El pacto fraternal (Escritura de Montaña)

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Texto Selección Oficial: Convocatoria Escritura de Montaña 2020.

El pacto fraternal

Solo hasta estar de regreso en el auto casi quince horas después de haber iniciado el ascenso, con labios y fosas nasales cuarteados y con varios dedos entumecidos por el frío, fue que percibí la inmensidad y el silencio absoluto de la cima detrás, custodiada por un ejército de gigantes cedros. No sé cuánto tiempo estuve arriba luego de lo que pasó, mirando hacia donde él ya no estaba y decidiendo si dejaba las cosas ahí como estaban o bajaba algo conmigo. 

Mientras descendía entonces con los ojos húmedos y adolorido del peso de ambas mochilas, recuerdos de antaño se volvieron fotografías: mi hermano tres años mayor encima de mí, golpeándome cariñosamente; los dos recorriendo la calle en las bicicletas que recién nos habían traído los Reyes Magos; y el último altercado en donde se decidió que el afecto consanguíneo quedaría relegado estrictamente a temas indefectibles.

Luego de tantos años de alejamiento quizá debí intuir algo en el tono —se supone que los hermanos desarrollan un cierto sentido común entre ellos— o en su insistencia de subir en esa fecha, justo a mitad de temporada de ascenso, cuando la nieve del pico ya se ha derretido y la ruta acoge quizá solo a algún par de novatos aventureros acompañados por su guía; la realidad era que aún después de varias décadas, el primogénito seguía imponiendo potestad sobre mí. 

Una vez que nos encontramos y llegamos el punto de inicio, luego de un gélido saludo y un sistémico silencio, montamos el campamento a unos tres mil metros de altura. Dormimos preparados para ascender alrededor de la una de la mañana y cuando iniciamos pensé que sería como aquél juego que repetíamos hasta el hartazgo de pequeños, en donde ganaba quien aguantara más sin decir palabra.   

El hombre que entonces me seguía el paso en la montaña era ahora un perfecto desconocido; con los años se había vuelto una réplica en tonos castaños de nuestro padre, asimilando modismos y carácter; incluso le hablaba similar a nuestra madre, como si en cualquier momento fuera a suplantarlo  —un papel del cual yo ni siquiera participaba—. 

Durante las primeras horas hicimos un par de paradas para hidratarnos, el rumor de la hierba bajo nuestras botas nos adormilaba y la constante queja del viento colándose entre los árboles de alguna forma modulaba nuestro distanciamiento. Resolví que disfrutaría del paseo, como si lo hubiera hecho solo desde un inicio, llegaría a la cima y nada habría cambiado entre nosotros.  

Alcanzamos a la cima dentro del tiempo estimado, comimos algo ligero en silencio mientras un par de nubes cubrían el lado izquierdo de la montaña. Hice algún comentario trivial respecto a las condiciones climatológicas y luego volví a guardar silencio.

Una vez iniciado el descenso él se detuvo y se quitó la mochila. Yo seguí avanzando hasta que se hizo evidente que no se movería, así que regresé y ascendí hasta donde estaba. Parecía hipnotizado, admirando el vacío arcilloso e infinito bajo sus pies.    

—Titíto, vine porque necesito que hoy hagas algo por mí —enunció hablándole al aire.

“Titíto” no es mi nombre, es Alfredo, pero por deformación de pronunciación de mi hermano crecí con ese apodo, que siempre odié. Aquel era el nombre con el que me llamaba de pequeño, con el cual asentaba su jerarquía, pero también su lealtad y cariño. Me humillaba pero jamás permitía que alguien ajeno lo pronunciara. 

Los rumores que escuché entonces respecto de la fábrica que mi padre le había heredado por derecho pensé que solo eran eso, una mala racha; tampoco sabía que mi cuñada y sobrinos llevaban meses viviendo fuera de su casa. 

Lo que terminó por suceder ahí arriba me lo llevo; se queda conmigo y respetaré nuestro acuerdo. Llegando a la pluma del guardabosques di la alerta, el resto del relato no tiene importancia. 

A la fecha mi silencio continúa respetando aquel pacto fraternal, pero se ha extendido pues me cuesta pronunciar su nombre, aún más, escribirlo.  

Autor: Carlos Jáuregui  (CDMX, 1978)

Abogado de formación (UIA, 2003), LLM (USD, 2009) y Master en Escritura Creativa (UCM, 2017). 

Pertenezco al club de montañismo Trepacerros (https://trepacerros.com) desde el 2017, ascendiendo siete de las diez montañas más altas de México.

Me dedico al negocio inmobiliario, colaboro con diversas revistas literarias con reseñas de libros y soy co-editor de la revista (https://leealgo.com).

Pasatiempos: viajar, senderismo y cañonismo y lectura. 

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