La primera escalada (Escritura de Montaña)

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Texto Selección Oficial: Convocatoria Escritura de Montaña 2020.

La primera escalada

La noche anterior a mi primera escalada del volcán Iztaccíhuatl, soñé que era un ascenso totalmente vertical en una cueva subterránea, con una enorme caída de agua, la cual había que sortear para evitar resbalarse. Una noche perpetua en esa terrorífica  y hermosa cueva. De repente, di un paso en falso, y la sensación de la caída me despertó de súbito, salvándome de ver mi muerte en sueños al intentar subir el volcán inactivo. 

La mañana llegó pronta, mi sueño empezó a olvidarse, y en un instante yo y mis tíos -experimentados en montañismo a diferencia mía- ya nos encontrábamos pidiéndole permiso a la Mujer Blanca para escalarla. Ese día la neblina no nos dio tregua, así que le rezamos a un titán oculto. Llevaba mi cámara profesional porque se me habían prometido paisajes espectaculares para retratar, pero la neblina fue envidiosa y sólo dejaba ver de vez en cuando el valle hacia abajo, pero jamás la cima. Mi cámara sólo sirvió para cargar 1kg extra en mi equipo.  

Primer portillo: definitivamente me faltó tiempo de entrenamiento. Segundo portillo: espero ya estemos a la mitad del trayecto porque ya no aguanto la mochila. Tercer portillo: bienvenido al Paso del Jabonero. 

A causa de la nieve derritiéndose, ese día el Paso del Jabonero estaba extra-resbaloso. Mis tíos lo pasaron primero, mostrándome con todo su expertiz cómo se debía cruzar. Recargué un primer bastón, seguido por ambos pies, y el bastón restante. Un paso a la vez. No hay prisa. Diviso una sólida piedra, y sin dudar pongo el pie sobre ella para darme el impulso que necesito. Pero en el momento en que cargo todo mi peso, la traicionera piedra se suelta y cae al fondo. Suelto los bastones y me aferro con ambas manos a la pared de lodo. Busco con los pies algún punto de apoyo. 

Mis tíos dieron vuelta confiados en que lo lograría fácilmente, así que ya no me ven. Y entonces empiezo a sentir cómo me estoy resbalando poco a poco hacia la caída. Trato de pedir ayuda, pero el miedo me hace mutis. Trato de agarrarme a cualquier punto sólido, pero todo es débil y resbaloso. Termino clavando la barbilla en el lodo, intentando tener un punto de aferre más, pero todo es inútil: la gravedad sigue tirando y me sigo resbalando.  Si me muevo, sería para soltarme al vacío. 

Recordé entonces mi sueño en la cueva subterránea. Recordé en qué acababa, y en lo tonto que fui al no tomarlo como presagio funesto. Debut y despedida. La primer montaña seria que subía, con todo mi equipo de montañismo recién comprado, y serviría sólo para que el Rescate Alpino pudiera encontrar mi cuerpo más rápido por los colores brillantes de nuevos. Qué vergüenza sentiría, si no es porque el miedo está por encima de cualquier sentimiento ahora. 

Sólo puedo escuchar mi pulso acelerado y el frío de la montaña que inhalo y exhalo desesperadamente. Pero de repente escucho algo más: la voz de mi tío que había regresado al ver que no los alcanzaba. Me pregunta con un tranquilo rostro si estoy bien. Un tranquilo rostro viendo a un rostro embarrado en el lodo. Le digo que me estoy resbalando y no puedo moverme.  Y con la misma serenidad, me comienza a dar indicaciones, -“Pon un pie ahí. Ahora apoya el otro allá”- me dice. Hasta que finalmente estoy sobre tierra firme. Mi tío se ríe al verme todo enlodado, y me indica que continuemos. Pero me quedo un momento viendo atrás, pensando que hay un universo en donde no pude agarrarme, o donde no vino mi tío a rescatarme, y al igual que en mi sueño, caí a mi muerte. Entonces la neblina abre una ventana hacia el valle de abajo, y en automático saco mi cámara y tomo una fotografía; fotografía que no quise revisar en ese momento. Cuarto portillo. 

Casi no hablé el resto del ascenso. Ahora que la adrenalina ha pasado, me siento exhausto, -“Nunca debí haber venido”-, me digo a mí mismo. La mochila pesa más que nunca y la recargo en una piedra alta. A unos 10 metros de mí, mi tío me grita que vaya a ver esto, y me hace ademanes para que corra. De mala gana voy, sin correr, pero al levantar la mirada, me encuentro con una estructura metálica en medio de la montaña: el Refugio 19 del Grupo de los Cien. Mi meta. Pierdo toda fuerza y me dejo caer al suelo, y comienzo a llorar. Lo había logrado. 

Pasamos la noche en el Refugio. Una noche con tormenta de nieve. Y a la madrugada, nos preparamos para subir a la cima a ver el amanecer. La neblina seguía ahí, más fría que nunca. Alcanzamos la cima, y veíamos la luz que comenzaba a colarse por entre la densidad de la neblina. Entonces, sin más preámbulo, la neblina abrió una gran ventana, y pudimos no sólo ver un glorioso amanecer, sino al Popocatépetl en todo su esplendor, el valle extenso bajo nosotros. Hasta ese momento pude entender cuánto había subido.  

Días después, revisando en mi casa las fotos que había tomado en el Iztaccíhuatl, me encuentro con aquella que mi auto-luto me dejó tomar: se puede ver el cuerpo del volcán que desciende hasta un hermoso y pálido valle, con un pequeño río que seguramente escurre desde los volcanes; todo con el velo de la neblina envidiosa. Aún hoy veo la foto y me sudan las manos. Y desde entonces, cada que sueño con escalar montañas, siempre llego a la cima, sin tropiezos ni caídas. 

Autor: Miguel Angel Mellado Díaz

Biografía breve: 

Nací el 19 de noviembre de 1989, en México, D.F.. Tengo una Licenciatura en Comunicación Social por parte de la UAM-Xochimilco, y una especialización en Narrativa Cinematográfica por parte de la EICTV en San Antonio de los Baños, Cuba. Si bien mi profesión ejercida es el Cine y la publicidad, mi pasión se volvió el montañismo y el senderismo a partir de haber escalado el Iztaccíhuatl en el 2018. Cuando comprendes mientras vas escalando que no puedes cometer un error porque te cuesta la vida, es cuando la naturaleza te demuestra lo frágil y diminuto que es el ser humano a la hora de enfrentar un ascenso de esa magnitud. Pero cómo todo al final, cuando llegas a la cima, todo ese miedo y arrepentimiento te potencian el magno sentimiento de la victoria. Es un poderoso sentimiento que sólo se vive en la cima de la montaña. Desde aquella excursión, hace 2 años, no he dejado de practicar montañismo, de aprender y educarme más en las técnicas, de cambiar hábitos hacia tendencias más ecológicas en pro del medio ambiente, de mejorar mi equipo y condición, de descubrir que existen muchos grupos (¡Freeman!) que sienten la misma pasión que yo, y sobre todo nunca dejé de soñar con la belleza de la Mujer Dormida. 

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