La amistad y la montaña (Escritura de Montaña)

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Texto Selección Oficial: Convocatoria Escritura de Montaña 2020.

La amistad y la montaña

Lo escribo como lo recuerdo:

[tono de llamada] -“contesta wey”-… [tono de llamada] -“pinche Berna, contesta…”- [tono de llamada]… -“¡Canalito, qué milagro!”, -“¿Ya la viste?”-, -“Simón, está hasta abajo de nieve la princesa”-, -“Vámonos”-. -“Hoy en la noche. Paso por ti en la ballena a las seis y media”-, -“Va, va, va, nomás salgo de la chamba y me lanzo a llenar mi mochila”-, -“Ya estás”-. -“¿Qué suena?”- [tono de llamada], otra vez se marcó el teléfono [tono de llamada] cuelgo. Me dan escalofríos nomás de pensar en estar cerca de la nieve otra vez. 

22 de enero 2010. Súper nevado el Izta. Y es viernes, qué suerte… La carretera se revela de a poco ante las tenues luces de la ballena. Mi combi 76 solo me deja tirado cuando no es nada urgente. Recién afinada, ahorita avanza como un todo terreno sobre la subida hacia la Joya. Apenas alcanzamos a pasar la pluma antes de que cerraran, a ver cómo nos toca más arriba. ¿Qué se oye? Tengo que revisarla regresando, ese ruidito como un zumbido no me da confianza. ¡Ah, qué pinche frío! Se siente cómo ganamos altura. Respiro más rápido de lo normal. Tiemblo.

-“¿Cómo estás? ¿Estás bien?”-,  -“Bien, nomás cansado”-. -“Estás temblando, abrígate”-, -“pero tengo calor…”-, -“cúbrete wey, te va a hacer daño”-. Sonríe. -“Ten, toma agua”-, -“¿Ya viste la nieve? Jaja, ¡nieve wey!”-, -“¿dónde…?”-.

Junto a la terracería aparecen surcos cubiertos por una fina capa de hielo y nieve. Se pone más gacho adelante, harto lodo y baches. Apenas logramos pasar los últimos cincuenta metros patinando las llantas. Por poco nos atascamos. Mejor hay que estacionar. Subo la combi a la orilla del camino, donde hay menos lodo. A quinientos metros se ve Altzomoni, ya falta poquito, hay que empezar a caminar. Cinco minutos vamos pisando hielo mezclado con lodo ¡Qué bueno que le pedí sus botas a Pepe… y el piolet que le acabo de vender, jajaja.

A las once de la noche, un manto blanco que refleja la luz de la luna cubre toda la explanada y se desliza como tobogán hacia la cañada. No hay necesidad de usar las lámparas. Las rocas más grandes apenas permiten sentarse en su punta que sobresale algunos centímetros del piso helado. La nieve dura y resbalosa, sin imperfecciones nos dice que somos los primeros en llegar ese fin de semana, al menos por la Joya. Bernardo va delante, confiado y a paso rápido hacia la pendiente que baja hasta Boca de Tiburón (o la ranita, como él la llama). Se detiene de golpe haciéndome señas con la mano. Regrésate. Los crampones. Saco unos M10 petzl (que también me prestó Pepe) y siento cómo mis pasos recobran seguridad. Apenas logran entrar en la nieve endurecida, pero ya desapareció el temor de resbalarme, así que bajo corriendo por el camino desdibujado, riendo hasta quedarme sin aliento. No estoy muy seguro de si es la falta de aire o la emoción, pero estoy mareado y riéndome.

-“Tengo taquicardia we”-, “-tranquilo man, respira… Pinche Víctor, estás loco”-, -“pero todavía estoy vivo, jaja”-, -“sí carnal, hay que seguir así, no te me vayas a desmayar”-.

