Salkantay (Escritura de Montaña)

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Texto Selección Oficial: Convocatoria Escritura de Montaña 2020.

Salkantay

¿Alguna vez has sentido que el cielo te habla? Muchas veces lo había observado, esperando una respuesta o buscando un poco de calma. Lo había visto sonrojarse, enojarse, alegrarse, llorar y gritar, incluso creía haberlo visto bailar, hasta que una noche fría que anunciaba el fin del otoño me percaté que jamás lo había visto latir. El viento gélido me paralizó no sólo el cuerpo, me congeló la mirada. Fue allí cuando sentí que me la devolvía, y por primera vez vi la profundidad de la Vía Láctea; sentí la inmensidad del universo y mi fragilidad.

Una noche fría de junio en Soraypampa, Perú.

A mi espalda brilla la montaña Humantay, no hay oscuridad que la oculte. Hace unas horas estuve en sus faldas, donde se baña con la laguna de tono turquesa que se comporta como un imán del cual es difícil separarse. Ya estoy en el domo de cristal en el que pasaré la noche; una guarida en forma de iglú que me permite conectar con el entorno. Al frente está el valle por el cual llegué a este punto más alto. Me siento en la entrada con las piernas dobladas y abro la puerta que me lleva directo a las estrellas. Salpican el firmamento y brillan con la pureza del mineral y la intensidad del fuego. No hay luz artificial que las opaque. Ahora comprendo por qué mi raza siempre ha sentido el llamado del cielo. Me inquieta no saber si volveré a encontrarme así con él y me perturba imaginar que habrá quien jamás lo verá de esta manera. Me esfuerzo en guardar esta imagen e incluirla en mi colección de fotografías mentales para visitarla cada vez que lo desee. 

Me recuesto y veo estrellas danzando sobre mí. Poco a poco los párpados ceden y caigo en un sueño ligero que dura hasta que la temperatura de -8ºC; una luz intensa sobre la cara me despiertan. Al principio no reconozco su fuente, pues el campamento sólo funciona con energía solar y ésta no se utiliza en las horas de descanso. Sin dejar de temblar, descubro a través de los cristales empañados que la luna, ahora dueña del cielo, es la responsable. No es una gran noche de sueño, pero sí de nuevos horizontes.

Despierto aún en oscuridad con una taza de té de coca para activarme y soportar la altura. Estamos a 3,920 m.s.n.m y hoy alcanzaremos el punto máximo de esta ruta menos popular al Camino del Inca, con menos hikers y con vistas más espectaculares. El recorrido comenzó en Mollepata y finalizará en cuatro días en Machu Picchu. Mantengo una velocidad constante para no acelerar al corazón y controlar la respiración. Algunos se detienen debido al mal de altura y suben en mulas. Yo estoy decidida a caminar hasta el último metro, si así me lo permiten la mente y el cuerpo. 

El camino serpentea y se cuela en las nubes para llevarnos a Salkantay que supera los 6,200 m.s.n.m. Contrasta la blancura de la nieve con el azul vibrante del cielo. Mientras lo contemplamos, un bloque de hielo se desprende. Cada vez más frecuentes, estos desprendimientos, aunque llamativos, muestran que incluso lo más duro puede desplomarse. Alejado de la civilización, este ecosistema no es insensible a lo que ocurre a cientos de kilómetros de aquí. Nosotros tampoco deberíamos serlo.

La bajada inicia y las vistas desérticas son sustituidas por las venas de la montaña que llevan agua y visten las copas de los árboles de un verde intenso. El resto del recorrido se extiende en cascadas, plantíos de café y agua cálida que baja de las montañas para formar albercas naturales ?la mejor recompensa para las rodillas?.

Después de dos días de descenso, el sendero se adentra bajo las ramas de los árboles y pronto comienza a subir. Ya no hay piedras, sólo tierra suave. Los árboles quedan atrás y llegamos al sitio arqueológico de Llactapata. No quedan más que piedras y muros, pero ofrece una vista única que en este momento las nubes celosas esconden. Y de pronto, como si tuvieran compasión de estos viajeros, deciden abrirse. Justo al frente, 330 metros más abajo, se encuentra Machu Picchu, apenas visible. Huayana Picchu y la montaña Machu Picchu la resguardan en cada costado. Atrás se levantan más montañas, formando una composición de más de cuatro capas de tonalidades azules y verdes. Qué fácil es olvidar el tiempo en la montaña, qué sencillo es dejarse ir y qué difícil es partir. 

Y tan rápido como se fueron, las nubes regresan y lo cubren todo; una imagen más para mi colección mental. Sonrío hacia mis adentros y después le sonrío al cielo. No me despido porque ahora sé que él también me mira. Bajo la mirada y sigo las pisadas de quien me guía en este camino que me aproxima cada vez a Machu Picchu, y que, de paso, me ha acercado más al cielo. 

Autora: Mariana Aguilar Tiquet

Nací en el Distrito Federal, ahora Ciudad de México, en 1989. Amo viajar y estar en contacto con la naturaleza, pues considero que son la mejor forma para aprender, inspirarse y renovarse. A través de la escritura he encontrado el medio perfecto para compartir un poco de las riquezas de nuestro planeta. Al entender más sobre lo que nos rodea podemos construir sociedades más tolerantes. 

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