Bautizo de tres baños (Escritura de Montaña)

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Texto Selección Oficial: Convocatoria Escritura de Montaña 2020.

Bautizo de tres baños

Mis padres no comulgan alguna religión en específico, pero sí que les gusta el nahualismo y ver los fenómenos astronómicos con ojos brillosos. Entre estudios nunca he tenido una tendencia clara por alguna creencia en específico, sin embargo la ciencia y la magia de lo desconocido me llaman mucho la atención. Las explicaciones del mundo pueden estar erróneas al final, sin embargo hay muchas que comparten el amor por la montaña y lo que en ella vive.

En casa siempre hemos sido activos físicamente. No teníamos en aquel momento cuerpos de adonis, pero sí que en forma estábamos, o eso creíamos. Nunca quise mudarme a la montaña durante mi niñez, pero la voz de un infante resuena silenciosa ante las decisiones adultas con los mejores deseos en su corazón. Mis padres estaban en un grupo de Aikido, con un maestro que les ponía entrenamiento de Kung fu. Habían formado un gran grupo de amigos y compañeros de práctica. Cuando la casa fue habitable, muchos amigos y familia comenzaron a visitarnos. Nos llamaron locos al ir a vivir sin luz, ni ventanas terminadas, sin embargo esas noches de locura han sido de las mejores de mi vida.

Fue otro día, no en la noche, aunque llegando a ella, que el alivio de vivir tuvo una pausa. De las que permiten apreciar y percibir con totalidad lo que hay y lo que es, la totalidad de la montañas que caminamos. El grupo de amigos de Aikido de mis padres, y con ellos sus respectivas criaturas pequeñas y la intensidad de experimentar los amplios paisajes desconocidos inició su exploración. Todos convivimos como nos conocíamos, siendo personas activas y con ganas de aventura. Uno de los locales nos habló de una hacienda vieja, justo en el lugar donde se juntan dos ríos, justo ahí abajito de los cerros. No se diga más, los hijos más grandes estaban invitados.

Caminamos por la sierra, subiendo y bajando, haciendo bromas de nuestro cansancio y compartiendo nuestras impresiones del camino y los pequeños descubrimientos de plantas y animalitos. En mi memoria de niño, no recuerdo haber visto un edificio abandonado en medio del bosque, pero sí el lugar preciso donde dos ríos de montaña, definidos por estrechos caudales, se juntaban en un cañón cada vez más apretado. Quizás esa fue mi premonición personal, o quizás fueron aquellas bien intencionadas decisiones adultas, pero el camino por el que llegamos no sería el mismo por el que volveríamos a casa. Hasta ese momento, todos aceptaron. Los niños saltamos por rocas gigantes en el río, mientras la energía se hacía notar y con ello nuestro entusiasmo por el movimiento del agua fría.

El primer baño de lo que es la montaña me tocó a mi. En un afán de seguir saltando y encontrando el camino, resbalé. El agua en descenso es fuerte y un niño no tanto. Entre bocanadas de aire y manos agitadas, me lograron agarrar y evitar un arrastre entre aguas y piedras. Quizás ya estábamos muy lejos de la unión de ríos más arriba, o quizás seguía siendo más corto el camino inexplorado. Ahora pienso que los adultos hicieron una buena labor de mantener la calma o de ocultar sus ganas de volver tras una señal de imprudencia.

El segundo baño le tocó a mi hermana. Después de la decisión de volver a subir la montaña por un camino inexistente, decidimos tomar una pausa. Teníamos una mayor perspectiva de la magnitud del paisaje, lo impresionante en la variedad que son los colores verdes y grises de bosque y rocas. Era un momento de respiro y apreciación que los grandes usaban para encontrar el camino, cosa que la bien ubicada de mi hermana había hecho con una certera observación del paisaje hacía unos segundos de haber pausado. Su grito nos hace voltear la cabeza y mi madre y amigas en rápida reacción comenzaron a quitarle la ropa que nadaba en una sombra de hormigas. Los adultos comenzaron a tomarse las cosas en serio. Los improvisados caminos se hacían paredes y el tiempo comenzaba a fluir fuera del alcance de la luz. Las ganas de aventura se convirtieron poco a poco en llantos de niños y espíritus cansados.

Nadie sabe realmente lo que es un camino desconocido, en eso consiste, y la idea de aventura se presta a una inmensa variedad de interpretaciones. Por fin vislumbramos un grupo de árboles cercano a la casa, pero lejos y sin vereda. En frente, una cascada de más de 10 metros y a la derecha una pared vertical de mucho más. La izquierda es nuestra opción. Todos teníamos que subir, todos debíamos llegar y teníamos que evitar resbalar por un deslave de rocas y gravillas de 60°. En un deslave así no hay mucho de lo que sostenerse más que de lo que hay, nada más que aquello que ven las manos. Este fue el tercer baño. Había que sostenerse de las plantas que crecían en esta agreste ladera. El nombre local de la planta es “Mala mujer”. Es una ortiga intensa cuya hoja parece a la del maple. Todo lo que duró la subida por esta ladera, requería un fuerte agarre de la planta, varias veces y con la intención de no caer. Entre llantos y gritos de desesperación, todos tuvimos que pasar por la irritación intensa y la inflamación, ignorando, sin olvidar el cuerpo entero y nuestro propio impulso de derrumbe.

El cuerpo cansado de todos resintió el camino encontrado. La aventura llegó al ocaso. Desde la mañana hasta la tarde nos perdimos en lo desconocido, de la montaña y de nosotros. Supongo que los adultos en su momento tuvieron una plática más profunda, del espíritu, la sensatez y la suerte que tuvimos de vivir solo una prueba de buenos sabores montaraces. Algunos de los niños con los que amisté no quisieron volver a mi casa durante muchos años. En mi ser entendí ese día que la montaña es mucho más que nuestra idea, aquello que vemos; por más que haya gente capaz y entrenada, nuestro mayor reto en ella somos nosotros mismos, siempre. Después de esta bienvenida, tuve muchas otras aventuras, con gente a la que aprecio sin igual en mi vida, con quienes he crecido y hoy amo. Todos los que exploramos las tierras y montes tendrán sus pruebas y emociones, las contarán mientras viven. Hoy vivo las noches y días con mi ser en la montaña y lo que en ella vive y crece.

Autor: Santiago Calderón Cornejo  (Mr. Tatolocoman)

Nacido en ciudad de México el 18 de febrero de 1993, de ascendencia trashumante. Se crió en la ciudad de Querétaro los primeros años de su vida y por hazañas de sus locos padres acabó viviendo y amando la naturaleza, así como las aventuras en la montaña, en la Sierra Gorda de Querétaro. Graduado de Sociología y Geología con una gran pasión por el movimiento y la vida en sus múltiples formas, tanto físicas como de pensamiento. Ciclista endurero y escalador, así como buen cocinero (O eso dicen). La vida en la montaña le resulta de lo más atractiva en sus múltiples formas. Un ser muy calmado, con gran apetito por aventuras de muchas intensidades y ganas de descubrir, crecer y compartir con el mundo para crear algo nuevo, cuidar lo viejo y transformar sin tiempo.

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