El llamado (Escritura de Montaña)

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El llamado

Mis pisadas resuenan en la arena. Escucho como mis botas mantienen un paso rítmico, casi melodioso. A mi alrededor, la sierra imponente de Majalca parece que crece y se hace más grande mientras más avanzo por ella. Los colores terrosos predominan en el paisaje y por un momento me siento como en esas películas de indios y vaqueros. Y en parte, esa sensación no está tan alejada. En general la ciudad de Chihuahua parece que todavía está regida por las leyes del viejo oeste. Gente trabajadora, amante de la naturaleza y los animales fueron los que me recibieron a mi llegada. Son con un grupo de estas personas con los que camino en Majalca. 

Daniel, dueño Roka Gym, el único rocódromo en la Ciudad de Chihuahua es el organizador de esta salida a escalar. Él va a la cabeza del grupo. A pesar de yo tener experiencia escalando, se siente a kilómetros la experiencia de Daniel. Somos un grupo grande, cada persona con su mochila y equipo a la espalda. Con espíritu militar, cada uno sabe qué y cuánto cargar. Observo a mi alrededor y veo al grupo caminar. Muchos no han tenido experiencia ni siquiera al salir a la naturaleza. Verlos preocupados pero emocionados, expectantes de lo que Majalca pueda ofrecerles, me recuerda a mí mismo hace unos años. Como si de un video en cámara rápida se tratase, recuerdo mi paso por los deportes de naturaleza y montaña. 

Puedo asegurar que mi primera experiencia con esta vida fue cuando tenía 12 años. Habíamos ido con mis primos y mis tías a unas cabañas al lado de un bosque. Al día de hoy no recuerdo exactamente dónde era. Lo que sí recuerdo son las sensaciones. La sensación de libertad, de asombro y de paz. Como un chico nacido en ciudad, la naturaleza siempre representó ese mundo diferente y misterioso. Recuerdo estar parado afuera de la cabaña al amanecer, observando la línea de árboles cuando el bosque me empezó a llamar. No era una voz, ni un grito fantasioso, simplemente era una fuerza que me jalaba al bosque, me pedía ir. Esperé a que mis primos y mi hermana se levantaran y mientras mis tías se quedaban en la cabaña, decidimos ir a explorar el bosque. 

Al entrar, todos los sonidos cambiaron por ese característico de la naturaleza. Una mezcla de insectos, pájaros, viento. Incluso, nos llegó a dar la sensación de poder escuchar los olores y oler los colores. Es esa sensación mágica que te brinda la naturaleza. Yo era el mayor y se esperaba que yo guiara. Éramos 5 niños, todos menores a 12 años, entrando a un bosque desconocido y, para nuestra perspectiva, enorme. 

Comenzamos a caminar y creíamos seguir un camino, pero pronto estábamos totalmente perdidos. Aun así, no nos sentíamos nerviosos. No sé si era nuestra inocencia o la paz que nos transmitía el bosque. Mi hermana, después de un par de horas, sugirió regresar. Regresamos siguiendo un pequeño riachuelo. Mientras nuestros pies chapoteaban en el agua, íbamos felices y seguros de nuestras pisadas. Así regresamos a las cabañas. Resultó que habíamos estado casi medio día fuera. Nuestras madres preocupadas, pero nosotros, ajenos y extasiados de nuestra gran aventura. 

Mientras sigo caminando por la sierra de Majalca, me río. Recuerdo como en mi mente de niño, ese día fue una aventura, y lo que fueron algunas horas, para nosotros se sintió como una eternidad. Respiro el aire seco de Majalca y me vuelvo a preguntar si fue mi inocencia o el efecto del bosque. Levanto la mirada y veo como el grupo me habla para que apure el paso. A su espalda Majalca se alza imponente. No se qué llamado es más fuerte, si el del grupo o el de la sierra, el mismo que me llamaba en el bosque, el mismo que todos hemos escuchado y nos ha arrastrado a escalar, caminar, subir o bajar; ese llamado que no se puede describir, pero es la respuesta a cuando te preguntan la razón por la que sales. Ese llamado que no tiene voz, pero se escucha.

Autor: Humberto Guzmán Garduño
Nacido en Ciudad de México, estudiante de ingeniería y apasionado por las actividades de naturaleza. Inició este gusto cuando empezó a escalar a los 12 años. A partir de ahí los deportes extremos y outdoor fueron fluyendo con él, llegando a certificarse de buzo, conquistar algunas cimas de picos menores mexicanos y disfrutando salir a correr y rodar en bicicleta de montaña.

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