Para qué infierno, si tenemos patria (Escritura de Montaña)

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Texto Selección Oficial: Convocatoria Escritura de Montaña 2020.

Para qué infierno, si tenemos patria

Me la habían contado como un infierno, y lo fue, no por el sol implacable de los primeros 100 kilómetros, ese hermoso preludio que nos hizo arder lenta y vigorosamente mientras galopamos, a nuestro modo, tras el rastro de ese pedazo de historia que nos dio nombre en el mapa. Las calles arenosas, las hojas de los árboles en el suelo y el pasto más bien ceniza. No lluvia, no un lodazal tremendo, no el apocalipsis de agua con los ríos desbordándose como me habían contado, sino más bien el sol sobre nuestras cabezas, todo el tiempo, de principio a fin, desde que empezamos en Querétaro, donde la conspiración fue descubierta, pasando por Dolores Hidalgo, donde los insurgentes llevaron el mensaje para empezar la revuelta, hasta la mera Alhóndiga de Granaditas, donde las cabezas de nuestros héroes fueron colgadas. 

Dos días de recorrido, 21 horas rodando entre montañas, pueblos y carreteras; 19 potras de dos ruedas y sus dueños, todos aguerridos, desde el más joven, con apenas 13 años, igual de fuerte y tenaz, tanto como los más grandes, cuando la edad ya sólo se cuenta en experiencias y amigos. La facilidad con la que anduvimos por los caminos fue destacable, pero para los líderes de la Ruta de la Independencia la preocupación no era esa, sino más bien terminarla sin incidentes. ¡Y lo logramos!, en gran medida por la premura del general del grupo: ¡5 minutos para comer! ¡5 minutos para tomar agua! ¡5 minutos para arrancar!, por el excelente ritmo del cabecilla, muy a la altura de todos los chavales y los novatos, quienes con apenas un par de horas de sueño por la fiesta y las andanzas lograron terminar sin problema 160 kms en un fin de semana. Un ejército muy nutrido y completo. 

Un combatiente, después de haber sufrido una lesión de dos meses de reposo y aunque lento y rezagado, nos dio una gran lección de paciencia y perseverancia: terminó entero y sin bajarse de la bici. -“Es que, si empiezo algo es hasta terminarlo, incluso un mal libro”-, nos dijo por la noche.

Al siguiente día, cuando por fin el letrero anunciaba nuestra llegada a la “Cuna de la Independencia” mi emoción fue incontenible… ¡llegar hasta allá rodando! Andar por los mismos caminos que los soldados, campesinos e indígenas hace cientos de años: Hacienda de la Erre, Arroyo Seco, Ojo Sarco, La Petaca y Atotonilco, fue increíble. Conquistar lugares que son míos sin serlo, porque son de mi país, porque sangre le ha costado a mi pueblo, porque me siento orgullosa de ellos, porque saberme abrigada con su historia hace que se me enchine la piel. 

Empecé a rezar el Credo, no el que la iglesia católica, sino el Credo Mexicano de “El Vate” López Méndez: “México, creo en ti, porque nací de ti / como la flama es compendio del fuego y de la brasa / porque me puse a meditar que existes / en el sueño y materia que me forman / y en el delirio de escalar montañas”.

El delirio de escalar montañas, sin haber palabras más exactas para compartir con esos locos y apasionados ciclistas una camaradería de risas, de cuidado, de sudor…, de llegar siempre hasta el final.

Pero cuando digo que esta ruta fue un poco de infierno es más bien por lo que vimos durante el recorrido. Más de 200 años de Independencia y México sigue con hambre, con ignorancia, con desigualdad y pobreza: vimos ciudades elevadas a monumentos históricos, ciudades glorificadas, ancestrales, con iglesias y edificios impresionantes, pero pobres. De San Miguel Allende conocí la fastuosidad y elegancia colonial, y precisamente por ello la gran cantidad de expatriados –la mayoría estadunidenses, canadienses y unos pocos europeos– para quienes la Conquista sigue vigente al ser dueños de una porción importante de nuestro territorio. De Atotonilco había escuchado, pero llegar ahí fue como llegar a un pueblo fantasma, con un mercado repleto de puestos esperando a gente que no existe, o carros que no andan, excepto el Mercedes Benz de un gringo que tomaba el sol. De Guanajuato –una de las ciudades con más extranjeros y donde el olor de los indígenas está extinto–, de ahí sólo conocía la parte turística, pero no las minas abandonadas, las casas de lámina, los ausentes por la falta de trabajo, la miseria y la sequía. Bien dicen “para qué infierno, si tenemos patria”.

Y de todas maneras a México lo siento en las entrañas, porque le conozco gente que no se cansa, que trabaja duro y sabe ser camarada, que conoce de azares y sacrificios y de todas maneras se arriesga, como todos ellos con quienes viví este infierno, como los héroes y soldados de aquel entonces, que ni al diablo dimos tiempo de sacar sus pistolas.

Autora: Brenda Peralta Orta

Toluqueña orgullosa y mexiquense de toda la vida. Empleada, bloguera (https://chiclosayletal.wordpress.com), mamá y amante. Apasionada de la bicicleta y de los deportes al aire libre como correr, caminar y escalar montañas. 

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