Con otros sentidos en el Refugio José Rivas del Parque Nacional Cotopaxi (ESCRITURA DE MONTAÑA ECUADOR)

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Texto Selección Oficial: Convocatoria Escritura de Montaña en Ecuador 2020, organizado en colaboración por Tras las Huellas de Whymper y el Freeman Film Festival.

 Con otros sentidos en el Refugio José Rivas del Parque Nacional Cotopaxi

Si me pongo a contar, creo que superaría las mil veces que he subido a las principales cumbres de las montañas y volcanes de mi país, por distintos motivos y en diferentes etapas de mi vida. Cada una me ha dejado un conocimiento, una experiencia y una anécdota que contar. Ascender y descender varios kilómetros de una cima a otra se ha convertido en mi reto personal y mi estilo de vida. En cada expedición siempre tengo un nuevo encuentro con el sol, con el aire, el paisaje, las personas que me acompañan. La experiencia nunca es la misma, la montaña siempre me recibe de diferentes maneras.

Y así de diferente y enriquecedora fue una de las mejores experiencias que viví en agosto de 2017, cuando tuve un encuentro a ciegas con el majestuoso Cotopaxi. La iniciativa vino de un grupo de amigos ciegos a quienes invité a escalar hasta el refugio José Ribas del Cotopaxi, dentro de la Campaña Montaña Segura que realizo desde hace cinco años. Por un momento pensé que era descabellado. Me dije: “¿cómo se me ocurre?, ellos no van a poder y para que los voy a llevar si no pueden disfrutar del camino, ni del paisaje”.  Pero la invitación estaba hecha y la respuesta fue inmediata: “¡Gracias por tomarnos en cuenta, estamos listos para hacerlo! ¡Increíble!”, fue en ese preciso momento en que me di cuenta que el que no estaba listo, era yo. Y así fue como me embarqué en esta aventura que me ayudó a valorar todos mis sentidos, especialmente la vista. 

Fueron varias reuniones con el grupo de ciegos. Hubo preparativos, contactar con los guías, capacitación y talleres para saber cómo manejar a este grupo tan especial. Cuando todo estaba listo y suponía ya estar preparado, vino la idea. ¿Y por qué no me pongo en sus zapatos? Así lo hice. Manos a la obra y ojos vendados. Fue un reto personal y una de las experiencias más importantes de mi vida que me brindó la oportunidad de saber cuán vulnerables somos los seres humanos y a la vez cuán capaces somos de sentir y activar nuestros sentidos. 

Eran las 7:00 cuando llegamos al primer control del volcán. Para ese momento ya éramos amigos los 17 aventureros ciegos, sus guías y el grupo de rescatistas. Todo era diferente, el ambiente, la camaradería, la experiencia. Se podía oler y sentir esas ganas diferentes de enfrentarse a esta experiencia, para ellos, desconocida y para mi totalmente diferente, pero ahí estábamos. Yo los miraba con recelo, con curiosidad, tratando de entenderlos. Pero ellos reían, se emocionaban y seguramente sentían nuestros temores y miedos. Estaba Jonathan y Paul, dos jóvenes que cuesta creer que sean ciegos. Sus movimientos y destrezas me ponen a dudar. Pero los miro y continúo como si nada. La verdad no estoy muy seguro de cómo dirigirme a ellos, cómo tratarlos. Ahí me doy cuenta que tenemos mucho que aprender para relacionarnos con las personas con discapacidad. Cuando me dirijo a ellos trato de no caer en palabras que suelo usar: como pueden ver, miren allá, etc. Pero ellos son los primeros en hacerse bromas al respecto y pues la naturalidad fluye, nos olvidamos de esos detalles que a ellos poco les importa y disfrutamos la travesía. Y llegó el momento de dar las últimas indicaciones y de verles por última vez, porque desde ese momento iniciaba el ascenso con mis ojos vendados. 

¿Qué sentí? Pues miedo, inseguridad, desesperación y muchas cosas más. Pero ahí estaba, listo a cumplir el reto. Podía escuchar mejor, alcanzaba a entender los murmullos, los sonidos de los autos, pero tenía inseguridad de moverme. Desde ese instante dependía de quien en ese momento era mi guía. Los primeros kilómetros me ubicaba, o al menos eso creía, pero con el pasar de los minutos ya dudaba de dónde estaba. Cada paso era más sentido, y más inseguro. Sentía con fuerza el viento en mi cara y escuchaba como golpeaba con mi chompa. Al no poder mirar a la cima, como siempre lo hago para inspirarme y fijarme la meta, trataba de imaginármela y la dibujaba en mi mente. Así hice mi ascenso que costó más, pero lo sentí muy diferente, enriquecedor. En el trayecto escuchaba la emoción del grupo. Ellos sentían la nieve, la tierra, se reían y se emocionaban. Escuchaba cómo los guías trataban de describirles el paisaje, y la forma en que los ciegos lo disfrutaban. Iban conversando, contando chistes y haciendo bromas y yo, iba pensando cómo hacen para sobrellevar esa situación. Llegamos al refugio José Ribas que está a una altitud de 4,868 m.s.n.m y sentí la necesidad de retirarme el vendaje, pero no lo hice. Aprovechamos para hacer un descanso, tomarnos fotografías y comer, pero la verdad, no lo disfruté. No sabía qué era la comida y necesitaba verla. Pero luego me pusieron mi plato y me decía: es sopa de pollo. Tuve que acoplarme a comer, pero no fue fácil. 

Después de esa gran experiencia para mis invitados especiales, iniciamos el descenso, quería hacerlo rápido más que por el frío y el cansancio, por el deseo de sacarme las vendas. Mientras bajaba de la montaña me consolaba pensando que ya me las iba a retirar para regresar a mirar el Cotopaxi, y pensaba: ¿qué sentirán ellos al no poder ver, cómo se resignaron a eso?, qué duro. Uno de los guías me cuenta que Sebastián, que tiene 28 años, perdió la vista progresivamente a causa de un accidente de tránsito. Primero fue de un ojo y luego de un tiempo perdió totalmente la visión. Al fin llegamos a  la laguna de Limpiopungo y pude quitarme la venda. Qué alivio sentí. Pero también sentí tristeza cuando vi a mis amigos. Ellos seguían ciegos. Pero la felicidad y entusiasmo no se iba de sus rostros.  Aplaudimos y nos abrazamos todos juntos y cada uno expresó sus sentimientos. Hasta ahora me pregunto, ¿quién aprendió más de esa experiencia?, ellos que ascendieron por primera vez al refugio José Ribas del Cotopaxi o yo,  que por primera vez desarrollé mis otros sentidos en este ascenso inolvidable.

Autor: Edgar Patricio Arévalo Arévalo.

Lugar de Nacimiento: Provincia Bolívar, Cantón Guaranda, Parroquia San Simón, 15 de Agosto de 1984.

Profesión: Ingeniero.

Pasión: Deportista Libre de Montaña.

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