Comienza la subida, la interminable, ahora con poca nieve y mucho zacatón. Aunque cuesta más caminar con los crampones, decido dejármelos puestos. Avanzamos hasta la primera explanada sin detenernos, no hablamos, solo jadeamos (yo más) y nos volteamos a ver de cuando en cuando para estar seguros de que vamos bien. A la mitad de la segunda subida me siento a descansar. Veo una planta a mi lado, la acaricio. Volteo a ver las estrellas. ¡Wow! Dos estrellas fugaces casi seguidas. Y una más. Y otra. Y otra. Bernardo está junto a mí, en silencio, observándome. Siento como su mano se apoya en mi hombro con suavidad. ¿Qué es ese ruido? Desde que llegamos zumba constantemente en mis oídos ¿Insectos a esta altura? Tal vez estoy delirando. Ya perdí la cuenta de las estrellas fugaces. Ahora siento que me cuesta trabajo respirar. Volteo a ver a mi amigo, sonriente.

-“¿Cómo estás?”-, -“cansado. No sé si lo logre”-, -“aquí estoy, hermano. Dame la mano”-, -“gracias carnal. Ha sido un largo camino, ¿no crees?”-, -“no te rindas carnalito, aún falta mucho”-, -“tengo helados los pies… pinche frío”-.

Al fin alcanzamos Cruz de Rosas, 4:30 de la madrugada. El paisaje vuelve a cambiar, ahora solo hay nieve y rocas. El viento está completamente en calma. La nieve más suave, como azúcar. Hay que montar la tienda y dormir un poco. 

-“Buenos días carnalito, ¿ya te sientes mejor?”-, -“mejor (tos), algo mejor”-. -“¿Ya viste? Amaneció increíble, me siento inspirado hoy”-, -“A seguirle entonces, con todo”-, -“con todo”- (toso de nuevo).

Veo desde la tienda el equipo regado afuera, sobre la nieve ahora endurecida y al fondo, el Xinantécatl también vestido de blanco. Una foto. Venga, otra. Bernardo termina de guardar la tienda. Seguramente me ve agotado. Apenas comimos algo y vamos ya en camino hacia el Otis McAllister. La nieve está excelente para caminar. Avanzamos rápidamente hacia la pendiente de arena, ahora cubierta de un blanco deslumbrante. La facilidad con que se encajan los crampones hace evidente la inclinación, por más que intento no puedo ir más rápido. Bernardo espera pacientemente a que lo alcance y vuelve a avanzar. Tras la primera colina aparece otra, y otra. Bueno, ¿qué esto no se acaba? Nos sentamos en una roca a comer unos dátiles. Tengo hambre, pero mi estómago sólo quiere agua.

-“Tienes que comer, Vic”-, -“no me entra, sin albur wey”-, -“¿te sientes muy mal?”-, -“no dormí casi (otra vez la pinche tos). Siempre que me desvelo me dan nauseas-”, -“pero tienes que comer, ándale wey, un bocado”-.

Ese zumbido constante es una molestia. ¿Será la altura? Ya en el refugio el mal de montaña se pone peor. Comemos pollo y unos chocolates. Yo quiero seguir subiendo, Berna dice que mejor bajemos, que me ve mal. Ok, bajemos…

Son las cinco de la tarde. La nieve se reblandeció con el sol. Ahora avanzar cada metro cuesta valiosos segundos para quitar la nieve blanda que nos cubre hasta los muslos. Apenas bajamos la primera colina y ya se me terminó el agua. Bernardo avanza rápido, no quiere que nos agarre la noche porque ahí estamos muy expuestos. Le pido agua y me dice que lo alcance, pero sin detenerse. ¡Pinche wey! ¿Qué no ve que apenas puedo con mi alma? Media hora después se detiene a esperarme. Tardo en alcanzarlo y cuando estoy a pocos metros de él, vuelve a avanzar. Así me lleva, a tramos de cien metros ¡Que hijo de puta! No mames… Hasta saca la botella para que la vea… maldito cabrón, lo odio, no es mi amigo. Estas bromas no se hacen aquí, no mames. Me hundo de golpe en la nieve y mi pierna se mete entre dos rocas. Para no romperla debo dejarme caer de lado, sin meter las manos. El golpe me saca el aire. Tendido entre las piedras, siento el sudor tibio y la dulce sensación de descanso. Me dan ganas de dormirme ahí, hasta que me cubra la nieve. Veo a Berna que regresó por mí.

