La última expedición (Escritura de Montaña)

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Texto Selección Oficial: Convocatoria Escritura de Montaña 2020.

La útima expedición

Siendo sincera no tenía muy bien planeada la logística; solo tenía claro que deberíamos despertar antes de el alba para sacar ventaja a las siempre volubles condiciones climatológicas. 

Para entonces, se había postergado demasiado la actividad, sinceramente el ánimo de la mayoría no era el mejor, pero estaba resuelta a cargarme al equipo al hombro y ser el líder que tanto necesitábamos luego de piernas entumidas por tanta inactividad. La dieta tampoco había ayudado mucho y era el momento de despejar la mente, preparar mochilas con lo básico y lanzarnos a la aventura, de paso reencontrándonos con ese tan olvidado estado puro de supervivencia. Así que a la fuerza los desperté y ordené al grupo vestirse y cargar su equipo personal.

Me pasé la noche entera diseñando la ruta: el inicio lógico sería el pórtico, donde la mesita de las llaves y un horrible perchero heredado por mi marido flanquearían nuestro inicio de ascenso —más adelante, el menor del grupo haría hincapié en lo estúpido que era recorrer toda la casa solo para bajar y reiniciar desde la entrada—; así que empecé por arrastrar las tres enormes macetas que albergan unas frondosas garras de león, para colocarlas estratégicamente y simular un inicio boscoso, inclusive dejé entrar al perro y solté a César, la tortuga que tuve que regalarle a mi hijo en su cumpleaños, para que nos topáramos con algo de fauna en el camino; después coloque una enorme cantidad de sábanas alrededor del estudio y el recibidor, para enmarcar los límites, coloqué una vieja escalera que simularía el trepidante Escalón de Hillary, sostenida por dos sillas del comedor; moví meticulosamente el garrafón de agua para hidratación a medio camino y reacomodé luego de un terrible dolor de espalda y dos uñas rotas todos los muebles alrededor de la expedición. Todos los mullidos cojines de los sillones y el resto de los blancos fueron esparcidos a lo largo de todo el recorrido  semejando enormes monolitos que dificultan el ascenso. 

El grupo estaba conformado por dos novatos excursionistas con excelente condición física pero mente inclinada al aburrimiento; de hecho perdimos a uno de ellos, el mayor, a tan sólo quince minutos de iniciado el recorrido: “que idiotez mamá”, y tuvimos que hacer de tripas corazón y seguir sin él. También nos acompañaba mi leal asistente, quien seguía cada una de mis instrucciones con escepticismo y con la camisa de la pijama al revés.   

Del pórtico cruzamos el largo pasillo sin ninguna novedad, luego la sala y el recibidor donde casi sufrimos una baja por un dedo chiquito golpeado con la pata de la mesa. Atravesamos el salón de TV donde el desertor se entretenía con videojuegos y fingía ignorarnos. El terrible cruce de escalera por poco termina con nosotros, el más inexperto dudó más de lo necesario pero lo logró al final.   

Una vez que cruzamos la cocina —sin duda la sección más fría del trayecto— los sobrevivientes del grupo, al fin conseguimos estar de frente a la escalera final que lleva al segundo piso, donde a lo lejos la cima se admiraba retadora en forma de tapanco. 

La comida y el agua era escasa ya que por la premura no estábamos preparados para que la expedición se extendiera, yo leí mal el mapa pero mantuve la calma ante todo.  

Una vez que en el segundo piso cruzamos todas las habitaciones, nos hicimos bola dentro del armario y uno a uno cautamente ascendimos al tapanco, llegamos a la cima. Cubiertos de polvo entre muebles viejos, con los pies descalzos al borde de sufrir hipotermia y con un par de pantalones roídos por el ascenso, felicité por el logro a los dos restantes en el grupo: el pequeño me miraba con duda y quizá una pizca de decepción, mientras que mi asistente sufría algo parecido a un ataque de asma, tenía un hilillo de sangre en el brazo y trataba de sonreír forzosamente.  

Por lo pronto, esta es la última excursión que organizo por el momento, dejaré que la televisión y los libros hagan el resto, ya volveremos a salir.

Autor: Carlos Jáuregui  (CDMX, 1978)

Abogado de formación (UIA, 2003), LLM (USD, 2009) y Master en Escritura Creativa (UCM, 2017). 

Pertenezco al club de montañismo Trepacerros (https://trepacerros.com) desde el 2017, ascendiendo siete de las diez montañas más altas de México.

Me dedico al negocio inmobiliario, colaboro con diversas revistas literarias con reseñas de libros y soy co-editor de la revista (https://leealgo.com).

Pasatiempos: viajar, senderismo y cañonismo y lectura.

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