El pájaro negro (Escritura de Montaña)

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Texto Selección Oficial: Convocatoria Escritura de Montaña 2020.

El pájaro negro

Sutne mahila es una de las montañas sagradas del Nepal. Los budistas la consideran la casa de uno de los santos sagrados del budismo tibetano “Milarepa”. Se dice que Lama Zopa Rinpoche escaló la montaña en siete años, que son los siete estadíos meditativos del buda antes de alcanzar la iluminación; a su regreso Zopa Rinpoche fundó el monasterio de Kopan.

Acabo de llegar a Katmandú, es apenas julio y no hay mucha nieve en las montañas. Al llegar al hotel pido un cuarto con una sola cama, pero me dan una que tiene dos. La otra cama vacía me hace recordar que planeé este viaje con ella.

Decidí comprar un boleto de avión a Lukla, un poblado que se encuentra justo en los Himalayas, es un camino más rápido a Sutne Mahila. Al salir del aeropuerto, una sensación de libertad me invade, pareciere que acabo de despertar de un largo sueño. Después de algunas horas de estar caminando, paso por un pequeño arroyo en donde el agua se ha congelado. Necesito comer algo, a esta altura no tienes apetito, pero tienes que obligarte a comer. Paso por un pequeño restaurante que no da ninguna señal de estar funcionando, después de hacer ruidos exageradamente altos, sale una joven tibetana. Su sonrisa genuina y sus pómulos rosados resaltan de su rostro, es gente de las montañas. Solo sé pedir una cosa, té y fideos, de pronto mi apetito vuelve a surgir. Termino de comer y por un rato me siento a ver a los demás alpinistas que siguen el mismo camino que el mío. Veo una chica caminando sola, y me acuerdo de ella. La primera vez que la vi fue apenas un vistazo, ella había parado en el mismo lugar que yo, y había en su mirada una ternura, una inocencia, que me hizo entrar en confianza, como si la hubiera conocido desde hace mucho tiempo.

Llevo dos días de caminar y ya se puede divisar el monasterio que se encuentra en lo alto de una montaña, la niebla lo esconde a ratos, me sorprende que aún no escuche las campanas para los cánticos. El monasterio está vacío. Al entrar, un patio grande guarda a sus únicos habitantes, un grupo de yaks. 

Salgo del que fue mi hogar por algún tiempo, apenas voy a la mitad del camino. Después de algunos kilómetros de haber caminado, empiezo a sentir mareos, pero sé que no puedo parar aquí, la montaña se puede ver cerca, muy cerca. 

Al comenzar el ascenso, descanso por unos minutos y respiro profundamente, trato de tranquilizarme y bajar mi ritmo cardiaco, aquí no importa lo fuerte que eres, a cualquiera le puede afectar la altura. Han sido mis pensamientos los que me hicieron olvidar por un momento dónde estoy y a qué vine. Necesito concentrarme, continuó el ascenso, así que doy un paso hacia adelante y respiro profundamente, exhalo e inhalo, el otro pie y vuelvo a respirar. Para no volver a apresurarme, trato de repasar uno de los mantras que aún recuerdo y me concentro en mi caminar, necesito llegar el día de hoy.

El Summit de la montaña está a unos cuantos metros de mí, pero no puedo seguir, las piernas ya no me responden. Yo sé que es miedo, el mismo que he sentido varias veces en mi vida, el mismo que hace casi un año me abofeteó en el rostro. Dejo la mochila a un lado mío, sigo avanzando y saco una pequeña caja de madera tibetana.

La tarde que ella murió, pasé por brunnenstrasse, me senté unos momentos a ver los niños jugando, escuchando cada gota cayendo en el agua y me pareció que el tiempo se había detenido. Un año antes, salimos por esa calle con el diagnóstico, callados tomamos el tren de regreso a casa. No hablamos nunca más del asunto, lo que siguió fueron solamente los trámites requeridos para su partida. El silencio fue nuestra forma de evadir el poco tiempo que nos quedaba.

El día en que se fue, el doctor me pidió despedirme de ella, nunca lo pude hacer, sólo le dije lo que me callé todo el tiempo que estuvimos juntos, que me perdonara por no haberla amado lo suficiente. 

Escucho ruidos debajo de la montaña, mierda, este momento es sólo mío y de ella, no quiero compartirlo con nadie más, tuve que irme un día antes de la ceremonia, agarrar sus cenizas y tomar el primer avión. 

El día es perfecto, se puede ver la cordillera, un pájaro negro se acerca, platicamos, me pregunta qué hago aquí, le digo que vine a despedirme de una vieja amiga, él lo sabe porque también estuvo aquí la primera vez, cuando tomé su mano para ayudarla a subir, cuando las piernas nos flaqueaban. 

Abro la caja y dejo que respire este aire, puedo escuchar sus pulmones abriéndose como tratando de agotar los últimos momentos de vida, como aquella tarde cuando de pronto se alejó. 

El viento es fuerte, hay mucho espacio allá abajo, varias gotas mojan las cenizas, han hecho un hoyo en la espesura del polvo. Es tiempo de dejarla ir, va cayendo y disipándose, algunas siguen el camino del viento, otras caen apenas al lado mío, la caja se va quedando vacía y más y más gotas recorren mi cara, algunas se confunden con sus cenizas en el suelo. Me imagino que quedará vagando en la nieve como la mujer que pinta Segantini, pero ella fue siempre así, triste de no estar en la montaña. 

Adiós amor, nos vemos en otra vida.

Autor: Víctor Cabrera Solórzano
Originario: Tuxtla Gutiérrez, Chiapas

Abogado de profesión, estudié cine en Australia y México, mi pasión son los videos y documentales de la naturaleza, mi primer contacto con el montañismo fue en Tailandia, donde tomé un curso de escalada, y en Nepal; de regreso a México decidí seguir con el montañismo y me inscribí a la asociación de montañismo de la UNAM, también me encanta el mar y el buceo, mi sueño es llegar a ser un documentalista de la naturaleza.

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