser mochilas, casi escucho el “clic” que da vuelta al carrete de trasparencias, aparece un bosque, una carretera, curvas, volteo a mi izquierda y veo a Gerardo manejando.

-Algo empieza a cobrar sentido- Un pequeño caserío, Luis se baja de su vieja estaquitas Nissan, Juan me saluda, todos son mis amigos, ¿todos son mis amigos? Todos son mis amigos….. cueveros….Ya no puedo más con la ansiedad. Si, ellos son mis amigos de las cuevas…¿en dónde estoy?

Todo empieza a tomar sentido, estamos caminando en un denso bosque con nuestro equipo de espeleo, subiendo hacia el poblado de La Trinidad, la vieja proyección es ahora una película en tercera dimensión, casi puedo tocar el árbol caído que está siendo cortado por dos hombres de la comunidad, llegamos al pueblo, pedimos permiso nuevamente para explorar y acampar en la región, caminamos 30 o 40 minutos más, todo se acelera, estoy poniendo mi tienda de campaña, instalándome el equipo, llegando a la imponente entrada de la cueva, bajando sobre cascadas de agua fría, titiritando por el frío entumecedor, sintiendo mis manos sumamente cortadas –aun con guantes- por la abrasiva roca de la cueva, porteando equipo, saliendo de la cueva, entrando una vez más, saliendo, entrando,  ¡sólo estamos Gerardo y yo!, ¡noooooooooo!, ¡estoy yo solo!, estoy en el campamento 1, ¡noooooo!, ¡sigo adentro de la cuevaaaa! 

Escucho en vivo el beeeeeeep del aparato de monitoreo cardiaco que aparece en las series de televisión cuando alguien muere, la ansiedad ha llegado a su límite -si estoy en la cueva, debo traer lámpara-. Extiendo las manos por sobre mi cabeza, alcanzo a tomar mi casco, enciendo la luz de emergencia, vuelven los colores, el goteo del agua se vuelve casi ensordecedor, el olor a humedad es penetrante, -Mi estómago acaba de explotar-. Como puedo bajo de la hamaca y llego a la improvisada letrina, mi cuerpo languidece, no sé si por darme cuenta de dónde estoy, si por saberme solo o por al esfuerzo acumulado a lo largo de los días entrando y saliendo de la cueva. Intento probar comida de marcha pero mi cuerpo lo rechaza, me preparo un té, el tiempo transcurre entre pequeños sorbos y el regreso a la letrina, dos, tres, quizá más veces. Sentado en esa piedra quizá a 250 mts bajo tierra prendo la lámpara de carburo y coloco el casco a mis pies, miro mis manos y entonces termino de recordar. 

Uno o dos días atrás (no termino de aclarar cuanto tiempo llevo dentro) Gerardo me convenció de ingresar nuevamente a la cueva, era nuestro tercer ingreso. Bajamos relativamente rápido hasta el punto donde se encontraba todo el material, el azar determino que cada uno subiría un tiro cargando todo el equipo posible, una vez estando arriba el otro le iría colgando el equipo restante hasta tenerlo todo en la base del siguiente tiro y entonces cambiaríamos de lugar. Así transcurrieron las horas, no se cuentas, pero sentado en esa piedra, contemplando mis manos rasgadas y el cuerpo adolorido supe que fueron muchas. Habíamos porteado todo el material la mitad del camino de regreso, instalamos dos hamacas y una pequeña estufa. Intentamos descansar, dormir un poco, recobrar fuerzas para poder salir de la cueva. Al poco rato Gerardo empezó a tener un frío que la poca ropa que traía no podía salvaguardar. 

Entonces se sentó en la hamaca y me propuso salir de una vez, yo asentí, pero al intentar incorporarme cada músculo me señaló que, al menos, en ese momento, no lo podría hacer. Entonces conversamos nuestras opciones, al final decidimos que lo mejor era que él saliera y yo aguardara, podría usar su ropa para descansar mejor, y cuando ello pasara comenzaría el ascenso hacia el campamento exterior.

-¿Podré?- La angustia y la ansiedad han cambiado de lugar- ¿Podré salir solo de la cueva?  Creo que ahora quiero vomitar….

Datos del Autor

Ricardo Peralta Antiga

Pedagogo, especialista en ocio, tiempo libre y recreación, espeleólogo y montañista, instructor de excursionismo y actividades al aire libre,  instructor de deportes de naturaleza para personas con discapacidad.

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