El aire más puro, volver a nacer (Escritura de Montaña)

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Texto Selección Oficial: Convocatoria Escritura de Montaña 2020.


El aire más puro, volver a nacer

Después de una primera noche acampando en las faldas del Citlaltépetl con la tienda cubierta de rocío congelado y de una segunda noche que fue interrumpida varias veces por unos intrusos ebrios y violentos en el refugio de Piedra Grande, Alex y yo emprendimos la subida hacia el glaciar de Jamapa, con la ilusión de llegar por la mañana a la cima del volcán; Omar se quedó en el refugio. 

Alcanzamos el glaciar cuando el negro del cielo empezaba a transformarse en violetas y azules y la temperatura parecía caer de manera incontenible. Es difícil describir la sensación de estar allí parado frente a la infinita sábana de hielo. El viento helado cortaba la cara y parecía llevarse el calor del cuerpo como cuando se sopla una vela. Dentro, escuchaba mis latidos y mi respiración acelerados por el cansancio y por el escaso oxígeno que se diluía en el aire más puro que jamás he probado; fuera, únicamente escuchaba el viento golpear mis orejas. Pero cuando el viento paraba, podía escuchar el vacío, un silencio capaz de cubrirlo todo. En esos momentos pensaba que, pase lo que pase, vivir ya había valido la pena. Delante de nosotros iban varios grupos que, en su conjunto, parecían formar una procesión motivada por una fe inquebrantable, aunque no se supiera exactamente en qué.

El paso a paso hasta la cima, la sensación de gratitud e insignificancia al llegar allí, admirar las entrañas de la tierra a través del cráter y ver el volcán y el mundo desde los cincomiles merecen una narración aparte. Lo que en estas líneas quiero agradecer es lo que sucedió horas después. Cansados y consumidos por el agotamiento, nuestro descenso fue cada vez más lento y vacilante. Pasado el mediodía, cuando ya deberíamos haber vuelto al refugio, nos encontrábamos aún muy lejos y fuimos envueltos por el mal tiempo; si por la madrugada podíamos ver en el firmamento hasta la última de las constelaciones, a esa hora la neblina no nos permitía ver ni siquiera la nieve bajo nuestros pies o la propia mano con el brazo extendido al frente.

Finalmente las nubes se disiparon pero yo no fui capaz de reconocer el camino, así que sólo seguí a Ale y, después de algunos minutos, vimos terreno conocido y a Omar esperándonos bajo un pequeño desfiladero; preocupado por nuestra tardanza, había dejado el refugio para ir a buscarnos. Tengo que decir que justo antes de que el cielo se abriera, yo había hecho una suerte de plegaria para ver alguna señal que nos permitiera continuar. Sea con ojos de fe, de superstición o de casualidad, aquel momento en que pude por fin ver una pincelada de cielo azul me dio la certeza de que no estamos solos ni somos producto del azar.

Al ver a Omar, Ale hizo un pequeño rodeo y se encontró rápidamente con él, pero yo, seguramente ya no en mis cinco sentidos, comencé a bajar por el peor sitio posible. Resbalé, pero me detuve con firmeza, resbalé de nuevo y comencé a vacilar. Pero la tercera fue la vencida. Resbalé y traté de detenerme más de una vez, pero intuí mi fracaso y me dejé ir. Recuerdo cómo con esa última gota de lucidez decidí no pelear más, sino asumir que no podía hacer ya ninguna cosa y ahí comencé a caer. La siguiente escena en mi memoria es estar tendido al pie del desfiladero diciendo algunas cosas sin sentido, mientras que Omar a mi lado respiraba aliviado y Ale desde más lejos se enteraba de mi retorno a este mundo al tiempo que se tallaba el cuerpo como si algo lo hubiera atropellado.

Después supe que justo eso es lo que había pasado. Al verme resbalar por la pendiente, Ale corrió hacia mí y se lanzó para detenerme. Yo caía con tal velocidad que lo arrollé y resbalamos los dos pero, de no ser por él, yo me habría estrellado sin freno alguno contra la roca que finalmente me detuvo. Si el choque no acabó conmigo, fue gracias a que Ale arriesgó su vida misma. Uno de sus bastones se rompió, Omar dice que mi piolet llegó a hacer chispas mientras resbalaba y yo recogí varias de mis pertenencias esparcidas por varios metros a la redonda.

El resto del descenso hasta el refugio lo hice un poco andando y casi colgado de la espalda de Omar, quien no dudó en llevarme cargando pese al agotamiento físico y el torbellino emocional de haber subido a la montaña y casi perderme allí. Varios montañeros ya se habían alertado y congregado en las cercanías del refugio y a nuestra llegada nos trataron como verdaderos hermanos. Un médico presente entre los montañistas dio cuenta de que no era indispensable buscar ayuda (la cual sólo encontraríamos en medio de la noche y a varios kilómetros de allí) sino descansar y marchar al día siguiente a casa a celebrar el fin de año.

Así que, amigas y amigos, si tengo el placer de haber estado por aquí durante los últimos años, dando por igual alegrías y sinsabores, maravillándome de este mundo y aprendiendo de las personas a quienes he conocido, es en gran medida gracias a Alexander y a Omar.

Autor: David de Jesús Torres Rodríguez

Nací en Xalapa en 1986 y soy violinista en la orquesta sinfónica de mi ciudad. Desde pequeño he tenido una fascinación especial por los paisajes y las montañas, quizá por haber crecido en esta ciudad tan llena de verde por aquellos años y por haber escuchado durante mi infancia los relatos de mi papá, quien en su juventud frecuentaba con sus amigos el Cofre de Perote y otros rincones naturales de la región. Luego fue mi hermano mayor quien me animó a acompañarlo a algunas excursiones, entre ellas, las primeras que hice al Pico de Orizaba.

Más tarde vino el deseo de viajar cerca y lejos. Es así como conocí la Cordillera Blanca en Perú, la Tierra del Fuego en Argentina, las Cataratas en Iguazú y las montañas de Cataluña, durante un período en que viví en Barcelona.

Algunos otros de mis grandes placeres son caminar sin rumbo, andar carreteras y conocer idiomas. Creo que todo ello en convivencia con la naturaleza invita y ayuda a mantener la mente siempre despierta y abierta a la diversidad.

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