-“¡Reacciona carnal!”-, -“¿Ehhh?”-. -“¡No te me duermas!”-, -“estoy bien –jadeando- estoy bien”-. -“No te me vayas a morir cabrón”.

Me duele la cabeza. Ya no aguanto el zumbido. Creo que tengo fiebre. Bernardo me levanta y me da un trago de agua. Dice que hay más en la mochila pero tenemos que avanzar. De mala gana continúo caminando y de vuelta a tratar de alcanzarlo. Me lleva así otro medio kilómetro. Ya en Cruz de Rosas me da la botella.

-“Ten, toma agua…”-

Ahora entiendo que no podía arriesgarse a que dejara de caminar. Usó su único anzuelo disponible. Ya sin sed me siento agradecido. Cruzaremos hacia los portillos. Ya es de noche, el viento arrecia, apenas podemos ver. Seguimos unas huellas hasta que desaparecen. Tendremos que acampar en un pedacito de nieve plano, junto al desfiladero, protegidos por una roca. Necesito ir al baño. Méndigo frío, casi me quedo pegado a las piedras. El ardor en mi cara y el roce del sleeping no me dejan dormir. Ráfagas de viento doblan la tienda hasta tocar mi nariz. Me cago de miedo pensando que nos iremos al barranco. No logro conciliar el sueño hasta las 3am. En la mañana el viento sigue soplando, despierto a Berna y con mejores ánimos salimos de la tienda. 

Encontramos otra vez las huellas y comenzamos a seguirlas. Error. La nieve se empieza a adelgazar y estamos ya sobre una capa de arena y roca suelta, en la parte más empinada de una rampa de doscientos metros que acaba en un barranco. Berna cruza con cuidado y llega al camino. A mí me cuesta más trabajo. Impacto el piolet una y otra vez en la arena hasta que se dobla. Por un momento pienso en dejarme caer, luego veo una saliente arriba de mi cabeza, apoyo la hoja doblada del piolet, pateo fuerte en la arena con las puntas frontales y siento como se rompe la roca… consigo llegar a la capa de nieve blanda. Escalo unos diez metros hasta el camino y me tumbo agitado. Bernardo se sienta junto a mí. La libramos. Bajamos hacia la Joya, relajados, saludando a los suben hacia el refugio de los cien. El sol comienza a brillar, tan intenso…

– Estoy cansado hermanito… ¿Qué es ese pinche zumbido que no se deja de escuchar? 

– El oxímetro… suena todos los días y diario se queja del ruido –la enfermera sonríe- Nivel de saturación 86 y bajando desde anoche, doctor. Delira a ratos y habla de la montaña con su amigo. 

– ¿Berna? Carnal… hay que ir de nuevo.

– Vic, aguanta carnal, no hables. Te vas a poner bien.

– Berna… soñé carnal… de cuando fuimos al Izta.

– Saturación a 82… Señor, tiene que salir, vamos a intubar.

– Bernita, hay que ir de nuevo, ahora que pase lo del coronavirus carnal, voy dormirme un rato nomás.

– El paciente cayó en paro doctor.

– Conoce el protocolo. No podemos reanimarlo. Lo siento.

– Si carnal –mi amigo solloza- ahora que pase vamos… descansa.

Escribo esta narración como una muestra de amistad hacia Berna y Pepe Jiménez. 

El intento por la ruta de Cruz de Rosas, las fechas, condiciones y anécdotas, son verídicos. Entre diciembre de 2009 y febrero de 2010 se registraron varios accidentes mortales en el volcán Iztaccihuatl. Algunos ocurrieron a montañistas experimentados. Nosotros tuvimos suerte.

Autor: Víctor Rafael Campos Gómez

Edad: 41 años

Lugar de nacimiento: Xalapa, Ver.

Actividades: Practicante de senderismo desde los 5 años, desde los 17 se inició en la escalada en roca, que junto con el trabajo manual se ha convertido en su profesión a la vez que su pasión. Actualmente dedicado al diseño y confección de equipo artesanal para escalada, rocódromos personales, tirolesas y a impartir talleres y cursos de rappel y escalada.

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