¿Cualquiera puede subir una montaña? (Escritura de Montaña)

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Texto Selección Oficial: Convocatoria Escritura de Montaña 2020.

¿Cualquiera puede subir una montaña?

“Comienza ascenso por los pies, sólo con equipo especializado” decía el letrero que nos detuve a mi madre y a mí de seguir subiendo en aquel paseo familiar cuando yo tenía 17 años. ¿Qué necesito para seguir?, ¿alguien como yo podría hacerlo? me pregunté…

A medianoche con la mochila lista y bien equipados empezamos a caminar. Estaba muy oscuro, aunque no se veía, sentía poco a poco la exigencia de un camino empinado, el tiempo que había invertido en entrenamiento físico ahora iba a ayudarme. 

Llegamos a un punto en donde tendríamos que decidir si continuar o regresar. La mitad de mi grupo regresó al campamento, fue a partir de aquí que sentí el gran esfuerzo que mi cuerpo estaba haciendo y sin embargo le gustaba. Debido al terreno arenoso, al dar un paso parecía que regresaba dos. Veo a mis compañeros que como yo se desesperan de no ser más veloces, pero en sus ojos también veo la fuerza que concentran. ¡La lobreguez de la noche ocultaba de nuestra mirada la gigantesca pendiente que estábamos subiendo y que parecía no tener fin!, pero sí lo tuvo, porque ahora la arena dejaba paso a las grandes piedras amontonadas que te retan a dejar de usar los bastones como apoyo para empezar a ocupar las manos y sentir la emoción del climbing. Estaba por amanecer y la claridad era instantánea, me sentí tan agradecida de poder admirar el alba a la altura de un volcán, me parecía que el sol salía a la misma altura que nosotros. Mientras se iluminaban las ciudades, podía verlas como si fueran un inmenso mapa topográfico con sus relieves y llanuras como solo en los libros había visto.

Para mi parecía la cima, más todavía no. Habíamos llegado a las rodillas, debíamos continuar, ahora ya veía con claridad por dónde íbamos. Comenzaba a preocuparme la posibilidad de resbalar en un mal paso, pero teníamos que llegar al vientre en donde pude descender sobre una ladera revestida de hielo poniendo en práctica las instrucciones recibidas previamente por parte de nuestros instructores. ¿Frío? ¡Sí!, más dejó de importarme cuando pude sentir por vez primera un extenso glaciar bajo mis pies; enseguida tuve el absurdo temor de que pudiera agrietarse con mi peso, ¡como si 50kg pudieran dañar esa majestuosa estructura! 

-“Ya es un poco tarde para llegar a la cima”- dijo el guía, y reposamos junto a una roca imponente que sin duda te recordaba lo pequeño que eras. -“Si dejamos las mochilas podremos alcanzar cumbre”-, dijo el guía mientras se ponía de pie. Con mucha emoción dejamos nuestras pertenencias para continuar. A partir de aquí se encendió en mi mente un miedo increíble: el viento es fuerte y yo no peso mucho, pensé. Caminábamos sobre un sendero angosto; pude ver del lado derecho una escarpada y al voltear al lado izquierdo otra aterradora escarpada o, como yo me repetía: -“Muerte de un lado y muerte del otro”-. De pronto sentí una fuerte ráfaga, me agaché y me quedé inmóvil con la convicción de que ya era suficiente, ¡no iba a continuar!, ¡tenía mucho miedo! Entonces, recordé que desde hace 10 años quería estar justo ahí, que me había prometido algún día estar de pie a esos 5,230m sobre el nivel del mar, no me perdonaría haberme quedado a tan sólo algunos metros de conseguirlo, así que caminé con paso firme y un pensamiento determinado: ¡CUMBRE!

Llegar a la cima es un regalo perpetuo, y aunque creía que ya lo había conseguido, no era así, aún falta descender. Se podría creer que es lo más sencillo, más ahora sé que no es así. Volví a tener miedo de seguir, veía acantilados por todas partes y con ellos las posibilidades de no regresar a casa con la familia que justo ahora estaba preocupada por mí. De regreso vi claramente aquella pendiente arenosa que de noche era imposible contemplar, y entendí que de haberla visto como la veo ahora con su enorme tamaño, tal vez no la hubiera subido. Descansamos de nuevo en aquel famoso refugio, tenía calor, las rodillas comenzaban a molestar, estaba fatigada y el dolor en los pies era intenso; deseaba ya estar en casa, pero aún faltaba camino por descender. Quedé impresionada con la altura de aquellas pendientes que a pesar de solo formar parte de las faldas del volcán seguían imponiendo respeto.

Al llegar a mi hogar mi tío, quien ya cuenta con experiencia en montaña, me ayudó durante las siguientes semanas con la recuperación física y, por supuesto, la recuperación emocional, porque como él me dijo: -“es verdad que el corazón se abre al descubrir lo maravilloso de la naturaleza y su dureza, es necesario eliminar miedos y angustias recién activadas, la mente ha recibido tanta energía que es necesario tomar tiempo para valorizarlo”-.

Ahora me siento decidida a alcanzar una nueva cumbre y ya comienzo a prepararme. 

¿Cualquiera puede subir una montaña? Me parece que sí, o quizás al subir dejas de ser cualquiera.

Autora: Laura Verónica Zamora Fuentes 

Tengo 27 años y nací en la Ciudad de México en septiembre de 1992, concluí la licenciatura en Contaduria Pública en la Universidad Tecnológica de México. 

Disfruto cantar tanto como hacer ejercicio, mi gusto por los deporte al aire libre comenzo desde niña porque asistia a campamentos donde realizabamos entre otras actividades competencias físicas; me dí cuenta que no me importaban los insectos molestos, las quemaduras de sol o ensuciar mi ropa con lodo, de esta manera cambie el manicure por unas manos rasguñadas como resultado de la practica de rappel o los moretones en las piernas por el cañonismo porque simplemente adoro hacerlo.

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