Leyenda (Escritura de Montaña)

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Texto Selección Oficial: Convocatoria Escritura de Montaña 2020.

Leyenda

Después de unos minutos, Tovién resolvió la forma de llegar hacia aquel sitio que no veían y del que solo escuchaban ese atrayente sonido. Él casi siempre lograba esos fugaces chispazos de imaginación al concentrarse mucho, encaramado en aquel árbol, tocando son jarocho y bebiendo un poco de mezcal arroqueño, para, según él, mantener vibrante y húmedo el paladar de las musas de su pensamiento. -“Estoy cierto”-, le decía a su novia Viallú en aquellas tardes inspiradas, -“de que nuestra próxima ida al monte será única”-. Ella, que compartía la misma ilusión, siempre café en mano y sonriente cual luna menguante, sólo le respondía enamorada, -“Juntos haremos eso y más cariño mío”-, y aunque no pasara nunca, solo gozaba de estar con él donde fuera que ambos acordaran. Formaban buen equipo, una cordada de vida que inició sin querer, pero queriendo. Apasionados, salían al monte a buscar amores y encontrar flores, espantando sus temores. En una de sus caminatas, ella paró súbitamente y abrió grandes sus ojos color musgo y, levantando su largo índice derecho dijo despacito como soltando gotas de su voz, -“Escucha Tovién, es agua”-, -”No escucho nada”-, respondió él algo enfadado mientras recogía el mapa que se le había caído al detenerse para no chocar con ella. Pequeñas risas frívolas se escucharon cuando los otros lo vieron refunfuñar. A lo lejos, el origen del sonido brotaba sin tregua. -”Sigo sin escuchar nada Viallú, avanza ya, aquí está muy resbaloso y el mapa está manchado de lodo por tu culpa, anda, muévete”-, -“Calla Tovién”-, dijo ella tomándolo del brazo, -“Abre bien tus orejotas, siempre hablas demasiado y se te olvida escuchar”-. El sonido de cascada viajaba tímido entre los árboles pero no paraba su andar. Él al fin lo escuchó y, algo incrédulo, desplegó el sucio mapa para ubicar de dónde provenía tan hermoso sonido, y nada, no había marca de ríos cerca, no ubicaban desde qué dirección provenía el sonido. No podía ser, se repetían, será algo que nadie hubiera registrado, algo desconocido, justamente eso, es lo que esperaban hace tiempo, algo único.

Repasaron sus pasos una y otra vez, sobre el mapa sucio discutieron emocionados y desubicados los probables sitios a dónde acudir. Los que observaban, impacientes sonreían, esperaban. La pareja decidió el rumbo, lo corrigieron, dos, tres, seis veces, sin éxito durante varias horas, el fracaso se sentía pesado en las mochilas, parecían estar dando vueltas que, en cierta forma, así era por culpa de los otros. En la séptima vuelta toparon con algo asombroso, aunque, según recordaban, no estaba ahí en las vueltas anteriores. Ante sus pies corría un tramo corto de río brillante que surgía de un boquete de rocas negras brillosas sobre el piso y se desplazaba silencioso entre dos altas paredes, su fin era difícil de ver porque la frondosa vegetación lo escondía. Avanzar sobre él era arriesgado, el frío y la corriente podrían contra ellos. Pero hoy, la lucidez llegó sin mezcales de por medio, -“Debemos trepar”-, dijo Tovién, y caminó decidido. Ella lo detuvo, -“Estás loco, no estamos preparados, estoy cansada y ya es tarde, mejor volvamos luego”-, -“Claro que sí podemos mujer”-, la animó él, -“Somos fuertes y tal vez no lo volvamos a encontrar, no podría hacerlo solo, vamos, juntos”-. Se acercaron al cañón y comenzaron a trepar sobre una de las paredes, la roca húmeda lo hacía difícil pero no imposible, el agua y hojarasca que los otros vertían gustosos desde lo alto de la pared sobre ellos los hacía resbalar, pero no cayeron, doblaron la curva y divisaron su objetivo, ahí estaba, entre verdes helechos y rayos de sol, un listón de agua plateada reflejaba desde el suelo y se alzaba hacia un azul cielo, fluyendo entre rocas marmoleadas y púrpuras flores desperdigadas. -“Lo logramos amor”-, dijo él con tono descansado, -“Sí”-, respondió ella cariñosa, y lanzó un grito de alegría, que los otros, a modo de eco, respondieron mientras se acercaban con sigilo. Tovién y Viallú miraban embelesados su descubrimiento, aunque no estuviera realmente ahí, se acercaron abatiendo el agua clara sobre el carrizal que corría a sus pies, los otros los rodeaban cada vez más cerca, el sonido de cascada no era más fuerte, siempre suave, retumbaba melodioso entre las paredes, ellos no apartaban la vista de la resplandeciente caída de plata, los otros solo sabían que lo habían logrado. Él estaba orgulloso de estar ahí con ella. Ella se sentía inmensa y quería eso por mucho tiempo. Lo otros, los habitantes de la naturaleza que solemos conocer como animales, los vieron muchas veces caminar en los montes, los vigilaron y los escucharon, los desearon y los amaron, y hoy, los tomaron, sabiendo que eran los indicados.

Mientras la pareja caminaba tomada de la mano hacia la caída de plata, los otros seguían entonando su canción cascada. Al llegar al borde, ellos no cayeron y los otros no callaron, ellos volaron y revolotearon, los otros bailaron y cantaron, y en ese confuso vórtice, las letras de sus nombres se agitaron. Desde entonces, ella se llama Lluvia y él se llama Viento, vuelan juntos en el cielo y sobre los montes, dando vida y dándonos aliento. Los que visitamos las montañas los vemos y sentimos en cada paso dado, los amamos y respetamos entendiendo que por ellos somos y reconociendo que debemos estar siempre para vigilar por su cuidado.

Autor: Bernardo Finck Vite
Mexicano, veterinario, lector y montañista apasionado de compartir el subir montes y descender ríos. Gozo de cocinar, de la jardinería, el arte y la música, de los tacos, los quesos y un buen café acompañado de un pan artesanal. Escribo imaginando el origen del porque de nosotros y de lo natural y pensando que, tal vez, alguien sabe cuál es.

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