Mi abrupto fin (ESCRITURA DE MONTAÑA ECUADOR)

Texto Selección Oficial Convocatoria de Escritura de Montaña en Ecuador en tiempos de coronavirus. ¡Lee, comparte y vota!

Texto Selección Oficial: Convocatoria Escritura de Montaña en Ecuador 2020, organizado en colaboración por Tras las Huellas de Whymper y el Freeman Film Festival.

Mi abrupto fin

“Llegaste a la cumbre, y sola debes sacarte de aquí”, son las palabras que recuerdo salir de la boca de mi padre, aquel 19 de mayo de 2019.

Era una programación común la que habíamos hecho para aquel ascenso: los buenos amigos de cordada, el mismo equipo de alta montaña, el mismo viaje, la misma hora de salida, la misma casa de anteriores acogidas en las faldas del Chimborazo. En fin, nada podía salir mal, pues la única cosa particular para la aventura era que seríamos parte del proyecto de tesis de una de nuestras colegas de montaña. 

Mi padre, 40 años mayor que yo, sin saber ni cómo ni porqué, retomó conmigo la práctica del andinismo en el año 2015. Siempre he supuesto que fue en honor a las cumbres de su juventud, sin embargo, sabré yo las razones por las que lo hicimos. 

Pero, ¿qué es lo que hace al frío, el lodo, el congelamiento, el sueño, el esfuerzo que duele, las caídas, la rendición o la victoria, tan especiales? Pues, su respuesta la hallé aquel día que a mis 21 años, tuve que colgar mis botas.

Salíamos de Casa Cóndor alrededor de las once de la noche, pues el camino en carro al refugio Hermanos Carrel dura aproximadamente una hora. Habíamos partido perfectamente equipados y a las 12 en punto de la noche, con una luna que brillaba incesante, en una noche despejada como el anhelo de llegar a la cumbre máxima, partimos sin más. 

Es probable, querido lector, que a este punto del relato esperes que algún accidente lleno de tensión o un clima atroz haya causado un descenso inesperado, pero lo cierto es que la única persona de esta experiencia que pensaba en el retorno era yo.

En 2017 y en 2018, en la conquista del Chimborazo y del Cotopaxi respectivamente, había presentado un signo inusual de respiración, que asumí como “normal” ya que, ¿qué tan raro es oír una inhalación rápida y agitada en un ascenso de alta montaña? Pues, tú que seguro has tenido por lo menos una  experiencia físicas atenuante (y no necesariamente de montaña) lo sabes. 

Y qué fácil es evadir la intuición cuando lo que haces, es algo tan amado que hasta afirmas que la hora de tu muerte puede ser cualquier día, pues ya has vivido y visto lo que ha forjado tu carácter, y se ha incrustado profundamente en tu alma. 

A las tres horas de haber caminado a paso firme y fuerte, empezó a tocar mi puerta esta sensación rara y desconocida en mi tórax. No se lo dije a nadie, porque aunque para este punto yo sabía que no era normal, mi único deseo era volver a estar en el punto más cercano al sol. Una hora después empezaban las preguntas, ¿estás bien?, ¿aún avanzas? Claro que sí, decía yo disimulando el dolor en mi pecho. 

Al llegar la claridad,  poco antes de las seis de la mañana, llegó a mí ese sentir de ánimo y vitalidad que da el amanecer, cuando de repente, tan abrupto como los impulsos humanos, todo se había nublado, la buena noticia era que pisábamos ya la cumbre Veintimilla.  

Fue ese el momento que recuerdo haber tocado fondo, un grupo se adelantó a la cumbre Whymper para posicionar el equipo que permitiría medir la altura del coloso para aquella tesis. Yo, junto a papá, me derrumbé en la nieve, sin poder ver más allá de la neblina blanca y espesa, sin poder respirar, y cerrando los ojos lentamente. 

Fue para mí una eternidad, la lucha entre: ¡no te duermas!, y duerme que de esta no sales. Sin poder disimular más mi poca capacidad de respiración, y con gran esfuerzo, me levanté para oír a papa decir que era hora de descender, pues al paso que yo iba, tan corto y tan lento, y con aquella mochila que por alguna razón pesaba tanto que las correas habían lastimado mis hombros, empezamos la larga caminata que duraría casi nueve horas de tortura, llanto oculto tras las gafas, e ideas que pensaba inconcebibles. 

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Al llegar al refugio Carrel, aproximadamente a las tres de la tarde de ese domingo, sin ganas de hablar de lo sucedido, tratando de parecer valiente y con unas ganas infinitas de abrazar a mamá, y avergonzada frente a los amigos de ascenso, emprendimos el regreso a casa. 

Un mes después recibía la noticia de que mi corazón tenía una cardiopatía permanente, y que aquella fue mi última cumbre.

Sabrá Dios, el destino o el universo por qué nos arrebata de imprevisto las cosas que tanto amamos; sin embargo, al cumplirse poco más de un año de esta experiencia, sólo puedo asegurar que la montaña no era mi destino: siempre fue el destino de un papá cariñoso, que a sus 60 años, sin saberlo, ansiaba volver a estar en la cima de todas las altas montañas del Ecuador, con su hija enferma. 

Y papá lo logró. 

Autor: María Catalina Paredes Velastegui

Lugar de nacimiento: Riobamba

Fecha de nacimiento: 8 de septiembre de 1997

Edad: 22 años

Profesión: estudiante de relaciones públicas en la UTPL.

Pasiones: la montaña y la música.

Mi vínculo con la montaña empezó a mis 18 años cuando me retiré de la carrera de Ingeniería Automotriz en la Escuela Superior Politécnica de Chimborazo, pues empecé a entrenar sin ningún motivo aparente, hasta que mi padre, Harvey Efren Paredes Proaño, me llevó a mi primera cumbre (Carihuairazo) con sus amigos de antaño, el señor Hernán Bonilla y el señor Pepe Moreano. Después de esa cumbre empecé a entrenar muy duro y con papá coronamos todas las altas montañas de Ecuador, también hemos participado en muchísimas carreras de correr en montaña y en la ciudad. 

Vivo en la ciudad de Riobamba, y trabajo en su municipio como integrante de la banda municipal. Soy músico también, toco el violín desde los 8 años y actualmente laboro tanto en la banda como en la Orquesta Sinfónica Municipal de Riobamba.

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