Los Apus te mostrarán el camino, si así lo quieren (ESCRITURA DE MONTAÑA ECUADOR)

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Texto Selección Oficial: Convocatoria Escritura de Montaña en Ecuador 2020, organizado en colaboración por Tras las Huellas de Whymper y el Freeman Film Festival.

Los Apus te mostrarán el camino, si así lo quieren

Una mañana de agosto, en los sesentas, me encontraba ascendiendo la cara occidental del Illiniza Sur, ya por salir a la cumbre Ambato cuando un seraccayó rompiendo el suelo a mi alrededor. Intenté sin éxito detenerme y caí unos 700 metros por la ladera quedando inconsciente.

Pasaron algunas horas cuando un indígena me despertó, de talla pequeña, pero unos rasgos faciales muy marcados, me ayudó a levantarme. La nieve actuó como una almohadilla, eso salvó mi vida, miré hacia arriba y sí que tuve suerte. El indígena buscó algunas hierbas y examinándolas cuidadosamente preparó una infusión que me ayudó considerablemente. Entre las plantas pude apreciar una chuquiragua, una verbesina y hasta valeriana; si los andinistas supieran de esto, sobrevivirían a muchas tragedias.

Se presentó como Sayri, dijo que pasaba por ahí porque recogía algunas peticiones y que si quería lo podía acompañar. Caminamos durante horas por cavernas y chaquiñanes. Éstos no deberían ser visibles desde el aire ya que estaban cubiertos por bosques de polylepis que se cerraban sobre nuestras cabezas. Pasamos decenas de cuevas y alcanzandonos la noche trepamos a una de estas para pernoctar ahí. Ya no podía con la incertidumbre de no saber dónde estaba, podrían estar preocupados por mí. Le pregunté a mi guía dónde nos encontrábamos y señalando hacia unas estrellas por un agujero mencionó Qolla. Pude observar que se trataba de la constelación Cruz del Sur. Mencionó, antes de quedarse dormido, –“ellas duermen sobre el cuello de luna”, asumí entonces que estábamos por la cara norte del Cotopaxi. Entonces, ya más tranquilo, intenté dormir. 

Retomamos el rumbo al amanecer. Decía que los caminos que transitamos eran más antiguos que nosotros; los antepasados los conocían como Yaku Ñan, se formaron cuando los Apus eran jóvenes y tenían muchos glaciares, que al ir perdiendo sus nieves dejaron estos callejones ocultos. Con su mano me indicaba cómo a la orilla de estos pasajes todavía se mantenían canales de agua.

Entre algunos claros pude divisar dos cimas muy peculiares, era el Antisana y por cómo se veía, debíamos estar en el Quilindaña, llegando ya a la Cordillera Real.  Algunas horas después, entre los muros de roca, el sonido del agua era ensordecedor. Sayri, con señas me decía que subiera. Con mucha dificultad trepé una pared de roca húmeda; al final de la misma estaba la salida de la montaña. Mencionó que nos encontrábamos en Yurac Llanganati ; no podía creer, llegamos a Cerro Hermoso y no pasamos la Cordillera de los Mulatos, la laguna de Yanacocha o el Cerro de Margasitas. Sin mucho esfuerzo estábamos en el corazón de los Llanganatis.

Recalcó que mucha gente visita estos lugares buscando vastos tesoros y que nunca entendió el gusto de hombre por estos minerales.

-¿Quieres conocer el tesoro de nuestro pueblo?-, me dijo.

Estaba sorprendido, iba a conocer ese oro muy esquivo para muchos exploradores. Asentí afirmativamente. Pensaba que los Apus lo querrían así también, si no, no me hubieran puesto en este camino en el momento y lugar exacto. 

Fuimos ladera abajo hasta llegar a una especie de represa, gritándome desde el extremo dijo –Aquí está, este es nuestro tesoro-. Estaba decepcionado al no ver más que agua y rocas, no era lo que imaginaba.

-¿Esto?-, respondí.

-Sí, el agua es nuestro gran tesoro. Cuando nuestro pueblo está en épocas de sequía reza a los Apus pidiendo ayuda para alimentar a sus familias, animales y regar a los sembríos, yo paso recogiendo todas esas peticiones y se las vengo a entregar a los espíritus-.

Después Sayri se deslizó hacia unas cuerdas que sostenían el dique, las arrancó y el agua cayó con mucha fuerza, formando unos hermosos canales serpenteantes que recorrían hacia el occidente y se internaban en la montaña.

Ahora entendía todo, la fortuna tan esquiva para muchos exploradores no era ni el oro, ni la plata, ni piedras preciosas, pero efectivamente se encontraba en los Llanganatis. El tesoro de los pueblos ancestrales era el agua y la manera tan ingeniosa de aprovechar los canales naturales creados por los glaciares para poder distribuir la misma a todas las poblaciones indígenas de la sierra.

Después de asimilar todo, mi amigo dijo que era tiempo de regresar, ahora sólo quería poner atención a todo el recorrido para poder regresar algún día. En el camino explicaba, como si de un ingeniero se tratara, cómo el agua de los glaciares de montañas más cercanas se unían para complementar este espectacular sistema hídrico que hizo que se desarrolle nuestra cultura por siglos.

Llegamos al lugar donde Sayri me rescató, me regaló una bebida para el regreso, nos despedimos y me quedé dormido. Cuando desperté me encontraba en el mismo lugar donde caí, muy confundido por todo lo que pasó, ¿fue sólo mi imaginación?

Me puse de pie y a mi lado había un mapa detallado de los ríos y en la parte inferior estaba firmado con el nombre de mi acompañante. Creo que él me lo dejó para que mostrará a la gente el verdadero tesoro que tenemos, ese que nos ayudó a desarrollarnos desde los inicios de nuestra sociedad y que seguirá ahí después de que nos vayamos.

Autor: Esteban Solano – Auki

 Nací y crecí en la ciudad de Cuenca. Por motivos laborales y académicos actualmente resido en la ciudad de Quito. Trabajo en el sector público del Ecuador en el área de educación superior. Desde niño siempre ha existido una pasión hacia las montañas, la naturaleza y los deportes de aventura y ya viviendo en Quito al fin pude explotar al máximo el hobby de «Alta Montaña». Ahora me encuentro desarrollando temas de vinculación entre la cultura y el deporte, siempre queriendo buscar una retribución desde y hacia las personas con la sociedad.

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