Camino a la estrella (Escritra de Montaña)

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Texto Selección Oficial: Convocatoria Escritura de Montaña 2020.

Camino a la estrella

Cada lunes tomo mi bicicleta para ir a la universidad y miro cómo amanece aquel gigante indomable, el Pico de Orizaba, el que me alegra cada vez que luce su cúspide totalmente nevaba. Mientras pedaleo pienso que pasamos mucho tiempo atrapados en las ciudades y poco visitamos aquellas montañas tan espléndidas que nos invitan a vivir insólitas experiencias en sus lagos, cañadas y cumbres.

La otra montaña que puedo ver es el Cofre de Perote, y a ésta sí he tenido la oportunidad de visitar algunas ocasiones, pues me queda más cerca y mide 4,282 kilómetros sobre el nivel del mar, mil doscientos metros menos que el Pico de Orizaba. La primera vez que fui al “Cofre” pensé que la Tierra es un regalo tan grande y hermoso que nos corresponde conservar desde nuestras acciones, por más minúsculas que sean.

La segunda visita fue en bicicleta, aceptando la invitación de unos amigos a pesar de no estar entrenada para ello. A fin de cuentas, ahí estuve, subiendo con un ardor de garganta por el aire frío y pedaleando hasta el punto en que las piernas ya no me respondían. Uno realmente va sufriendo y creyendo no poder más, pero siempre surge una fuerza que hace seguir adelante. Tres chicos se habían adelantado tanto que ni los veíamos, así que el amigo con el que yo iba a la par me dijo que subiríamos porque subiríamos. -“Aquí vamos a amarrar la bicicletas”-, agregó.

La última parte la subimos caminando, y efectivamente alcanzamos la cima donde pudimos contemplar todo el paisaje y al fondo el Pico de Orizaba.

Siempre me han dicho que la alta montaña es de respeto y desde que nació en mí el anhelo inquebrantable de subir el volcán más alto de México me propuse habituarme a una fuerte actividad física. La natación fue parte del entrenamiento. En la alberca universitaria encontré a un grupo de amigos enamorados del deporte y las montañas.

Un día les propuse subir corriendo al Cofre de Perote. Para muchos es una ocurrencia, pero yo sabía que para los conquistadores del Pico de Orizaba es un entrenamiento cotidiano. Poco a poco ellos me tomaron la palabra…

Al principio empezamos a caminar por el bosque para acondicionarnos un poco y luego comenzamos a trotar. No habíamos subido ni la décima parte y mis pantorrillas estaban a punto de reventar; ¡qué ingenua! La promotora de la incursión ya estaba perdiendo los estribos. Luego noté que mis amigos también estaban sorprendidos de la locura que estábamos tratando de hacer, pues nosotros no éramos un equipo deportivo de alto rendimiento. Al bajar el ritmo del trote, descubrí que podía hacer mi pisada de otra manera para evitar el ardor en mis pantorrillas.

Más tranquilos continuamos por el camino principal, y nos alegraba ver cómo cambiaba el paisaje: de bosque a pastizales y de pastizales a rocas. Entre los miles de pensamientos que se pasaron por mi mente, existía el de “cuando lleguemos a la piedra de allá, descansamos” pero yo avanzaba y avanzaba y la piedra seguía viéndose lejísimos. 

A partir de que empezamos a tomar algunos atajos, donde el suelo era más amable, aunque la pendiente mayor, se empezaba a sentir el irremediable cansancio de las piernas, además de que cada paso parecía inútil, pues mientras daba uno, la tierra floja me regresaba.

Ya cuando habíamos recorrido gran parte de la montaña, llegó un punto que entre la platicadera y el agotamiento empezamos a caminar hasta que llegamos al Peñón del Fraile, un sitio alterno a la cima del Cofre. Ahí nuevamente se erguía a lo lejos el indomable volcán dormido, abriéndose paso entre la bruma azul celeste.

Bajando las múltiples vueltas de la rodada principal, me asombré del largo recorrido que acabábamos de hacer. Pues en su momento, ante la cautivada vista, la falta de oxígeno, el hambre y todos los sentidos alterados no estaba dimensionando la pequeña hazaña que acabábamos de lograr. Y aún no puedo imaginarme a quienes desafían ultra maratones, multilargos en paredes de roca, viajes kilométricos en bicicleta, travesías en aguas abiertas o cumbres de alta montaña.

Cuando llegue el momento de afrontar el Pico de Orizaba me prepararé; tal vez desconociendo los secretos más íntimos que aguardan las altas montañas, pero no ignorando las futuras emociones y pensamientos que emergerán y forjarán virtudes en mí una vez que me encuentre sobrellevando sus aún existentes glaciares perpetuos.

Autora: Cristina Basilio Hazas

Soy originaria de Xalapa, Veracruz. Desde niña he disfrutado de los deportes y algunas disciplinas artísticas. Estudié 6 años de piano y actualmente me encuentro en el tercer año de la licenciatura en composición musical en la Universidad Veracruzana.

A los 15 años comencé a entrenar atletismo, pero lo tuve que dejar porque ya me encontraba estudiando piano; sin embargo, a los 18 comencé a correr y nadar por hobby. Al año conocí el deporte de la escalada y con el tiempo pude formar parte del equipo representativo de la Universidad Veracruzana y en el 2019 obtuve la medalla de Oro en la Universiada Nacional entre otros reconocimientos en competencias de Boulder.

Aunque poco lo he hecho por aún estar comprometida con mi carrera musical, siempre me ha gustado ir a la montaña, correr al aire libre, nadar, andar en bicicleta y escalar en roca.

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