El horizonte de un Curiquingue (ESCRITURA DE MONTAÑA ECUADOR)

Texto Selección Oficial Convocatoria de Escritura de Montaña en Ecuador en tiempos de coronavirus. ¡Lee, comparte y vota!

Texto Selección Oficial: Convocatoria Escritura de Montaña en Ecuador 2020, organizado en colaboración por Tras las Huellas de Whymper y el Freeman Film Festival.

El horizonte de un Curiquingue

Nací entre rocas y paja, en donde las nubes descienden para jugar con el páramo. Mi familia me enseñó a brincar, antes siquiera que cantar; así es como buscamos alimento entre pajonales y lagunas. Un día brincando llegué a una laguna, me miré en el agua; mis plumas son de un color café pardo con excepción de mi rostro que es pálido, unos ojos negros muy grandes y un pico.

Mi madre me contó que nuestra familia vive por toda la cordillera, de norte a sur, a donde vaya entre las montañas siempre me encontraré con un pariente. Mi padre nació, vivió y murió en el mismo páramo. Por primera vez me pregunté cómo teníamos familia en tantos lugares si no nos animabamos a salir de casa.

Durante ciertas fechas miraba hacia arriba y un ave gigante siempre sobrevolaba hasta perderse en el horizonte; algunos amigos me dijeron que la conocían como cóndor, volaba muy alto y su territorio es muy extenso. Me preguntaba -¿Qué había más allá, a donde iba el cóndor?-. Yo también quería hacer ese recorrido, quería seguir hacia el horizonte donde se perdía ese gigante pájaro.

Me despedí de mi bandada y decidí emprender mi camino. Mi madre me dio un último consejo para no perder el rumbo –“El sol de la mañana siempre debe estar bajo tu ala izquierda y el de la tarde morir debajo de tu ala derecha, tu deberás seguir en mitad de estas”-. También sabía que no podía bajar del páramo ni subir a las nieves, mi limitado cuerpo no aguantaría, así que, brincando alcé el vuelo, con las coordenadas listas hacia el sur.

Vi a muchos parientes mientras atravesaba las cimas rocosas, lagunas, bosques gigantes y cumbres desmoronadas. En algunas montañas los hombres aprendieron a dividirlas en rectángulos de variados colores; los conocí como sembríos, me acerqué a una de estas plantaciones y me trataron muy bien. Me contaron sus dueños que cuando un curiquingue aparece por estas parcelas es un augurio de buenas cosechas.

Seguí camino al austro, la cordillera se dividía en dos, la de mi ala derecha la conocían como Cordillera Occidental y la de mi ala izquierda como Cordillera Real. Viajaba maravillado con la cantidad de montañas que tenían, algunas con muchas rocas, otras con nieve, incluso otras botaban kilómetros de humo, por ahí escuché que la llamaban Avenida de los Volcanes

Bajé a los poblados y me asombré al ver que las personas se disfrazaban con alas de coloridas plumas y un sombrero que parecía la cabeza de un ave. Danzaban como mi familia, “brincaban por aquí y brincaban por allá”. Aquí también conocí unos chagras que lucían sus zamarros de plumas de curiquingue.

Regresé hacia las montañas y me encontré con poblaciones de indígenas, ellos tenían jefes que los llamaban caciques. Me hice amigo de uno, me contó que sólo las autoridades de cada tribu pueden lucir mis plumas en sus coronas; dijo que para su cultura yo soy una ave sagrada, que mi nombre se puede entender como “El oro de los Incas”. 

En otro poblado aprendí una peculiar palabra, esta era Sincretismo. Un comunero de esta zona dijo que se conocía así a la unión de la cultura del pueblo y la religión impuesta, y que una de las fechas que más festejan era la de Corpus Christi. Ellos visitaban unos templos pero los indígenas todavía tenían sus creencias, llevaban mis plumas escondidas entre sus ropajes para bendecirlas y con ello tener buena fortuna. 

Recogiendo historias por toda la serranía pasaron años. Seguí hacia el horizonte del cóndor cuando encontré una gigantesca montaña. Si el cóndor era la más majestuosa de las aves, esta era la más majestuosa de las elevaciones, pero por alguna extraña razón ya la había observado en una imagen antes; estaba en conjunto con un cóndor, banderas, plantas y un barco. Sus nieves llegaban tan alto que se fundían con el cielo y tan bajo que se fundían en un desierto. Hubiera querido quedarme, pero tenía un horizonte que seguir. Cuando partía con el sol naciente a la izquierda y el crepúsculo a mi derecha, la miré por última vez; en verdad creo que este monte salía del planeta.

En el ocaso de mis días llegué a otra elevación que me cautivó; era verde y su cumbre cubierta de nieve con una chimenea que arrojaba mucho humo. Me enamoré de esta, decían que se llamaba Tungurahua. Me apoyé a un árbol para observarla; llegó la noche y si algún día pueden pararse al frente para observarla mientras escupe fuego, créanme será de los mejores paisajes de su vida.

Continué el recorrido. Cada día me costaba más volar; entendía porqué mi familia prefería brincar en el páramo, pero qué sería de la vida si todo fuera fácil. 

Mi último día llegó, sin lugar a dudas en el lugar perfecto: una corona de rocas con muchas puntas nevadas y una laguna en su interior; en sus épocas juveniles había sido un volcán, lo llamaban Capac Urco o Altar.

Aterricé en el valle de Collanes y brinqué hasta la laguna. Había nacido entre rocas y paja, y me devolvía al mundo entre ellas. Me volví a mirar en la laguna, mis plumas habían cambiado, oscuras y brillaban con el sol, mi cara estaba muy colorada; creo yo que ese color rojizo expresaba la alegría de haber visitado muchos lugares y conocido muchas historias. Sólo me quedó una duda y era hacia dónde iba el Cóndor; él me inspiró a hacer este viaje y gracias a él había llegado ahí. Al final me entregué a la Pacha Mama feliz, habiendo conocido como ningún curiquingue antes, mi país. 

Autor: Esteban Solano – Auki

 Nací y crecí en la ciudad de Cuenca. Por motivos laborales y académicos actualmente resido en la ciudad de Quito. Trabajo en el sector público del Ecuador en el área de educación superior. Desde niño siempre ha existido una pasión hacia las montañas, la naturaleza y los deportes de aventura y ya viviendo en Quito al fin pude explotar al máximo el hobby de «Alta Montaña». Ahora me encuentro desarrollando temas de vinculación entre la cultura y el deporte, siempre queriendo buscar una retribución desde y hacia las personas con la sociedad.

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