De cuando decidí ser guía de montaña (ESCRITURA DE MONTAÑA ECUADOR)

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Texto Selección Oficial: Convocatoria Escritura de Montaña en Ecuador 2020, organizado en colaboración por Tras las Huellas de Whymper y el Freeman Film Festival.

De cuando decidí ser guía de montaña

La noche estaba un poco ventosa y las nubes no muy altas. Éramos la segunda cordada del grupo. Subíamos el glaciar que cada vez se empinaba más, encontrado paso entre grietas y paredes de hielo glaciar. Como guía certificado, estaba a cargo de dos montañistas muy fuertes y avanzábamos rápido y sin contratiempos.  La ascensión al Tocllaraju en la Cordillera Blanca, en los andes norte del Perú, estaba siendo una de las que más he disfrutado.

 Llegamos a la primera sección técnica de la ruta, una pared de unos 50 metros de altura con tramos de hasta 90 grados. Subí primero sobre un poco de nieve suelta pero ésta mejoró mucho en los últimos metros. Encontré un seguro con una estaca y aseguré a mis clientes que subieron en sobre con algo de esfuerzo. Cuando llegaron a la reunión donde yo estaba organizamos el equipo y seguimos con el resto del grupo. En total éramos ocho montañistas con cuatro guías. La ruta seguía por glaciar con menos inclinación y después de buscar el paso entre bloques enormes de hielo,  restos de una caída de seracs llegamos a la parte final de la ruta: una sección de alrededor de 100 metros de altura a 6,000 metros con secciones de hasta 90 grados. Es el llamado “crux” de la ruta, la parte clave, la sección más dura. Y también la más divertida. En este punto, mientras escalaba despacio buscando los lugares más adecuados para meter tornillos de hielo que eviten una posible caída mía y que ayuden a mis clientes que vendrían después, me puse a pensar en el momento en el que decidí ser guía de montaña. En mi caso particular, yo sabía exactamente que quería formarme como guía de montaña y también me acuerdo del momento exacto en el que tomé esa decisión.

Tenía 17 años y empezaba el programa “Del Ilaló al Cotopaxi” con Fabián Zurita, referente del montañismo ecuatoriano. Ese domingo, el plan era subir al Ruco Pichincha por la ruta de la arista, también llamada “Paso de la Muerte”, ruta sobre roca firme más técnica que la normal. En esa época aún no estaba construido el Teleférico de Quito, así que se empezaba a caminar muy temprano desde la Avenida Occidental. Nosotros nos encontramos  a las 4 am con un grupo grande y varios guías. La primera parte de la ascensión cruzaba el bosque montano del macizo del Pichincha hasta llegar al pajonal, sobre los 3,500 metros y conquistar una loma a 4,100 metros, conocida como Cruz Loma. Años después, sobre esta loma se construiría la estación superior del Teleférico de Quito. 

Desde Cruz Loma tomamos una arista que va a hasta la parte rocosa del Ruco Pichincha. Llegando a la roca, el sendero se divide en dos: uno va hacia el nor-occidente a la ruta normal por el arenal y el otro se monta en la arista, directo a la cumbre. No me acuerdo exactamente qué hora era cuando empezamos la escalada, pero calculo que debió ser cerca de las 9 am. El numeroso grupo avanzaba como una oruga sobre la cresta; en momentos más rápida y en momentos más lenta. No llevábamos arnés ni casco y me parece que los guías llevaban cuerdas cortas para asistir a cruzar el tramo más complicado, el “crux”, a los 4,600 metros. El Paso de la Muerte es una sección de unos 30 metros de largo con precipicio a los dos lados. No es difícil pero sí es muy expuesta. Cuando todo el grupo llegó a ese punto y los guías ayudaban a cruzar este paso entre el miedo y algunos sollozos y llantos, fue el exacto y preciso momento en que decidí ser guía. La imagen está grabada en mi mente y las sensaciones que me produce ese momento son de las más gratas que he sentido. Yo estaba cruzando el paso, una vereda de roca de un metro y medio de ancho con caída a ambos lados; gente adelante y atrás mío con cara de concentración y muchos de preocupación. En la parte final del paso se debe escalar hacia arriba unos dos metros y justo en ese momento, cuando estaba moviendo la mano para alcanzar un agarre, vi la figura a contraluz de uno de los guías. Recuerdo la confianza de daba verle tan tranquilo en ese pequeño pico ayudando a gente que no conocía en una situación potencialmente mortal. Recuerdo su solvencia al moverse en terreno complicado. El olor de montaña, de altitud, de humedad. La tensión de algunas personas y la emoción de todos al superar ese tramo. En ese preciso momento decidí que quería ser guía de montaña. 

Veintiséis años después, y veintiséis metros debajo de la cumbre del Tocllaraju me venían a la mente estos recuerdos tan especiales. El clima al llegar a la cumbre era malo. Viento, humedad y frío. Le escarchaba la ropa y el equipo, los ojos se secaban por el frío. Estábamos cansados de escalar por cerca de 9 horas. Y estábamos felices, sonriendo. Después de rapelar los 100 metros desde la cumbre abordamos la caminata por el glaciar y el clima empeoró. Empezó a nevar copiosamente. Al momento de rapelar el último tramo complicado las pequeñas avalanchas bajaban por la empinada cara de la ruta directa. Llegamos al campamento base cerca de las 9 de la noche. Estuvimos escalando por 19 horas y, tanto yo como mis clientes y demás miembros del grupo, estábamos exhaustos. Cuando me acosté a dormir esa noche, los recuerdos de ese día en al Paso de la Muerte me hicieron sonreír y sentí que estaba viviendo ese sueño que había empezado a construir hace tantos años. 

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Autor: Camilo Andrade Dávila

Licenciado en Ecoturismo y Guía de Turismo Nacional

Guía de montaña Aspirante  ASEGUIM

Quito – Ecuador
(00593) – 984 118 063

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