Mojanda (ESCRITURA DE MONTAÑA ECUADOR)

Texto Selección Oficial Convocatoria de Escritura de Montaña en Ecuador en tiempos de coronavirus. ¡Lee, comparte y vota!

Texto Selección Oficial: Convocatoria Escritura de Montaña en Ecuador 2020, organizado en colaboración por Tras las Huellas de Whymper y el Freeman Film Festival.

Mojanda

La gente dice que no existe la magia, yo creo que jamás se han detenido a mirar el cielo. Cuando vives en una ciudad de aproximadamente 370 kilómetros cuadrados, en los que reina el caos en forma de tráfico, contaminación, y sobrepoblación, por más que huyas al Parque Metropolitano e intentes perderte en sus amplios senderos, al final de unos cuantos pasos encontrarás civilización por doquier. Y ni hablar de lo iluminada que está la ciudad por la noche, brilla tanto la carita de Dios que ni una sola estrella se atreve a opacarla. Si a la configuración ambiental que tiene Quito le sumamos el ajetreado ritmo de vida que los capitalinos han adoptado, se comprende por qué el significado de belleza ha tomado matices tan extraños.

La vida no siempre es cruel en su totalidad, vivir en Quito tiene sus ventajas. Puedes alejarte de la ciudad en tan sólo un par de horas. Fue así como un fin de semana común, alguien lejos de ser uno más me rescató de la vida tal como la conocía. Un viaje de un par de horas en un Aveo plomo, con su cajuela repleta de comida y una gran mochila llena de ropa que podría servir para una semana, nos llevó hacia un pedazo de cielo en esta tierra. Mientras más nos acercamos a nuestro destino la señal de los teléfonos celulares iba desapareciendo y mi mente notaba que esa era la mejor señal. 

Sin notarlo pasamos por alto un gran letrero que indicaba la entrada a las lagunas de Mojanda, así que luego de varias vueltas llegamos junto con la noche. Un guardia nos señaló los lugares en los que era permitido acampar. La emoción de ser la primera vez que dormiría al aire libre pudo mucho más que la razón, así que elegí un sitio cerca de un riachuelo. Pensé que el sonido de fondo del agua corriendo sería relajante para descansar. En efecto, fue un error. A los pocos minutos no podía escuchar muchos de mis pensamientos, el “sonido relajante” del cauce del agua rompiendo contra las rocas los estaba ahogando. Mi compañero, con experiencia y sobre todo mucha paciencia, convenció a mi alma inquieta de sentar la tienda de campaña lejos de la ambientación musical natural. 

Armamos la carpa. O más bien, sostuve las varillas y estacas, busqué una piedra y observé cómo se arma una. La dulce morada estaba lista para pasar la noche, pero antes de entrar en ella el estómago con un grave gruñido nos recordaba que era preciso cenar. Habíamos realizado juntos las compras para la cena, y al desempacar notamos que teníamos comida para alimentar a cuatro personas más. En ese momento y en silencio, ambos supimos que el hambre y la necesidad estaban juntos. Lo confirmamos cuando luego de que me preguntara cuánto aliño debía ir en la pechuga de pollo, respondí sin siquiera pensarlo: -“Échale toda la funda”-. El resultado fue un suculento y salado, sobre todo muy salado, pollo asado. 

El fuego de la pequeña fogata que nos sirvió para cocinar aún nos acompañaba, era perfecto para amortiguar el frío que empezaba a morder los huesos. Entre conversaciones que iban y venían, mi guía decidió recostarse boca arriba e inmediatamente el silencio protagonizó aquel momento. En el instante no entendí qué podía quitarle el habla a alguien, no hice preguntas, seguí su ejemplo y me recosté a su lado. Al mirar el firmamento comprendí. El cielo totalmente despejado nos regalaba un extraordinario espectáculo en el cual bailaban millones de estrellas, unas más luminosas que otras, sólo para nuestros ojos. Atónita aún, sin pestañear empecé a experimentar sensaciones que no conocía y que hasta hoy sólo pueden ser atribuibles a la magia de encontrarse en la eternidad del universo con la propia existencia. 

El susurro de la brisa helada rozando los árboles, el croar de varias ranas, y su brazo cobijando mi hombro, acompañaron a una plácida sonrisa. Había despertado de un cuarto de siglo de oscura cotidianidad. Las comodidades de la ciudad se convirtieron en polvo de frente a la paz que en medio de montañas, lagunas y completa oscuridad se apoderó de mi ser. 

Ha pasado un año, y aún atesoro aquella noche como la primera de mi nueva existencia. Los viajes no han cesado y mis ojos se siguen maravillando con cada nuevo paisaje. Mi compañero no ha soltado mi mano en medio de la rutina y el bullicio que implica ser un adulto responsable ni en el ascenso a una nueva cumbre. Desarrollé una nueva costumbre, a pesar de que el cielo de Quito está contaminado lumínicamente y es casi imposible distinguir un par de estrellas, cada noche alzo la vista e imagino la maravilla que existe tras ese inmenso cielo negro. Mis párpados se cierran y mis labios dibujan una agradable curva convexa por el simple y magnífico hecho de vivir.  

Autor: Andreina Japón Ortega

Mi nombre es Carmen Andreina Japón Ortega, tengo 28 años. Mi cédula de ciudadanía indica que nací en la ciudad de Saraguro, provincia de Loja; sin embargo, desde que tengo uso de razón he vivido en Latacunga. Crecí bajo el cobijo del gran Taita Cotopaxi, la tradicional mama negra y una buena taza de chapo por las mañanas, así que me considero Mashca de corazón. Soy ingeniera civil de profesión, aunque con los años, los libros y los viajes descubrí que mi verdadera pasión es la escritura. Me encanta viajar y descubrir nuevos lugares de mi país, mientras más alejados e inhóspitos sean, mucho mejor. He realizado varios trekkings, desde el Fuya Fuya hasta el campamento italiano en las faldas del Obispo. A lo largo de mi vida intenté varios deportes: fútbol, básquet, vóley, sin ningún éxito. Hace poco menos de 2 años descubrí el Trail running y me ha fascinado por la combinación de montaña con ejercicio. No soy la más rápida, pero la sensación de correr en medio de la naturaleza me mantiene enamorada de este deporte. Creo en la simplicidad de la vida, la Pachamama es sumamente generosa con nuestra especie. Agradecer y respetar lo guardo como consigna. 

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